27
Lobo avanzó entre las mesas despacio, tanteando el suelo con el bastón. Luna iba pegada a su pierna, con el hocico bajo, absorbiendo todos los olores del suelo. Nora, detrás, se desanudó la bufanda y se sacudió la humedad del pelo.
—Mira qué puntual el señor Mac Guffin —murmuró—. Igual es cosa del cuarto de sangre irlandesa.
—Marcos —corrigió Lobo, sin volver la cabeza.
—Eso digo —replicó ella—. San Marcos Mac Muffin, patrón de los nombres imposibles.
Al llegar a la mesa, el periodista ya estaba de pie. De cerca seguía siendo una versión a escala de otra persona.
—Señor Lobo, señora Delgado —saludó, tendiendo la mano.
Lobo eligió la silla que le dejaba la pared a la espalda.
Dejó el bastón apoyado en el ángulo justo, donde no estorbara pero estuviera al alcance de la mano.
Nora se sentó frente al ventanal, de cara a la calle.
Desde allí veía el letrero marrón de la sinagoga y a un grupo de turistas discutiendo sobre si el paraguas cabía o no cabía por la calle. El camarero apareció de repente.
—¿Qué les pongo? —preguntó, sacando la libreta como si fuera parte del mismo gesto que respirar.
—Para mí, otra caña bien tirada —dijo Marcos, señalando una copa vacía que ya tenía delante—. Y Manolo no te olvides la jarra congelada.
—Un café solo —pidió Lobo, sin pensarlo.
El camarero miró a Nora.
—¿Y para usted ?
Nora abrió la boca, se lo pensó un segundo y la cerró. Notó la mirada de Lobo, de reojo.
—Un agua con gas —dijo al final—. Con una rodajita de limón, si tienen. Y ya.
Félix arqueó las cejas ante la demanda de su compañera, pero el periodista no le dio tiempo a preguntarle.
—Bueno —dijo—. ¿En qué puedo ayudarles que no se pueda decir por teléfono?
—En entender quién manda realmente en Terra Nova —respondió—. Y por qué nadie nos habló de ellos.
El periodista dejó de jugar con la copa.
—Eso suena a que han encontrado algo —comentó—. ¿Qué “ellos” son esos?
—Pues resulta —siguió Lobo— que “la empresa de los Ortigosa” no era de los Ortigosa. Tienen una parte. Pequeña.
Los ojos del periodista se estrecharon un poco.
—¿Una parte cuánto de pequeña?
Nora entró entonces, apoyando los codos en el borde de la mesa. La rodajita de limón hacía equilibrios en el agua con gas.
—Lo bastante —dijo— como para que, en una votación seria, se queden mirando cómo otros levantan la mano. Eran la cara local, Marcos. El control lo tiene otra gente muy lejos de Toledo.
—Ya —murmuró.
—Nosotros podemos seguir tirando del hilo por nuestra cuenta —dijo—. Pero nos dijiste que podías tener información difícil de conseguir por otros canales.
—Lo que yo veo —empezó— es una familia de toda la vida en Castilla-La Mancha que, hace unos años, decide jugar en una liga más grande.
Ignacio, el patriarca, sabe moverse. Conoce a todo el mundo, invita a todo el mundo.
Yo he seguido eso, los movimientos visibles.
Las ampliaciones de la sede, las obras que les adjudicaban, las fotos con políticos inaugurando cosas.
La parte que sale en el periódico, vamos.
—Pero no los números —apuntó Lobo.
—No tengo acceso a los números —matizó Marcos—.
Terra Nova no cotiza en Bolsa, no rinde cuentas en ruedas de prensa, no publica memorias de esas que les encantan a las multinacionales.
Para ver quién está detrás hay que ir al Registro, levantar papeles, cruzar datos.
Soy un periodista local con una libreta y un par de fuentes, no la Interpol.
—Al parecer Ignacio Ortigosa tenía buenas relaciones con empresarios rusos.
Marcos dejó la jarra en la mesa con más cuidado del necesario y se volvió a pasar la mano por la nuca.
—Miren, los Montes de Toledo son un mundo paralelo de encinas, portones de hierro y mansiones que casi nadie ve.
Ahí tienen fincas de caza apellidos de toda la vida, empresarios del IBEX, incluso nobles —le dio un sorbo breve a la cerveza—.
Es el sitio perfecto para mezclar negocios y amistad.
Un par de monterías al año, mucho vino, y, entre disparo y disparo, se decide quién levanta una autopista y quién se queda sin contrato.
—Y en ese cuadro, ¿dónde entra Ignacio? —preguntó Félix.
—Entra en el centro —respondió el periodista, sin pensarlo mucho—.
Durante un tiempo, Ignacio fue casi un fijo en ese circuito, donde organizaba cacerías, acudía a las de otros y se dejaba ver en todas esas fotos que no salen en los periódicos, las de hombres con chaleco de caza y sonrisa de “aquí mandamos nosotros”.
Yo le vi en varias, en una finca de por aquí, en otra más cerca de Ciudad Real y, ahora que ustedes hablan de rusos y de manos que no se ven, hay una escena que no se me quita de la cabeza.
Imaginen una de esas fincas que impone —siguió—.
Amanecer, niebla baja, los ojeadores moviéndose entre las encinas, los invitados hartos de comer migas y chorizo en una mesa larga de madera.
Ignacio en un extremo, dando palmadas en la espalda, haciendo chistes, ese papel de anfitrión que se le daba tan bien.
Y al otro lado de la mesa, un tipo que podía pasar por español.
Hizo una pausa, como si escuchara de nuevo algo.
—Recuerdo perfectamente cómo me lo presentó la primera vez que yo estaba delante —añadió—. Nada de “un amigo”, nada de “un socio internacional” de esos que no significan nada. Dijo: “Éste es el señor Volkov, empresario ruso”.
Marcos se quedó mirando un punto entre la jarra y el borde de la mesa, como si la escena estuviera proyectada ahí.
—A esa montería —continuó— yo no tenía que haber ido.
Me invitó Juan casi a traición. “Así ves el ambiente, haces cuatro fotos, te comes unas migas y nos sacas un texto amable” .
Lo de siempre. Día de campo, empresarios en su salsa, ningún peligro.
En un momento dado, Juan me agarra del hombro y me lleva hacia la mesa donde estaban los “importantes”.
Y allí lo veo por primera vez. Traje de caza impecable, botas sin una mancha, esos ojos grises que parecen de otro mundo. No decía nada, solo miraba.
—¿Y entonces? —preguntó Nora.
—Ignacio se planta a su lado, me coloca casi enfrente y suelta, muy ufano, “Sergei, éste es Marcos, periodista de La Voz de Toledo” .
Hace una pausa como esperando un saludo, y remata.
“Periodista” . Así, subrayando la palabra.
Yo extendí la mano. Pero él bajó la vista, la vio ahí, colgando en mitad del aire, y no la cogió.
Solo me sostuvo la mirada con esos ojos, fijos, sin parpadear, hasta que se marchó como si no existiera.