El pacto de los lobos (Lobo y Delgado 4) 21
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Por las mañanas, la UDEF olía a café recién hecho.

La segunda planta bullía con un murmullo contenido, entre teclados, voces bajas al teléfono y sillas que se desplazaban sobre el suelo de linóleo.

Patricia cruzó el pasillo con paso más lento de lo habitual.

El cuerpo había dormido, pero el frenazo de la noche anterior seguía impreso en la memoria como una sacudida fantasma.

Entró al despacho donde los cuatro puestos de trabajo se repartían la luz blanquecina de los fluorescentes del techo.

En una de las pizarras, el nombre de Terra Nova continuaba rodeado de flechas rojas y siglas; en la otra, alguien había dejado a medias una lista de acrónimos de agencias extranjeras y tipos de requerimientos.

—Buenos días —saludó Patricia, colgando la chaqueta en el respaldo de su silla.

Nadie respondió de inmediato. El analista de su derecha, un chico joven con ojeras de opositor perpetuo, levantó la mano sin apartar los ojos de la pantalla. La compañera de enfrente murmuró un “hola” distraído y siguió escribiendo en un informe con el ceño fruncido.

Patricia se sentó. Dejó el bolso a sus pies, el móvil de trabajo junto al teclado y, encima del archivador, un pequeño rectángulo de cartón, la caja vacía del teléfono que le había dado esa mañana a Pablo.

A eso de las siete y media, su hijo, aún con el pijama puesto y el pelo levantado hacia un lado, había entrado en la cocina arrastrando las zapatillas.

La nueva cuidadora, Mariela, daba vueltas al café con leche de Mateo en una taza de Spiderman como si llevara haciéndolo toda la vida .

—¿Y ese regalo? —había preguntado Pablo, viendo la caja sobre la mesa.

—Es tuyo —respondió Patricia, con una sonrisa que le salió algo torpe.

El niño la miró, desconfiado, como si sospechara una trampa. A sus doce años, ya había aprendido que los adultos compensaban con regalos lo que no sabían arreglar con tiempo.

—¿Cómo que mío?

—Tu móvil —aclaró ella—. Tiene datos, WhatsApp y todo lo que necesitas. Quiero que me escribas cuando salgas del cole, cuando llegues a casa, si pasa cualquier cosa.

Pablo bajó la vista hacia la caja, trazando con un dedo el logotipo brillante.

—Pensé que no querías que tuviera móvil hasta el instituto —murmuró.

—Las reglas cambian —dijo al fin—. A veces para peor, a veces para mejor. Esta vez creo que es para mejor.

Mariela, apoyada discretamente junto a la encimera, se había aclarado la garganta.

—Así usted también se queda más tranquila, señora —añadió con un ligero acento caribeño—. Yo le aviso si se retrasa o si pasa algo. Pero así puede hablar con Pablo directo. Es lo suyo.

Pablo levantó la mirada hacia la cuidadora.

Ella le guiñó un ojo, cómplice. La mujer apenas había trabajado tres días sueltos, entrando y saliendo de la casa, en horario partido, para hacer pruebas.

Esa mañana, el acuerdo se había cerrado con algo más que palabras, la maleta azul de Mariela esperaba ya en el cuarto pequeño del pasillo, el que Miguel había usado como despacho antes de empezar a dormir en el sofá.

Pablo había sonreído, por fin, y ese gesto mínimo la había aliviado más que cualquier informe bien hecho.

Ahora, en la oficina, apartó la caja vacía del teléfono y encendió su terminal.

La pantalla tardó unos segundos en despertar, lo suficiente para que apareciera, en la parte superior de su móvil personal, la notificación del primer mensaje de su hijo.

“Mamá, probandooooo”, había escrito Pablo, con cuatro oes de más y un emoticono de gafas de sol. Patricia no pudo evitar una sonrisa. Tecleó con rapidez bajo la mesa. “Recibido. Soy control de tierra. Buen vuelo. Te quiero”.

El sistema de la UDEF pidió su contraseña. Se la ofreció, larga, con mayúsculas y números. La red segura se abrió y desplegó el mismo escritorio que la había recibido durante años. Iconos de acceso a bases de datos, al registro mercantil, a la intranet de coordinación con Fiscalía.

En la bandeja de entrada del correo corporativo, Interpol Lyon seguía allí. Asunto: Solicitud de cooperación financiera – Caso R-4581. Debajo, la copia del mensaje que ella misma había enviado la tarde anterior, aceptando la coordinación. Más abajo, las respuestas internas.

Un correo del comisario destacaba en negrita.

“ANDÚJAR, He leído el requerimiento de Interpol. Lo elevé anoche a Jefatura y han dado luz verde.

Necesito:

Informe preliminar de situación (máx. 5 páginas).

Propuesta de líneas de investigación y necesidades de medios.

Plazo: primera versión antes de 72 horas. Tómate esto en serio. Puede crecer.

C. ”

Patricia soltó un bufido leve. Le irritaba esa manía estúpida de encabezar el correo con su apellido en letras mayúsculas.

Abrió una carpeta nueva en el sistema con el código del expediente y, sin pensarlo demasiado, escribió el encabezado del informe preliminar.

Un esquema básico con antecedentes, estructura societaria, flujos financieros y riesgos.

Nada brillante, pero era el esqueleto que luego habría que vestir.

Se conectó al Registro Mercantil y pidió una nota simple actualizada de Terra Nova y de las dos filiales que ya tenía localizadas.

Imprimió la pantalla en PDF, la guardó en la carpeta del caso.

Después abrió la aplicación de consultas bancarias internas y empezó a rellenar una orden genérica para las principales entidades españolas.

Listado de cuentas, titulares, apoderados, préstamos vigentes.

—¿Tienes un minuto? —preguntó al analista de su derecha, sin apartar la vista de la pantalla—. Cuando te llegue el expediente R-4581, necesito que me montes un cuadro con todos los IBAN y los cruces con SEPBLAC. Lo básico.

—Vale —respondió él—. ¿Te lo hago por año o por tipo de operación?

—Por tipo. Y márcame aparte todo lo que salga con Suiza y con bálticos.

El chico asintió, sin hacer más preguntas. Patricia abrió un nuevo documento para la propuesta de líneas de investigación cuando el teléfono sonó de repente con un número interno. Descolgó.

—Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal, inspectora Andújar.

Al otro lado, una voz femenina.

—Buenos días, inspectora. Soy Ana Beltrán, secretaria del comisario principal Montalbán .

Patricia se irguió en la silla. El comisario principal Eduardo Montalbán mandaba en la UDEF Central.

No solía llamar directamente a una inspectora de a pie, y desde luego no a través del fijo de la oficina.

Si necesitaba algo, lo hacía bajar por el conducto reglamentario, pasando por el jefe de grupo, el jefe de brigada y el comisario. La escalera completa.

—Sí, dígame —respondió Patricia, notando cómo se le secaba de golpe la boca.

—El comisario principal necesita verla —continuó la mujer—. En su despacho.

Patricia se quedó un segundo en silencio, con el bolígrafo detenido sobre el margen del informe.

—¿Ahora?

—Ahora —confirmó la secretaria—. Me ha pedido que le diga que es importante.

La palabra “importante” llegó con un matiz que no sonaba a felicitación.

—¿Es por el expediente R-4581? —se atrevió a preguntar.

Al otro lado del hilo telefónico, Ana Beltrán hizo una pausa muy breve.

—El comisario prefiere hablar con usted en persona —dijo al final—. La espera.

La línea se cortó con un clic limpio. Patricia se quedó con el auricular aún pegado a la oreja unos segundos, escuchando solo el tono muerto. Luego lo dejó en su sitio con cuidado, como si el plástico pudiera estallar.

Notó la mirada del analista clavada en ella.

—¿Todo bien? —preguntó él.

—Sí —mintió—. Voy un momento arriba. Si llaman de Interpol, diles que les devuelvo la llamada en cuanto baje .

Cerró la sesión del ordenador y guardó el bloc de notas en el cajón.

Al ponerse en pie, descubrió que le sudaban las palmas de las manos.

Se las secó discretamente en el pantalón.

Mientras caminaba hacia los ascensores, con el corazón marcando un ritmo demasiado rápido, no dejaba de repetirse una frase muda, como un mantra torpe.

“Que sea por el informe”.