20
El despacho olía a cerrado, poco ventilado.
La luz de la mañana se colaba por las contraventanas de madera, filtrada por las cortinas pesadas que Isabel Medina no había abierto del todo.
Toledo amanecía frío. Demasiado. Ella estaba de pie junto al ventanal, con los brazos cruzados y el cuerpo rígido como una escultura.
El informe del responsable de seguridad informática tardaba más de lo previsto.
Un cúmulo de excusas que la habían llevado a la mañana siguiente del incidente.
Vestía de negro riguroso, sin un solo pliegue fuera de sitio.
Ni joyas, ni maquillaje. Sólo la mirada de alguien que ha dormido apenas un par horas.
Cuando se oyó el golpe seco en la puerta, no se giró.
—Pase —ordenó.
El técnico cruzó el umbral con paso rápido, pero sin ruido. Llevaba la misma chaqueta del día anterior, pero la camisa estaba arrugada y los ojos, enrojecidos sobre dos bolsas oscuras.
—Señora Medina —saludó con un leve movimiento de cabeza—. Lo tengo.
Isabel giró despacio. Sus ojos se posaron en el portátil que él sostenía con ambas manos. El hombre tragó saliva antes de poder hablar.
—He seguido sus instrucciones al pie de la letra. No hay rastro del informe en la red ni en los backups automáticos. Nadie sabe nada. Toda la trazabilidad está contenida aquí. IP, sesiones activas, rutas accedidas, ficheros abiertos… todo.
Hizo una pausa. Dudó.
—Han accedido a su partición personal durante exactamente ocho minutos y catorce segundos. Lo he verificado paquete por paquete, sesión por sesión. Y no hay duda, listaron todos los directorios y abrieron al menos nueve ficheros.
Isabel no se movió. Ni un músculo. Se recostó en la silla con lentitud, como si la gravedad de la información pesara físicamente sobre su espalda. Durante unos segundos, el silencio fue tan denso que se oía el zumbido eléctrico de la pantalla.
—Entonces, ¿ha habido extracción de datos? —preguntó finalmente.
—Sí. Las lecturas de tráfico indican que los archivos se copiaron en bloque.
Tres gigas y doscientos veinte megas. Podrían ser solo ficheros, o las bases de datos.
Pero el patrón es claro. Los descargaron a través de una sesión cifrada, camuflada como una sincronización de rutina con su carpeta compartida.
Isabel cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, la mirada era de piedra.
—¿Origen?
—VPN, rebote a través de servidores en Helsinki, luego un nodo en Albania y salida desde México. He solicitado logs internacionales de proveedores, pero tardarán semanas si los obtenemos. Esto ha sido profesional, señora.
—¿Y de dentro? ¿Puede descartarlo?
—No del todo. El acceso se originó desde fuera, sí, pero el uso de sus credenciales y la forma en que eludir las alertas iniciales, eso sugiere conocimiento interno.
Alguien que sabe cómo funciona nuestra arquitectura.
Incluso diría que alguien que ha trabajado con usted o para usted.
O eso —se mordió los labios—, o estamos ante de uno de los grandes hackers del momento.
Isabel se incorporó de golpe. La silla retrocedió unos centímetros y rasgó la pausa con un chirrido seco .
—Perfecto —dijo ella, aunque su tono no contenía rastro de satisfacción—. Entonces ya sabemos que no fue un aficionado aburrido desde un sótano.
El hombre asintió con una rigidez torpe, a punto de decir algo más. Pero no llegó a hacerlo.
—Y también sabemos —continuó Isabel, rodeando la mesa para quedar a escasos centímetros de él—, que alguien, aquí o fuera, ha tenido acceso a lo más sensible de esta organización.
El técnico intentó sostener la mirada, pero ella ya se había girado, señalando la puerta.
—Ahora escuche con atención. Va a coger ese portátil y va a salir por esa puerta sin mirar atrás. Ni una sola palabra a nadie. Si en las próximas horas alguien menciona siquiera la palabra “incidente”, usted será el primero en caer.
—Sí, señora Medina. Clarísimos —musitó él, con una mezcla de temor y alivio.
—Y si en veinticuatro horas no me consigues desde dónde accedieron a mis datos personales no volverás a trabajar en seguridad informática en ningún lugar del mundo.
El hombre recogió el portátil con ambas manos como si sujetara una bomba de relojería y salió casi de espaldas, sin atreverse a darle la espalda hasta el último instante.
Cuando la puerta se cerró tras el técnico, el silencio volvió a llenarlo todo.
Era un silencio contaminado de rabia. Avanzó despacio hacia el ventanal, con pasos duros, irregulares.
El cristal le devolvía una versión extraña de sí misma, una figura rígida, pálida, ojerosa.
Sintió el temblor en las manos antes de darse cuenta de que estaba apretando los puños.
Una pulsación le martilleaba en la sien izquierda.
—¿De dentro? —susurró para sí, con un tono que apenas se parecía a una voz humana .
Podía ser. Claro que podía. Alguien que había trabajado con ella, que sabía cómo esquivar los sistemas de alerta, que conocía sus horarios, sus protocolos. Alguien con acceso a su sombra digital. Alguien que se había ganado su confianza.
O podía ser externo.
—¿Y si han sido ellos? —masculló, y esta vez la rabia sí asomó en su tono.
Los detectives. Esos dos ex guardias civiles con aspecto de aficionados. No, pensó. O sí. Uno de ellos, quizás. O con ayuda. Joder.
Isabel se llevó la mano al interior de la chaqueta. Del bolsillo interno extrajo el viejo Nokia. El terminal seguía intacto, fiel, con las teclas desgastadas y cientos de tarjetas prepago usadas que habían pasado a mejor vida. Marcó el número sin pensarlo.
El aparato tardó más de lo normal en establecer la llamada. Un pitido. Dos. Tres. Al cuarto tono, la línea se abrió. Nada de saludos. Solo una pausa densa al otro lado. Y entonces, la voz.
—No es una hora prudente para llamarme, Isabel.
La voz de Volkov era un susurro envenenado.
—Tenemos problemas, un par de investigadores privados están metiendo las narices donde no deben.
Tardó unos segundos en responder.
—Entiendo. ¿Qué quieres qué haga?
—Mándame a tus amigos de la embajada. Urgente.
La línea se cortó sin despedidas. Isabel dejó el móvil sobre la mesa, con un gesto lento, medido. Afuera, el cielo de Toledo seguía encapotado, como si también estuviera esperando.
Y entonces, por primera vez en mucho tiempo, Isabel sintió que ya no tenía el control.