28
Marcos se quedó un momento con la vista perdida en la espuma de la cerveza que quedaba pegada al cristal, como si aún estuviera en aquella mesa larga de la finca y no en un bar de la Judería. Luna soltó un suspiro profundo bajo la mesa y cambió de postura.
—Vale —dijo Nora—. Ya tenemos al señor Volkov, empresario ruso con mirada heladora y alergia a los apretones de manos periodísticos. Lo que no me cuadra es otra cosa.
Marcos levantó la vista.
—Diga.
—Que Juan no nos haya dicho nada del accionariado ni las amistades de su padre. Nos buscó él y, sin embargo, ni un comentario. ¿Cómo se come eso?
El periodista dejó escapar una risa breve, sin rastro de alegría.
—Juan… —repitió, como si probara el nombre en la boca antes de usarlo—. Juan es muchas cosas, pero “informador fiable en asuntos de su familia” no es una de ellas.
Lobo entrelazó los dedos sobre la mesa.
—Fue él quien insistió en llamarnos —recordó—. Y el que se sentó delante de nosotros a decir que esto no era un simple accidente.
—Claro —asintió Marcos—. Porque Juan es, ante todo, un idealista.
Un idealista de manual. De los que se han leído a todos los filósofos alemanes en versión original y creen que la verdad, si la alumbras lo suficiente, termina imponiéndose por su propio peso.
No encajó nunca en el mundo de su padre —continuó—.
Para Ignacio, las cosas se arreglan a base de llamadas de teléfono, de cenas, de favores.
Para Juan, las cosas se arreglan escribiendo una tesis sobre ética.
Cuando se dio la hostia contra la realidad, en vez de hacerse cínico se hizo más frágil.
—Sí, todo eso muy bonito —dijo Nora—, pero no responde a la pregunta. Si sospechaba algo raro, ¿por qué no hablarnos de los rusos? ¿De Volkov?
—A esa pregunta no tengo la respuesta. Pero si puedo decir que Juan padece hiperacusia, ansiedad, no sé cuántas etiquetas médicas más.
Esa montería de la que les hablaba fue una excepción.
Juan aguantó un rato y luego desapareció.
Cuando yo me fui, él ya estaba encerrado en una habitación, a oscuras, con un libro en la mano y dolor de cabeza.
Creo que lleva años haciendo lo mismo con todo lo que suena mal, lo aparta.
Lo mete en una caja mental que pone “cosas de mi padre” y procura no abrirla mucho.
—Pero nos llamó —reiteró Félix.
—Porque ahí entra la otra mitad del personaje —dijo Marcos—.
Juan nunca ha tenido el menor interés en sentarse en la silla de su padre.
Ni en esa ni en ninguna que se le parezca.
Él se mueve por otras cosas. Por ideas, por libros, por discusiones que duran hasta las tres de la mañana sobre si Kant tenía razón o no.
Si me apuran, por la sensación íntima de estar siendo coherente consigo mismo.
Cuando Ignacio hablaba del “futuro de la empresa” —siguió Marcos—, hablaba de turnos, de licitaciones, de contratos a diez años.
Cuando Juan hablaba del “futuro”, hablaba de justicia social, de arte contemporáneo, de cómo las ciudades devoran a los que menos tienen.
Vivían en planetas distintos. El único momento en que sus órbitas se podían cruzar era cuando Juan veía algo que no le parecía justo. Ahí sí reaccionaba.
Se detuvo un segundo, buscando las palabras.
—Nunca quiso tomar las riendas de Terra Nova —prosiguió—.
Ni de la constructora, ni de la fundación, ni de ninguna de las filiales.
Ignacio intentó colocarlo en puestos “a su medida”, primero en el departamento cultural, luego en la obra social, más tarde en una especie de consejo asesor sobre patrimonio.
Él aguantó un tiempo, por sentido de deber, por esa necesidad enfermiza que tiene de no defraudar del todo, y luego se fue retirando.
Vive medio a oscuras, sin ruidos. Desde ahí se protege del mundo y, sobre todo, del entorno de su padre.
Pero cuidado, estar al margen no significa ser ciego.
Cuando algo se sale de lo que él considera tolerable, entonces sí mueve ficha.
—¿Como ahora? —preguntó Nora.
—Como ahora —confirmó—. El accidente de Ignacio no encaja en su mapa moral. Juan huele que algo está mal. Que no es solo una combinación de alcohol, pérdida de control y mala suerte. Que hay algo más.
Se hizo un silencio denso hasta que el periodista retomó la conversación.
—Hay otro detalle que no deberían perder de vista —añadió—.
Ignacio estaba cansado. Juan me confesó que su padre quería dejarlo.
Sé que discutieron por eso. No una vez, varias.
La última, hace poco. Ignacio, muy en su línea, le vino a decir que todo aquello, las empresas, los contactos, las fincas, lo había levantado “para dejárselo a él”, y que no pensaba ver cómo su hijo lo tiraba por la borda.
Juan, por primera vez, le contestó que no quería ser el sucesor, ni el heredero, que no le interesaba lo más mínimo el mundo en el que vivía. Que prefería renunciar a todo.
Marcos entornó los ojos claros y ladeó la cabeza, las pecas encendidas sobre la piel pálida, con ese aire atento y esquivo de elfo.
—Y hay algo más —dijo—. Después de tantos años al frente, con la presión encima y el golpe de la enfermedad de su esposa.
Nora alzó la mirada.
—¿Qué le ocurre? —repiti ó
—¿No se lo dijo Juan? La mujer está muy enferma, en tratamiento de cáncer desde hará cosa de medio año. Solo le faltaba el fallecimiento de su marido.
Afuera, dos turistas se detuvieron bajo el cielo gris, consultando un mapa que el más alto giraba para orientarse mientras golpeaba con el dedo índice sobre el papel. Nora apuró el agua con gas de un trago corto.
—Bueno, Marcos Mac… —frunció la nariz, teatral—. Mac…
—MacLoughlin —la corrigió, por inercia.
—Eso, Mac La Lin, gracias por la información.
—No hay de que —devolvió con una sonrisa sibilina—, pero recuerde señorita Delgado, quid pro quo .