El pacto de los lobos (Lobo y Delgado 4) 29
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El antiguo convento olía a colonia de hombre y a tabaco rancio, un aroma denso que no sorprendió a Isabel mientras cruzaba el claustro con paso firme, los tacones amortiguados por la alfombra gris que Terra Nova había extendido sobre las losas centenarias.

El vigilante de seguridad le dedicó una inclinación mínima, casi ritual.

—Buenos días, señora Medina.

—Buenos días.

La directora de expansión conocía perfectamente el camino.

Subió la escalera de piedra desgastada, rozando con la mano la barandilla de hierro forjado.

Al llegar al primer piso, dobló a la derecha, un pasillo recto, ventanas al claustro por un lado, nichos restaurados al otro, ahora ocupados por discretas vitrinas con maquetas de urbanizaciones e infraestructuras.

Al fondo, una puerta alta de madera, reforzada con una cerradura electrónica mínima.

Sobre el dintel, en lugar de crucifijo, el logo plateado del Grupo Terra Nova.

El secretario del Consejo la esperaba fuera, carpeta en mano.

—Señora Medina —murmuró—. Están casi todos.

—¿Casi?

—Falta Baltic, pero se conectarán por vídeo. El resto ya está dentro.

Asintió. El hombre pasó su tarjeta por el lector, esperó al clic casi inaudible del mecanismo y abrió.

La antigua sala capitular del convento se había convertido en sala de Consejo.

Las paredes lucían encaladas, cruzadas por una franja de madera clara que ocultaba tomas de red y enchufes.

El techo conservaba una bóveda sencilla, sin frescos, pero con las nervaduras originales resaltadas por una iluminación indirecta.

Donde antes los monjes habrían discutido en círculo, ahora una mesa oval de roble ocupaba el centro del espacio.

Sobre la pared del fondo, un gran monitor mostraba, en modo reposo, la imagen congelada de una maqueta virtual.

Ciudad Horizonte vista desde el aire, una marea de luces junto a un recodo oscuro de carretera.

Los consejeros ya estaban sentados. El representante de TN Holdings Luxembourg, un hombre de unos cincuenta, traje azul marino y gafas de montura fina, la saludó con un leve gesto de cabeza.

A su derecha, un suizo de Volga Capital consultaba el reloj sin disimulo, la corbata perfectamente alineada.

Más allá, un asiento vacío con un pequeño cartel, Baltic Bridge – conexión remota .

Frente a ellos, en el lado “local” de la mesa, la silla de Inversiones Ortigosa.

La ocupaba Juan, sentado con los hombros algo hundidos y las manos entrelazadas. Isabel ocupó el lugar que le correspondía. No en la cabecera, aún, sino en el lateral, junto al representante de TN Holdings. El secretario se sentó en un extremo, frente a un portátil con el acta ya abierta.

—Señores —dijo—. Si les parece, vamos a comenzar.

El murmullo cesó.

—Queda abierta la sesión extraordinaria del Consejo de Administración de Terra Nova Construcciones, S.A.

—empezó el secretario, con voz neutra—. Orden del día: uno, toma de razón del fallecimiento del presidente ejecutivo; dos, cobertura de la vacante en el órgano de administración; tres, nombramiento de nuevo presidente ejecutivo; cuatro, delegación de facultades para la elevación a público e inscripción de los acuerdos.

Hubo un asentimiento general.

—En relación con el primer punto —continuó el secretario—, consta en la documentación remitida a los señores consejeros el certificado de defunción de don Ignacio Ortigosa y el informe preliminar de la Guardia Civil sobre el siniestro. ¿Alguna observación?

Fue TN Holdings quien tomó la palabra.

—El Consejo lamenta profundamente la pérdida del señor Ortigosa —dijo el luxemburgués, en un castellano impecable, solo ligeramente aplanado—. Su liderazgo ha sido determinante para el crecimiento del grupo. Nuestras condolencias para su familia.

Juan asintió sin palabras.

—Consta en acta —asintió el secretario—. Si no hay objeciones, damos por tratado el primer punto y pasamos al segundo.

Se sucedieron un par de minutos de trámite hasta llegar al punto que Isabel había soñado toda su vida, la propuesta de nombramiento de nuevo presidente ejecutivo. El accionista luxemburgués se acomodó mejor en la silla.

—Si me lo permiten —dijo, con una leve inclinación de cabeza—, en nombre de TN Holdings Luxembourg y de los socios internacionales que representamos, queremos subrayar la necesidad de garantizar la continuidad y estabilidad del grupo en un contexto complejo.

Durante los últimos años, Terra Nova ha abordado proyectos de gran envergadura, tanto en esta comunidad como en otros territorios.

Muchos de esos proyectos han sido liderados desde el área de Expansión, con resultados que este Consejo conoce bien.

Consideramos que, en el escenario actual, la persona más adecuada para asumir la presidencia ejecutiva es alguien que conozca tanto el mercado como la estructura interna del grupo, y que haya demostrado capacidad de interlocución con las administraciones.

Hizo una breve pausa, justo lo suficiente para mirar a cada consejero.

—Por todo ello —concluyó—, proponemos el nombramiento de doña Isabel Medina como nueva presidenta ejecutiva de Terra Nova Construcciones, S.A .

El representante suizo asintió con naturalidad. En la pantalla del fondo se encendió, sin sonido, la ventana de videoconferencia. Un rostro rubio, el de Baltic Bridge, apareció enmarcado sobre un fondo de oficina anodino.

—Baltic conectado —murmuró el secretario que puso semblante serio—. Pasamos a la votación —anunció—. Voto de TN Holdings Luxembourg, en relación con la propuesta de nombramiento de doña Isabel Medina como presidenta ejecutiva.

—A favor —respondió el luxemburgués, sin dudar.

—Baltic Bridge Investments —el secretario miró a la pantalla.

—A favor —dijo la cara nórdica, con un español suficiente.

—Volga Capital AG.

—A favor —pronunció el suizo.

El secretario bajó la vista a la hoja donde tenía subrayados los nombres y levantó por fin la mirada hacia el único consejero sin voto emitido.

—Inversiones Ortigosa, S.L. —anunció—. Señor Ortigosa.

Juan tardó unos segundos en reaccionar. Parecía haberse quedado mirando sus propias manos, entrelazadas sobre la mesa. Cuando alzó la cabeza, se quitó unos auriculares de los oídos. Los ojos claros le brillaban un poco más de la cuenta, pero la voz le salió sorprendentemente firme.

—En contra —dijo—. Y ruego que conste en acta.

El luxemburgués mantuvo la expresión neutra, como si eso hubiera entrado en el margen de error previsto. El suizo se limitó a cerrar el bolígrafo. El secretario tecleó unas palabras rápidas antes de hablar.

—Con tres votos a favor —TN Holdings Luxembourg, Baltic Bridge Investments y Volga Capital AG— y un voto en contra —Inversiones Ortigosa, S.L.—, queda aprobado por mayoría suficiente el nombramiento de doña Isabel Medina como presidenta ejecutiva de Terra Nova Construcciones, S.A.

Isabel notó todas las miradas sobre ella, como focos fríos. Apoyó las manos en la mesa y se incorporó.

—Acepto el nombramiento —dijo—. Agradezco la confianza del Consejo. Mi objetivo será garantizar la estabilidad del grupo y de sus proyectos en una situación complicada. Trabajaré para que Terra Nova salga fortalecida de esta etapa.

El secretario le deslizó el acta para que firmara la aceptación. Isabel cogió la pluma, notó el peso metálico entre los dedos y estampó su nombre con letra firme. Mientras devolvía la pluma al secretario, el móvil vibró en el bolsillo interior de la americana.

Un aviso nuevo. De Volkov.

«Enhorabuena. Esta noche hablaremos”

Isabel bloqueó el móvil de inmediato, sintiendo cómo la euforia del minuto anterior se mezclaba con una punzada helada en el estómago. Levantó la vista hacia la pantalla del fondo, Ciudad Horizonte brillaba inmóvil.

Había llegado a la cima del grupo Terra Nova.

Lo había anhelado toda su vida. Y, sin embargo, mientras el secretario firmaba y los consejeros recogían sus carpetas, lo único que Isabel no podía sacarse de la cabeza era la misma pregunta, obstinada, que la perseguía desde hacía veinticuatro horas ¿quién había accedido a la información que podía precipitar su caída?