19
El sol de primera hora trepaba perezoso por los muros de piedra del casco antiguo de Toledo y proyectaba sombras irregulares sobre las paredes del apartamento.
Desde la ventana de la cocina, el cauce plateado del Tajo se intuía a lo lejos, envuelto en un velo brumoso.
La ciudad aún dormía, pero dentro del piso, el día había comenzado con su ritual inmutable.
Félix dejó la toalla blanca, perfectamente doblada, sobre el toallero de acero cromado.
Observó su reflejo en el espejo con la misma mirada meticulosa con la que inspeccionaba una escena del crimen.
La luz del baño le devolvió un cuerpo blanquecino, demasiado delgado, con las clavículas dibujadas como alambre bajo la piel.
Se pasó la mano por la mejilla afeitada, luego por la cicatriz que surcaba el pómulo izquierdo, y respiró hondo.
Había aprendido que empezar el día con orden era la única forma de combatir el caos que lo habitaba.
Al salir del baño, caminó por el pasillo. Llevaba una camisa blanca recién planchada, sin una sola arruga, y un pantalón oscuro sujeto con cinturón de piel. El bastón descansaba en la entrada.
Nora seguía dormida, enredada en las sábanas.
Su melena caía en cascada sobre la almohada, una pierna asomaba bajo la colcha y su respiración era serena.
Lobo la miró un instante desde la puerta, sin atreverse a cruzar el umbral.
Avanzó un paso, se detuvo, y volvió a mirar esa pierna al aire como si fuera una imprudencia.
Tiró de la colcha con dos dedos y la cubrió despacio.
La mano se le quedó un instante allí, quieta, antes de retirarla. Luego se giró y entró en la cocina .
Encendió la cafetera italiana. Mientras el agua empezaba a hervir, abrió el armario de los productos de limpieza.
Todo seguía donde debía. Allí estaban los estropajos esterilizados, el frasco de alcohol, los productos desinfectantes ordenados por tamaño y los paños clasificados por color. Se sintió tranquilo.
El aroma del café comenzó a impregnar la estancia. Cerró los ojos y lo respiró como quien escucha una música conocida. Pero el sonido de unas arcadas lo devolvió a la realidad.
—¿Nora?
—Estoy bien... —se oyó desde el pasillo, aunque la voz sonaba pastosa, insegura.
Delgado apareció tambaleante, con una camiseta del Cádiz y un pantalón corto. El rostro, más pálido de lo habitual, y una mano sobre el estómago.
—¿Seguro que estás bien? —preguntó él, acercándose.
—¿Tú has olido eso? —dijo ella, arrugando la nariz con una expresión casi cómica—. Parece alquitrán caliente.
Félix giró la cabeza hacia la cafetera, confuso.
—Es el mismo café de siempre.
—Pues hoy me huele como a estiércol.
—No lo toco más. Lo tiro.
—No, mi niño... No quiero arruinarte el desayuno.
—Mi desayuno puede esperar —dijo él, y apagó la cafetera con gesto rápido.
Se hizo un silencio entre los dos. Nora se apoyó contra la encimera, todavía con el rostro contraído.
—Será algo que comí anoche —murmuró—. Ese queso manchego de la venta que paramos tenía cara de sospechoso. O los chorizos. O los dos, que se confabularon.
—¿Quieres una manzanilla?
—¿Tienes ?
—La compré ayer. Por si acaso.
Ella esbozó una sonrisa ladeada.
—Eres peor que mi madre. Pero sí. Una manzanilla suena muy bien.
Mientras Lobo hervía el agua, Nora se sentó en la silla junto a la mesa de trabajo.
El apartamento era pequeño, con suelo hidráulico de mosaico antiguo, techos altos y una mezcla de muebles modernos y reliquias que la familia Ortigosa debía de haber heredado.
Un crucifijo colgaba torcido sobre la puerta del dormitorio, y en el salón, una estantería albergaba desde novelas de Agatha Christie hasta un ejemplar encuadernado de La Regenta .
Sus ojos se posaron en los lomos color sepia de la colección de la dama del crimen. Miss Marple. Poirot. Asesinato en el Orient Express , Diez negritos , El asesinato de Roger Ackroyd . Toda la colección. Sonrió sin querer.
La imagen acudió sin previo aviso. Su abuela, sentada en el sofá de skay verde con las piernas cubiertas por una manta de cuadros.
Ella, con no más de ocho años, acurrucada a su lado, mientras fuera el motor de la Kombi del abuelo se alejaba entre los huertos camino del reparto.
Era entonces cuando empezaban los misterios.
La mujer abría un libro con delicadeza casi reverencial. Y le leía en voz alta, con esa entonación natural andaluza que hacía que los crímenes parecieran cuentos, y los detectives, héroes de voz pausada y mirada aguda.
—Los detalles, Norita. Siempre en los detalles está la verdad —decía, cada vez que Poirot descubría al culpable con una frase demoledora.
Aquella frase, con el tiempo, se le había quedado tatuada en la memoria.
Más que una advertencia, era un mantra. ¿Y si el germen de su vocación no había sido la rabia por las injusticias, sino aquellas tardes de invierno bajo la manta, con las novelas de Agatha Christie como banda sonora?
¿Y si la semilla de todo lo que era hoy había nacido en la calidez de ese regazo?
El pensamiento la sorprendió. Sin saber por qué, una punzada le atravesó la garganta.
Bajó la vista hacia la taza de manzanilla que había dejado Félix y notó cómo los ojos se le empañaban, primero con pudor, luego sin remedio.
Las lágrimas comenzaron a caer, lentas y calientes.
Lloraba porque la abuela ya no estaba. Porque no había tenido tiempo de decírselo.
Porque, tal vez, nunca se había parado a pensar que le debía algo más que cariño, le debía el rumbo entero de su vida.
—Ay, abuela... —murmuró entre dientes, con la voz hecha jirones.
Y por un instante, deseó que pudiera verla ahora, allí sentada con una taza de manzanilla en la mano, con las tripas revueltas por un café que la repelía, con un hombre complicado pero noble que doblaba sus toallas como si le fuera la vida en ello.
Se limpió las mejillas con el dorso de la mano.
Respiró hondo. Le dolía la garganta, como cuando una se traga un trozo de pan duro.
Pero en el fondo, sintió algo parecido a la paz.
Se levantó y caminó despacio hacia la estantería.
Tocó con los dedos el lomo de uno de los libros de Christie.
Lo sacó con cuidado y lo abrió al azar. La tinta olía a polvo viejo y a memoria.
Leyó una línea suelta, sin mucho sentido. No importaba.
Cerró el libro con suavidad y lo devolvió a su sitio. Cuando se giró, Lobo estaba allí. De pie en el umbral, recién salido del baño, con el pelo rojizo peinado con una raya perfecta, la piel aún fresca por el agua fría y un rastro de colonia.
—¿Has estado llorando?
Nora no intentó disimular. Le sostuvo la mirada durante un par de segundos y asintió, apenas con un movimiento de cabeza .
—Un poco —confesó.
Lobo dio un par de pasos hacia ella. Sus zapatos apenas hicieron ruido sobre las baldosas.
—¿Estás bien?
Ella dudó. Y luego, como si algo dentro de sí hubiera dado un portazo a los pensamientos tristes, forzó una sonrisa.
—Más o menos. Pero... —alzó la mano y señaló con la barbilla hacia la ventana— …he recordado que estás en deuda conmigo.
—¿Ah, sí? —Lobo ladeó ligeramente la cabeza
—Me hablaste del convento de San Clemente. De los dulces que preparan allí.
Félix entrecerró los ojos, procesando.
—Las monjas de clausura, sí. Al parecer usan la misma receta del siglo XVII. Lo comprobé en internet.
—Pues hoy, si quieres verme un poco menos dramática, vas a tener que comprarme un par de esos milagros en forma de azúcar.
Lobo la miró con atención. Y entonces ocurrió algo extraño. Una sonrisa leve, contenida, casi clandestina, se asomó a la comisura de sus labios.
—¿Eso es una orden?
—Es una súplica. De las de verdad. Con hipoglucemia emocional incluida.
Ella lo dijo con tono burlón, pero él supo que había algo genuino detrás. Hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
—¿Y si…? —Nora lo miró como quien lanza una apuesta a medio camino entre la broma y el experimento— ¿Te llevas a Luna?
Félix giró la cabeza hacia la esquina del salón, donde la perra descansaba hecha un ovillo sobre su manta. Una oreja se le movió, como si supiera que se la mencionada.
—¿Yo ?
—Sí, tú. Mira que a la pobre le toca salir, y yo no estoy para trotes ahora.
—Trato hecho.
Félix fue a por la gabardina, cogió el bastón y buscó la correa de Luna, que Nora había dejado colgada junto a la puerta.
La perra, al escuchar el tintineo metálico, alzó la cabeza de golpe y se puso de pie, con la cola en movimiento frenético que provocó un rictus serio en la cara de Lobo.
Cuando se marcharon, Nora dejó la taza sobre la mesa y se estiró con cuidado.
La nausea se había atenuado, aunque su estómago seguía en guerra con el café.
Se acercó a la ventana, la abrió y dejó que el aire frío le acariciara la cara.
El móvil vibró una sola vez. Al ver el mensaje, Nora sonrió, sabía que el juego verdadero acababa de empezar.