24
El coche oficial se detuvo frente al Palacio de Fuensalida de Toledo con un leve cabeceo.
El chófer bajó el primero, rodeó el Audi negro y abrió la puerta trasera.
Rafael Monasterio apoyó la mano en el marco antes de salir.
En cuanto sintió el frío de la mañana, le volvió a la cabeza la imagen del ciervo.
El claro oscuro, el vaho blanco saliendo del hocico del animal, la cornamenta plateada recortada contra el atardecer.
El punto rojo de la mira clavado en el costado.
Un milímetro de presión en el gatillo. Solo uno.
Y, sin embargo, el tiro se le había ido.
«Idiota», pensó, apretando la mandíbula.
Salió al aire húmedo con la expresión torcida. El palacio se alzaba delante de él, sobrio, con su fachada de piedra clara y los balcones alineados sobre la plaza. En la puerta, un guardia de seguridad y un funcionario de protocolo esperaban con el rictus preparado.
—Buenos días, ministro —saludó el de protocolo, traje gris, carpeta en la mano.
—Buenos días —respondió Monasterio, sin ofrecer más sonrisas de las necesarias—. ¿El presidente está listo?
—Sí, señor. Le espera en su despacho. Si quiere acompañarme.
Subieron los peldaños y cruzaron el zaguán.
El patio interior se abrió de pronto. Un rectángulo luminoso, de piedra y cal, con galerías de madera oscura en dos alturas.
Las columnas claras sostenían los aleros; al fondo, un ventanal geminado se enmarcaba en una filigrana de piedra tallada con hojas, rosetones y curvas mudéjares.
Monasterio levantó la vista a las vigas de la galería superior .
«Muy bonito para el folleto turístico», pensó. «A ver si los de dentro están a la altura del decorado.»
—El presidente le recibirá en el despacho institucional —explicó el funcionario, caminando medio paso por delante—. ¿Desea tomar algo? ¿Un café, un agua…?
—No —cortó Monasterio.
Atravesaron el patio, subieron por una escalera de piedra gastada y se detuvieron ante una puerta doble de madera tallada. El de protocolo llamó con los nudillos.
—Presidente, el ministro de Transportes y Vivienda.
—Que pase, por favor.
La voz llegó amortiguada desde dentro. El funcionario abrió y se hizo a un lado.
El despacho no era enorme. Mesa de trabajo al fondo, flanqueada por las banderas de España, de Europa y de Castilla-La Mancha; a un lado, una mesa baja de reuniones junto a los balcones que daban al patio; en la pared, un par de cuadros institucionales que parecían observarlo con prudencia.
En una consola lateral, una televisión encendida sin sonido, con un informativo en bucle.
El presidente de la Junta, Manuel Rivas, se levantó de la silla y avanzó unos pasos. Era un hombre de mediana edad, algo de barriga cómoda, ojos vivos de político acostumbrado a nadar en aguas turbias.
—Ministro Monasterio —saludó, tendiéndole la mano—. Bienvenido a Toledo.
Monasterio respondió al apretón con firmeza medida.
—Presidente. Gracias por recibirme.
El funcionario cerró la puerta tras ellos, dejándolos solos. Rivas lanzó una mirada a la televisión. En pantalla, sin sonido, se veía un render luminoso, con hoteles, fuentes y un palacio de congresos de cristal. Abajo, aparecía un rótulo con el lema “Ciudad Horizonte, el Eurovegas manchego”.
—Están entretenidos con su proyecto —comentó—. Le han bautizado “Ciudad Horizonte”. No suena mal.
—No es mi proyecto —le corrigió el ministro—. Es una oportunidad para esta tierra.
—Eso dicen los titulares —replicó Rivas—. Pero, vayamos al contenido. ¿Qué quiere exactamente de la Junta?
Monasterio apoyó las manos en la mesa, entrelazando los dedos.
—Quiero que esto se mueva —dijo—. El expediente lleva meses paseándose entre sus consejerías. Urbanismo, Medio Ambiente, Fomento, cada uno con sus informes y sus matices. Mientras, los inversores se cansan de esperar.
—Los inversores —repitió Rivas—. Terra Nova, principalmente.
—Terra Nova, SEPES y varios fondos internacionales —precisó Monasterio—. No estamos hablando de un proyecto local. Estamos hablando de un polo de ocio y negocio a cuarenta minutos de Madrid y en suelo de Toledo, que va a permitir dinamizar la región y crear riqueza. Si ustedes quieren, claro.
Rivas cogió un bolígrafo del centro de la mesa y empezó a girarlo entre los dedos.
—El problema, ministro —dijo al cabo—, es que aquí no solo esperan los inversores. También esperan los votantes. Y el clima no está precisamente para sustos.
Monasterio hizo un gesto leve, como quien concede un punto.
—El clima no está para nada —replicó—. Ni para subir impuestos, ni para recortar más, ni para prometer lo que no se puede cumplir.
Precisamente por eso proyectos como éste son valiosos.
Hablamos de algo que puede cambiar la situación económica de esta comunidad durante años.
Hablamos de empleo, obra, turismo, ingresos.
Se inclinó un poco hacia atrás, cuidando el tono.
—Mire, presidente, usted y yo leemos las encuestas. No hace falta que juguemos a ignorarlo. La gente está cansada. Necesita ver que hay algo que se pone en marcha.
Rivas sonrió apenas, sin mostrar los dientes.
—Lo que la gente también ve —respondió— es quién se hace la foto en la primera piedra y quién paga si luego se queda en un esqueleto de hormigón.
El ministro dejó caer la mirada sobre la mesa, como si calibrara palabras.
—Por eso justamente no le pido un cheque en blanco —dijo—.
Le propongo un marco. Si la Junta declara Horizonte Nuevo actuación prioritaria, mi departamento puede hacer varias cosas —carraspeó—.
Priorizar el apeadero de alta velocidad en la planificación de ADIF, adelantar los estudios del nuevo enlace desde la autovía y poner al SEPES a trabajar desde ya mismo en la ordenación del suelo.
Hizo una pausa breve.
—Todo eso es más defendible en Madrid si puedo decir que vamos de la mano.
Rivas dejó de girar el bolígrafo. Lo apoyó en la mesa, en paralelo a la carpeta que tenía delante.
—Suena razonable —concedió—. Pero también sabe que, si corremos demasiado con los trámites, nos acusarán de hacerle el trabajo a Terra Nova. Y ya he oído más de una vez la expresión “capital extranjero” en boca de gente que no suele hablar por hablar.
Monasterio no se sobresaltó; solo afinó un punto la sonrisa.
—Terra Nova es un grupo español con presencia internacional —respondió—. Como casi todas las grandes que hacen infraestructuras hoy en día. Tiene socios fuera, sí, y capital diversificado. Eso no es un delito; es casi un requisito para sobrevivir.
Se pasó dos dedos por el nudo de la corbata antes de proseguir.
—En cualquier caso, todo lo que entre aquí pasará por filtros de supervisión, por la Intervención General, por Hacienda. No vamos a hacer nada que no se pueda explicar. Otra cosa es cómo se cuente después.
—Ahí está la clave —murmuró Rivas.
El ministro lo miró un segundo, midiendo el siguiente paso.
—Si esto sale bien —dijo—. Será una apuesta de la Junta por el desarrollo de la región, acompañada por el Gobierno de España. Eso es lo que verá la gente. Y eso es lo que aparecerá en las portadas.
Rivas jugueteó con la esquina de la carpeta.
—Y si sale mal…
—Si sale mal —lo interrumpió Monasterio, con suavidad—, tendremos que explicar por qué no funcionó.
Pero no estamos hablando de un salto al vacío.
Hay estudios serios detrás, y hay instrumentos para ir corrigiendo.
Lo irresponsable, tal como están las cosas, es dejar que oportunidades de este tamaño pasen de largo por miedo.
Se hizo un silencio corto. Desde la televisión sin sonido, las imágenes de una manifestación de agricultores que habían ocupado el Paseo de la Castellana desfilaban de fondo.
—Déjeme que lo plantee de otra forma —añadió el ministro—.
Si la Junta se implica, si ponemos esto en marcha con un calendario claro, yo puedo defender en el Consejo de Ministros que Castilla-La Mancha reciba prioridad en determinados programas de infraestructuras, vivienda ligada al empleo, quizá algún paquete de fondos europeos que aún está en el aire .
Rivas se levantó despacio y fue de nuevo hacia el balcón. No llegó a abrirlo; se limitó a mirar un segundo el patio, como si buscara allí alguna respuesta.
—Tendré que hablar con mis consejeros —dijo—. Y con algún alcalde que pinta más de lo que parece. No puedo firmar esto yo solo.
—No se lo pido —respondió Monasterio—. Solo le pido que, cuando lo hable, tenga en cuenta que no todas las comunidades van a poder decir que tienen un proyecto así encima de la mesa. Y ya sabe que en Madrid se mira con cariño a quien facilita las cosas.
El presidente asintió lentamente, aún de espaldas.
—Lo estudiaremos —repitió—. Y le daremos una respuesta. Pero entenderá que aquí, además de las cifras, nos preocupa el relato. No quiero despertarme un día con una portada hablando de “Eurovegas manchego” y que parezca que hemos vendido la región por cuatro casinos.
—Entonces contemos otra historia —dijo Monasterio—. Polígono de empleo, centro de convenciones, turismo de negocios, viviendas para jóvenes. Si ustedes se creen esa historia, será más fácil que se la crea la gente.
Rivas se volvió hacia él.
—Veremos si nos la creemos, ministro —dijo, sin acritud—. Y veremos también quién la firma.
Monasterio se incorporó, dando por terminada la reunión. Mientras se estrechaban la mano, pensó fugazmente en el ciervo de la tarde anterior, inmóvil al otro lado de la mira. No tenía claro si con el presidente había errado también el tiro.