El pacto de los lobos (Lobo y Delgado 4) 25
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La inspectora Patricia Andújar metió el móvil en el bolsillo de la americana y pulsó el botón del ascensor.

La luz roja parpadeó un segundo antes de encenderse fija.

El mismo llegó con un ding apagado. Dentro olía a metal y colonia barata.

Se miró en el espejo estrecho del fondo y vio ojeras discretas, el pelo recogido a toda prisa, la camisa ligeramente arrugada.

Se alisó el cuello con los dedos, como si eso pudiera darle un aire más controlado.

El despacho de Montalbán estaba al fondo del pasillo de la quinta planta, a la derecha. Placa en la puerta, letras negras sobre dorado. Llamó dos veces con los nudillos.

—Pase.

La voz, grave, le llegó a través de la madera.

Patricia entró por primera vez en el despacho del comisario principal.

Era rectangular, amplio, con un ventanal grande al fondo que daba a la calle.

A un lado, una mesa redonda con cuatro sillas; al otro, un armario bajo con archivadores.

La mesa del comisario, sólida, de madera clara, estaba en el centro, ligeramente desplazada hacia la derecha.

Encima, un ordenador apagado, dos teléfonos, un vaso de cristal con tres bolígrafos y una pequeña bandera de España en un soporte de metal.

En la pared, detrás de él, colgaban un par de fotografías enmarcadas, una de la promoción de la Escuela, otra de un acto con ministros.

Eduardo Montalbán no se levantó del todo. Hizo el gesto de incorporarse, pero se quedó a medio camino. Llevaba traje azul oscuro y corbata granate. El pelo, completamente blanco, le caía hacia atrás. Tenía las gafas apoyadas en la punta de la nariz y un dosier abierto delante .

—Inspectora Andújar —dijo, señalando la silla frente a la mesa—. Siéntese, por favor.

Patricia cruzó el despacho. Notó que las palmas de las manos volvían a humedecerse. Se sentó con cuidado de no pegar demasiado la espalda al respaldo.

—Buenos días, mi comisario.

Montalbán cerró el dosier con un gesto lento, sin perderla de vista.

—Gracias por subir tan deprisa —dijo—. No la entretendré mucho; sé que tiene trabajo.

Patricia asintió.

—La he hecho llamar por el expediente R-4581 —continuó él—. Terra Nova.

El nombre quedó flotando un segundo en el aire.

—Sí, mi comisario —respondió—. Recibimos ayer el requerimiento de Interpol Lyon. He empezado esta mañana con el informe preliminar.

Montalbán se retiró las gafas y se las colocó en la mano, por el extremo de una patilla.

—He visto el correo —dijo—. Y he visto también la respuesta que envió usted aceptando la coordinación. Correcto. Eso es lo que había que hacer.

A Patricia se le escapó un “gracias” casi inaudible.

—Quiero que entienda una cosa, inspectora —prosiguió él—. Este no es un expediente más. No es solo una solicitud de información financiera para quedar bien con Interpol. Es un asunto crítico.

—¿Crítico en qué sentido, mi comisario? —preguntó—. ¿Por volumen? ¿Por el tipo de operaciones?

Él ladeó la cabeza, como si valorara la precisión de la pregunta .

—Digamos —respondió al cabo— que es un asunto con muchas aristas. Afecta a un grupo empresarial con contratos en varios países, con socios internacionales y con presencia en sectores sensibles. Y, además, ha despertado interés en instancias que van más allá de nuestra casa.

“Instancias que van más allá de nuestra casa”. Patricia no necesitó que lo tradujera. Sintió un hormigueo en la nuca.

—¿Se refiere a Interior? —se atrevió a decir.

Montalbán sonrió apenas, sin alegría.

—Me refiero a que hay ojos puestos en este expediente. Ojos que no son los de su grupo, ni los del comisario, ni los míos. Y que quieren saber cómo evoluciona. Pero eso no significa que vayan a trabajar por usted. Solo quieren que trabajemos nosotros… y que les avisemos si algo se mueve.

Volvió a ponerse las gafas. El gesto, tranquilo, contrastaba con lo que estaba diciendo.

—¿Puedo saber qué tipo de interés es ese? —insistió Patricia—. Me ayudaría a enfocar el informe.

El comisario la miró un segundo más de la cuenta.

—Sé que le gustaría tener toda la fotografía —dijo—.

Pero hay información que no puedo compartir.

Estoy seguro que lo entenderá. Lo que sí puedo decirle es que Terra Nova está en un cruce de caminos, económico, político y llamémosle estratégico.

Su tarea es ver qué hay en los números. La mía es asegurar que, cuando aparezca algo relevante en esos números, no nos pille a contrapié.

Patricia apretó los dedos sobre el muslo, fuera de la vista de él.

—Entendido —respondió—. De momento lo que tenemos es el requerimiento de Interpol, el material que han enviado y las primeras consultas a banco y registro. En cuanto tenga una primera fotografía de la estructura y los flujos principales, se la haré llegar .

Montalbán hizo un gesto con la mano, como si quisiera matizar.

—Eso es justo lo que quería comentarle —dijo—. Lo normal sería que usted canalizara todo a través de su comisario y que él, a su vez, me mantuviera al tanto. Circuito reglamentario. Pero, en este caso, además de eso, necesito que exista una línea directa de información entre usted y este despacho.

Patricia notó que se le secaba la boca.

—¿Línea directa, mi comisario?

—Cada vez que haya un avance significativo —precisó él—, quiero que me lo comunique usted personalmente.

Sin filtros. Si detectan un patrón nuevo, un titular inesperado, un nombre que se repita donde no debería, me llama.

Puede hacerlo a través de mi secretaria, o dejar un mensaje cifrado en la bandeja interna.

Pero quiero evitar enterarme de las cosas por terceros o por un informe que me llegue una semana tarde.

Ella frunció ligeramente el ceño, más por costumbre que por desafío.

—¿Hay algún problema con el jefe de grupo? —preguntó—. Lo digo por no saltarme a nadie.

—Su jefe de grupo no es el problema —replicó Montalbán, con paciencia—.

El problema es el tiempo. Y, a veces, las interpretaciones.

No quiero que se pierda nada en el camino.

Usted coordina el expediente, usted ve de primera mano los datos.

Me fío más de lo que me diga quien los trabaja cada día que de lo que pueda destilarse en una cadena de resúmenes.

Se inclinó hacia delante, apoyando los codos en la mesa.

—Quiero que entienda que esto no es una desautorización de nadie —añadió—. Es una precaución.

Patricia asintió despacio. Sentía una mezcla rara de halago y vértigo .

—¿Qué tipo de avances considera “significativos”, mi comisario? —preguntó, intentando ser concreta—. ¿Operaciones por encima de cierto volumen? ¿Entidades concretas? ¿Personas físicas…?

Montalbán se llevó la mano a la barbilla, pensativo.

— Empecemos por lo obvio, pero eso usted lo conoce mejor que yo —matizó —. Lo que me interesa es cualquier conexión que aparezca con administraciones públicas, contratos de obra o decisiones políticas. Ahí es donde este asunto deja de ser solo financiero.

Patricia respiró hondo.

—¿Y en cuanto a contactos externos? —añadió—. Interpol, otras policías, ¿Desea que le copie directamente en las comunicaciones?

—No hace falta —respondió él—. Me basta con que me resuma, en su momento, lo relevante. Tampoco quiero que dé la impresión de que estamos paranoicos. Oficialmente, esto es una cooperación más. Extraoficialmente, es una cooperación que nos interesa que salga bien.

Montalbán la observó con una atención que no le resultó incómoda, pero sí pesada.

—¿Ha quedado claro lo que le estoy pidiendo, inspectora? —preguntó al fin.

Patricia sostuvo su mirada. Notaba el pulso acelerado en las sienes, pero la voz le salió firme.

—Sí, mi comisario. Debo seguir el conducto reglamentario y, además, informarle a usted directamente de cualquier avance relevante en el caso, en especial si afecta a administraciones, contratos públicos o movimientos inusuales. Sin esperar a que el expediente esté cerrado.

Una ligera sombra de aprobación cruzó la cara de Montalbán .

—Exactamente —confirmó—. Eso es.

Se recostó un poco en la silla y, por primera vez desde que ella había entrado, esbozó algo parecido a una sonrisa que no parecía solo de cortesía.

—Le he seguido la pista desde hace tiempo, Andújar —dijo—.

Sé cómo trabaja. Sus informes son meticulosos, sus conclusiones, objetivas y vinculantes.

Y hace falta alguien así en un asunto de esta naturaleza.

Si las cosas se hacen bien, si este expediente se gestiona con la seriedad que requiere, no le quepa duda de que habrá quien lo tenga en cuenta cuando toque proponer nombres para responsabilidades mayores.

Patricia sintió un calor extraño subirle del estómago al pecho.

—Agradezco la confianza, mi comisario —dijo—. Intentaré estar a la altura del encargo.

—No “intente” —corrigió él, con suavidad—. Hágalo. Y, mientras tanto, procure que este asunto no le quite más horas de sueño que las imprescindibles.

La frase la tocó en un punto que él no podía conocer. Por un instante, Patricia vio al ciclista de la noche anterior golpeando el capó, el móvil vibrando en el bolso, las llamadas de Lucía.

—Haré lo posible —respondió.

Montalbán consultó el reloj, un gesto rápido.

—Puede volver a su puesto, inspectora. No quiero robarle más tiempo. Y recuerde, discreción, rigor y —hizo una pausa estudiada—, la llamada cuando haga falta.

Patricia se levantó. Notó que las piernas le pesaban un poco.

—A sus órdenes, mi comisario.

Cuando salió al pasillo y la puerta se cerró a su espalda, la moqueta volvió a amortiguar sus pasos. Respiró hondo, como si el aire allí fuera distinto al del despacho. Sacó el móvil del bolsillo. Tenía un mensaje nuevo de Pablo .

“¿Todo bien, mamá?”

Se le escapó una sonrisa breve. Tecleó con el pulgar, mientras esperaba al ascensor.

“Todo bien. Día liado. Luego te cuento. Te quiero.”