26
El pasillo del apartamento olía a humedad y lejía. Al bajar las escaleras, el sonido del bastón de Lobo marcaba un ritmo irregular y familiar sobre los peldaños de piedra. Luna hacía un zigzag discreto entre ellos, sin estorbarles, la lengua fuera, feliz de cambiar hojas de cálculo por calles.
Al cruzar el portal, Nora se subió la bufanda hasta cubrirle casi por completo la cara. El cielo estaba encapotado, un gris plomizo que le daba al entorno un cierto aire de fotografía antigua. La furgoneta del agua seguía cruzada en el medio de la calle.
Esta vez, el conductor estaba dentro. Un hombre de cuarenta y tantos, quizá, pelo muy corto, casi rapado, barba de uno o dos días.
Llevaba el chaleco reflectante reglamentario y un casco.
Las manos descansaban sobre el volante, quietas.
Miraba hacia delante, pero cuando la puerta del portal se abrió, sus ojos se desviaron un segundo hacia ellos. Solo un segundo, fugaz, medido.
Luna emitió un gruñido bajo, casi un ronquido, y se pegó un poco más a la pierna de Nora.
—Tranquila, mi niña —murmuró ella, con una caricia automática en el lomo.
Lobo sostuvo la mirada del hombre lo justo. Ni un segundo más, ni un segundo menos. Luego señaló el hueco estrecho que quedaba entre la furgoneta y la pared.
—Pasamos por aquí —indicó.
Giraron al final de la calle. El casco histórico los recibió con su laberinto de piedra.
Las calles se estrechaban y ensanchaban sin aviso, la escasa luz se colaba a jirones entre las casas, y el sonido de las voces se mezclaba con el roce de los coches que, de vez en cuando, se aventuraban por donde no parecía posible.
Subieron por una cuesta empedrada que se abría de pronto a una pequeña plaza.
A la derecha, el volumen imponente de la Catedral se elevaba por encima de todo, la torre recortada contra el cielo plomizo como una lanza gótica.
Las campanas dieron media hora con un sonido que arrancó ecos sordos de las fachadas.
Un grupo de turistas, con chubasqueros de colores, posaban frente a la portada. El guía levantaba un paraguas como estandarte y recitaba algo sobre La ciudad de las tres culturas. Lobo los bordeó, ajeno, pero Nora le dio un tirón a la gabardina para que pararan.
—Vamos a escuchar un segundo, que el señor Mac Muffin puede esperar cinco minutos.
— Lac-lój-lin —pronunció él despacio mientras se detenía.
Se quedaron a un lado del grupo, sin mezclarse del todo. Luna olisqueó un paraguas amarillo y recibió a cambio una caricia distraída de una turista. El guía, un hombre de unos cincuenta, barba cuidada y chubasquero rojo, sostenía el paraguas plegado como si fuera un cetro.
—Toledo —anunciaba con voz entrenada—, ciudad de las tres culturas. Que suena precioso, ¿verdad? Como título de serie de plataforma.
El grupo soltó una risita tímida. Nora aflojó un poco la bufanda para oír mejor.
—¿Qué significa eso? —prosiguió el guía—. Que durante siglos, aquí vivieron juntos cristianos, musulmanes y judíos. Juntos, —ladeó la mano— a ratos bien y a ratos regular. Como en cualquier comunidad de vecinos, convivían, se hacían negocios y, de vez en cuando, se tiraban los trastos a la cabeza.
Señaló con el paraguas hacia la mole de la Catedral .
—Primera pata de la mesa, el mundo cristiano.
Esta catedral gótica tan estupenda está construida sobre la que fue la mezquita mayor de la ciudad.
O sea, que antes de campanas, aquí sonaban llamadas a la oración.
A los toledanos les encanta eso de “si rascas un poco, siempre sale otra cosa debajo”. Pues aquí, literal.
Un murmullo recorrió al grupo. Un joven levantó la mano.
—¿Y los musulmanes dónde están ahora?
—Buena pregunta —respondió el guía, sin perder la sonrisa—.
Hoy solo nos queda una mezquita original, pequeñita pero muy importante, la del Cristo de la Luz, a unos minutos andando desde aquí.
Era mezquita, la convirtieron en ermita, le pusieron un Cristo y arreglado.
Aquí no se tira nada; se recicla todo. Hasta los templos.
Nora miró de reojo a Lobo.
—Reciclaje medieval —murmuró—. Muy sostenible, del bueno.
Él no comentó, pero la comisura de la boca se le movió un milímetro. El guía cambió el paraguas de mano y señaló hacia la zona alta de la ciudad.
—Y nos falta el tercer vértice, el barrio judío, la Judería.
Allí encontrarán la Sinagoga del Tránsito y Santa María la Blanca.
Que, atención, curiosidad del día, la sinagoga se llama Santa María, es propiedad de la Iglesia y dentro no se celebra misa.
Es como si le ponen “Bar Manolo” a una biblioteca, el nombre engaña.
Esta vez la risa fue más franca. Una señora aprovechó para sacar el móvil y anotar algo.
—En esas sinagogas —continuó el guía— rezaban en hebreo, comerciaban en romance, el castellano de la época y, si hacía falta, le escribían una carta en árabe al vecino musulmán.
Tres religiones, tres lenguas, tres maneras de mirar al mismo cielo.
Todo ello por las mismas calles en las que están ustedes.
Y todo eso antes de que las expulsiones, las conversiones y la política fueran poniendo sillas vacías.
Lobo miró el reloj y con gesto de cabeza a Nora arrancó a andar, que le dio un tirón a la correa de Luna. A medida que avanzaban hacia la Judería, el murmullo de los turistas se diluía y el ruido cambiaba, menos idiomas, más voces de vecinos.
Un par de carteles marrones indicaban “Ruta Sefardí” y “Sinagoga del Tránsito”. Luna iba metiendo el hocico en cada esquina, aplicada.
—Ahí —señaló Lobo con el bastón.
En una fachada de piedra, un azulejo mostraba una menorá azul y debajo, en letras cuidadas, “Barrio de la Judería”. A unos metros, la calle hacía un quiebro y dejaba ver un trozo de muro más claro, la sinagoga.
Al doblar la esquina, apareció el bar. Dentro, olía a café, a vino tinto peleón y a guiso de los de cucharón grande.
En la barra, una vitrina mostraba bandejas metálicas repletas de carcamusas, cochifrito dorado y unas croquetas que parecían haber salido de una abuela experimentada en lugar de una bolsa de congelados.
En una pizarra, colgada encima de la máquina de tabaco, se leían unas letras garabateadas con tiza.
MENÚ DEL DÍA
– Sopa de ajo
– Carcamusas toledanas
– Venado estofado
– Natillas
Un camarero con barba rala y camiseta negra se apoyaba en la cafetera, hojeando un periódico doblado. Levantó la cabeza al notar la corriente de aire .
—Buenas —saludó, echando un vistazo rápido a Lobo, a Nora y deteniéndose un segundo en Luna.
La perra se quedó plantada en la entrada, cola en modo prudente, como si supiera que su presencia estaba bajo evaluación.
—Mientras la señorita no se suba a la barra ni ladre a los clientes, no hay problema —dijo el camarero, con media sonrisa.
—Si ladra será de gusto —replicó Nora—. Y yo igual.
El hombre soltó una risa breve y señaló con la barbilla hacia el fondo.
—Su amigo ya está ahí. Me ha dicho que cuando llegaran “los del bastón y la perra”, los mandara directos.
Al fondo, junto al ventanal ligeramente empañado, había una mesa ocupada por el periodista. El pelo castaño claro, algo largo, le caía lacio alrededor de una cara pálida, salpicada de pecas. Sonrió al verlos y les hizo un saludo con la mano.