El pacto de los lobos (Lobo y Delgado 4) 18
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El jefe de seguridad giró la silla hacia los monitores y tecleó un par de comandos. Una de las cuadrículas se agrandó hasta ocupar casi toda la pantalla. El hall del hotel, fecha de finales de octubre en una esquina, la hora corriendo en números blancos.

—Entrada principal —explicó—. Vamos directos al tramo del cóctel.

Arrastró el cursor por una barra de tiempo. Las figuras del vestíbulo se aceleraron como hormigas vistas desde lejos. De pronto, detuvo el avance y devolvió la velocidad a la normalidad.

—Veintiuna cuarenta y tres —murmuró—. Aquí es donde aparece su señor Ortigosa.

A la derecha del cuadro, Ignacio cruzó las puertas de cristal del Palace. Esmoquin negro, abrigo sobre el brazo. Caminaba solo.

Ignacio cruzaba el hall con paso firme, sin titubeos.

El abrigo colgaba del antebrazo, no arrastraba los pies ni se apoyaba en nada.

Al pasar junto a un grupo de invitados, hizo un gesto seco con la cabeza, un saludo mínimo.

Nada en su manera de caminar recordaba a un hombre con más de dos gramos de alcohol en sangre.

Nora se inclinó hacia la pantalla, entornando los ojos.

—La Guardia Civil pone en el atestado un 2,3 de tasa —dijo—. Con eso, no distingo ni la cerradura de casa.

Gómez dio un par de clics. Otra cámara ocupó el monitor. La Rotonda bajo la cúpula, la barra circular, camareros de chaqueta blanca deslizándose entre trajes negros.

—Veintiuna cuarenta y seis —leyó—. Aquí ya está en el cóctel .

Ignacio apareció por el borde del encuadre. Se acercó a una de las mesas con centros florales. Un camarero le ofreció la bandeja de copas; él cogió una, la sostuvo un segundo, como si evaluara el contenido, y se la llevó a la altura del pecho. No bebió de inmediato.

—Párelo ahí —pidió Lobo.

La imagen quedó congelada con Ignacio de perfil, la copa aún lejos de los labios, la espalda recta.

—¿Se fijan en las manos? —señaló Félix—. No tiembla, no busca apoyo. No es alguien que vaya ya cargado.

Gómez volvió a darle al play, esta vez con un avance ligeramente acelerado.

Se veía a Ignacio moverse por la sala, de una columna a otra, de un grupo a otro.

Saludaba, sí, pero siempre con gestos breves.

Escuchaba más de lo que hablaba. Cada vez que alguien le ofrecía otra copa, levantaba la que ya llevaba, todavía casi llena.

Nora fue contando en voz baja.

—Primer sorbo… —susurró, cuando Ignacio se humedeció apenas los labios—. Segundo… —unos minutos después, otro gesto mínimo, casi de cortesía—. Y ya.

Dejó caer la mano sobre la rodilla.

—Si ha bebido aquí lo que se ve en este vídeo, no llega ni al chupito de feria —sentenció Nora.

En el fondo del plano, la comitiva del ministro hizo su entrada. No se le veía de golpe, sino por el efecto que producía, porque de pronto una zona del salón se densificó de cuerpos, de cabezas que se inclinaban, de manos que se alargaban.

Gómez cambió ligeramente el ángulo. El ministro apareció en el centro y estaba rodeado de gente, con la corbata algo torcida incluso en blanco y negro, el gesto expansivo y una palmada demasiado fuerte en la espalda de un empresario que casi derrama la copa .

—Ése no necesita etiquetas —murmuró Nora—. Se le reconoce hasta con la resolución de cajero automático.

Ignacio no se acercó. Se quedó en segundo plano, junto a la mesa de los centros florales. Solo cuando el ministro levantó la vista y barrió la sala, hizo un gesto breve con la muñeca. Dos dedos, apenas, una inclinación mínima de cabeza.

Gómez adelantó el vídeo hasta las 21:55. Ignacio seguía moviéndose, cada vez menos, como si el baile social le pesara. En un momento dado, miró hacia un punto fuera de cuadro, dejó la copa ya casi vacía en el borde de la mesa y se encaminó hacia la salida de la Rotonda.

—Veintiuna cincuenta y siete —anunció el jefe de seguridad—. Aquí se va del salón.

Saltó de cámara. Volvieron a ver el hall desde un ángulo ligeramente más alto. Ignacio cruzó recto hacia la zona de los salones privados. Pasó junto a un camarero; ni lo rozó. Atravesó el encuadre con la misma estabilidad con la que había entrado al hotel.

Gómez apretó los labios y cambió a la cámara del pasillo. Alfombra mullida, paredes claras, puertas con placas discretas, al fondo un giro hacia la zona de aseos.

—Veintiuna cincuenta y ocho —dijo—. Este es el tramo que lleva a los baños.

Unos segundos después, Ignacio apareció al fondo del corredor. Venía con paso decidido, sin prisa, pero sin titubeos. No miró las placas de las puertas; sabía adónde iba. La cámara, colocada en una esquina, lo siguió hasta que, al fondo, giró a la derecha y desapareció del encuadre.

Gómez paró la imagen justo en el momento en que la manga del esmoquin se desvanecía de cuadro.

—Entra solo en la zona de aseos —resumió—. Y entra entero .

En la sala se hizo un silencio corto. Solo se oía el zumbido de los ventiladores del equipo y el murmullo eléctrico de las pantallas.

Nora no apartó la vista del ángulo muerto del pasillo.

—Vale —dijo al cabo—. Ahora quiero verlo salir.

Gómez asintió, ya metido del todo en el papel de proyeccionista. Llevó el cursor unos minutos hacia adelante. En pantalla, el pasillo avanzó a saltos; sombras en retroceso, camareros pasando con carros de limpieza, puertas que se abrían y cerraban. Volvió a reducir la velocidad.

—Veintidós cero cuatro —leyó—. Aquí.

Ignacio asomó de nuevo en el extremo del corredor.

La misma alfombra, la misma pared clara.

Él, con el esmoquin en su sitio, el lazo de la corbata igual de recto que antes.

No venía abrochándose nada, no se apoyaba en la pared, no necesitaba corregir el paso.

Si había pasado algo en el interior, la cámara no lo delataba.

Caminó hacia la cámara, cruzó por debajo de ella y se alejó en dirección al hall. El cuerpo seguía alineado, sin bandazos.

—Ni se tambalea —murmuró Nora—. Ni un gesto raro.

—O sabe disimular como Dios —añadió Gómez—. He visto en este hotel gente beber como cosacos y en apariencia estar en perfecto estado.

Lobo seguía el movimiento con una atención casi milimétrica.

—¿Tenemos su salida del hotel? —preguntó—. Hora exacta.

Gómez cambió de cámara. Volvieron al hall. Era el mismo encuadre que al principio, pero con el salón ya más despejado. Algunos invitados recogían abrigos, otros esperaban taxis al otro lado del cristal.

—Veintidós cero ocho —dijo—. Aquí lo tenemos.

Ignacio cruzó el vestíbulo con paso decidido.

Se detuvo un instante junto al mostrador, dijo algo a alguien que quedaba fuera de plano, hizo un gesto con la mano.

No había abrazo de borracho, ni palmadas demasiado efusivas.

Se limitó a asentir una vez y siguió hacia la puerta giratoria.

En la imagen se le vio empujar la hoja de cristal y perderse en el exterior.

La marca de tiempo siguió corriendo unos segundos más.

—Y hasta aquí llega el Palace —concluyó Gómez—. Del bordillo para afuera, lo que le pasara ya no es asunto nuestro.

Nora se recostó en la silla, pero los ojos le seguían yendo del hall al pasillo congelado en la otra pantalla.

—Desde que entra hasta que sale —recapituló—, solo una copa que no se termina y un paseo al baño. Y el informe dice que unas pocas horas después iba con una borrachera de tres al cuarto.

Nora se volvió hacia el jefe de seguridad.

—Vuelva al pasillo —pidió—. Minuto antes de que entre. Luego veremos quién sale entre medias.

El jefe de seguridad obedeció. De nuevo, alfombra, paredes, puertas cerradas. Arrastró el cursor hacia atrás hasta que el contador marcó 21:57. Le dio al play.

Durante unos segundos no pasó nada. Un camarero cruzó con un carrito vacío y desapareció por una puerta lateral. El pasillo quedó solo. Entonces, al fondo, apareció una figura. Era un hombre de traje oscuro, sin copa, las manos libres a ambos lados del cuerpo. Gómez redujo aún más la velocidad.

—Veintiuna cincuenta y siete —marcó—. Este tipo toma el pasillo un minuto antes que el señor Ortigosa.

Se acercaba hacia la cámara. Al pasar por debajo, la lente le captó el perfil apenas un instante, con el cráneo rasurado, la línea dura de la mandíbula y los pómulos marcados. No miró a ninguna puerta. Solo al frente. Giró al fondo, hacia la misma esquina que luego tomaría Ignacio, y desapareció.

Nora se inclinó hacia la pantalla, seria .

—Atrás dos segundos —dijo—. Y para cuando pase justo debajo de la cámara.

Gómez obedeció. El hombre retrocedió un par de pasos, volvió a avanzar en cámara lenta. El pasillo parecía encogerse a su alrededor.

—Pare ahí. —Nora señaló con el dedo, sin tocar la pantalla—. Más cerca.

—El zoom va a hacer papilla la imagen —advirtió el jefe de seguridad.

—Hágala —replicó—. Pero en la muñeca izquierda.

Gómez delimitó un rectángulo sobre el brazo del desconocido y amplió.

El grano se multiplicó, las líneas se desdibujaron, pero algo emergió entre los grises.

Se trataba de una franja de piel clara entre el puño de la camisa y el final de la manga y, sobre ella, una sombra de tinta, oscura y nítida a pesar de la mala calidad.

No era una mancha. Era un dibujo. Nora entrecerró los ojos.

—Otra vez —susurró—. Un punto más.

El rectángulo creció de nuevo. Ahora casi todo el cuadro era muñeca y puño de camisa.

La textura del traje se convertía en ruido, pero la tinta aguantaba.

Una forma estrellada, líneas que se cruzaban en un centro común, puntas que escapaban hacia fuera.

Ocho brazos irregulares, deformados por el pixelado, pero inconfundibles en su simetría.

Gómez se apartó un poco, como si la imagen lo hubiera empujado hacia atrás.

—Puede ser cualquier cosa —intentó—. Un logo, un…

—No —lo cortó Lobo.

Su voz sonó más baja, pero más firme que en toda la conversación. Se había inclinado hacia la pantalla sin darse cuenta; los nudillos, blancos sobre la mesa.

Nora lo miró de reojo .

—¿La conoces?

Félix no respondió de inmediato. Levantó una mano y, con cuidado, trazó en el aire, por encima de la pantalla, el contorno del símbolo.

—No es un logo —dijo—. Es una zvezda . Una estrella de ocho puntas.

Gómez frunció el ceño.

—¿Y eso…?

Lobo apartó al fin la vista del monitor y lo miró a él.

—Eso —respondió— es un “vor v zakone”.