El pacto de los lobos (Lobo y Delgado 4) 17
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La Kombi se coló en la Plaza de las Cortes en Madrid como una nota mal puesta en una partitura perfecta.

A esa hora, las ocho de la tarde de finales de octubre, la fachada del Palace brillaba con una luz dorada que hacía parecer más suave el frío que empezaba a morder la piel.

La furgoneta, se situó detrás de un sedán negro que debía de costar lo mismo que un piso en Toledo.

Delante, otro coche con chófer abrió las puertas a una pareja en traje largo y pajarita.

Un mozo del hotel, con levita y gorra impecable, les tendió la mano como si recibieran a la realeza.

La Kombi tosió dos veces antes de apagarse del todo. Luna observaba a través de la ventana, el hocico pegado al cristal. Al otro lado, un botones empujaba un carrito de maletas Louis Vuitton sobre la alfombra roja que conducía al vestíbulo.

—Mi niña, que eso no es para ti —susurró Nora, rascándole detrás de la oreja—. A ti te ponen una moqueta de esas y tardas medio minuto en hacerla tuya.

El aire de Madrid entró en la furgoneta cuando Nora abrió la puerta.

Olía a humedad recién caída sobre los árboles del Paseo del Prado y a perfume caro que escapaba en pequeñas ráfagas cada vez que se abría la puerta giratoria del hotel.

Lobo bajó con cuidado, apoyando el bastón en el bordillo.

No tuvo tiempo de incorporarse del todo.

El de la levita ya venía hacia ellos, sonrisa de manual, el paso rápido pero sin llegar a la carrera, como si la alfombra roja se lo prohibiera.

—Buenas noches —dijo, con una inclinación mínima de cabeza—. ¿Puedo ayudarles en algo ?

Sus ojos hicieron un recorrido fugaz por la Kombi, por los desconchones, por el morro con algunas abolladuras. Volvieron a Lobo. Se detuvieron un segundo en el bastón.

—Venimos a hablar con la dirección —respondió Félix—. Asunto de trabajo.

—¿Tienen reserva?

Nora se bajó entonces, cerrando la puerta con un portazo que hizo girar la cabeza a la pareja de la pajarita.

—No somos huéspedes —dijo—. Somos investigadores privados. Tenemos que hacer unas preguntas sobre una gala que se celebró aquí hace unos días.

La palabra “investigadores” provocó una pequeña onda en el gesto del empleado. No llegó a romperlo, pero lo deformó lo justo. Miró a Lobo, al bastón, a Nora y al perro que los observaba desde dentro.

—Comprendo —dijo al fin—. En ese caso, si lo desean, pueden dejar la furgoneta unos minutos en la zona de servicio lateral. —Señaló hacia una bocacalle estrecha, junto a la entrada del parking—. Avisaré.

—Se lo agradecemos —contestó Lobo.

El de la levita asintió, como si esa frase le resultara especialmente razonable en aquel lugar, y se alejó para abrir paso a otro coche de cristales tintados.

Nora volvió a subirse a la Kombi, maniobró hasta la esquina indicada y encajó la furgoneta junto a una puerta metálica por la que entraba el personal de cocina.

No había alfombra roja, solo un trozo de acera manchada de aceite.

—Fin del glamour, Lunita —dijo, girándose hacia atrás.

Abrió el portón y sacó del hueco una manta doblada y el cuenco de agua. Luna la siguió con la mirada, nerviosa, como si temiera que aquello significara quedarse fuera de algo importante. Nora extendió la manta en el suelo de la furgoneta y dejó el cuenco al lado.

—Te quedas aquí un ratito —le explicó—. Nada de conciertos de ladridos, que estos señores tienen el oído fino. Cuando salgamos, paseo por el Prado. Tú y yo, sin ministros.

Nora cerró el portón con cuidado, como si al otro lado hubiera un bebé y no una labradora de treinta kilos. Comprobó dos veces la maneta.

—Hala, mi perrita. Que te quedas en un cinco estrellas sin saberlo —murmuró.

Cruzaron la bocacalle y salieron de nuevo a la fachada principal.

El Palace se alzaba delante de ellos, todo luz cálida y cristal reluciente.

Un empleado abrió la puerta giratoria justo cuando llegaban; Nora hizo un gesto con la mano, como si fuera lo más normal del mundo entrar allí con vaqueros y botas.

El cambio de temperatura fue inmediato. Dentro olía a cera, a flores frescas y a un limpiador neutro que no hacía daño a la nariz.

El suelo de mármol brillaba tanto que Félix tuvo la tentación de mirar si se veía reflejado en él.

Se la concedió. Una sonrisa mínima, rápida, se le escapó en la comisura.

—Así sí —murmuró.

El comentario se le quedó flotando en la comisura mientras avanzaban unos pasos más. El vestíbulo se abría hacia la derecha y, de pronto, el techo desaparecía.

—Hostia —se le escapó a Nora.

La cúpula de cristal se alzaba sobre ellos como un cielo domesticado.

Azules, verdes y blancos se mezclaban en los paneles, atravesados por la luz de las lámparas y por el brillo dorado de una araña imposible, suspendida justo encima de la barra circular.

A su alrededor, columnas blancas con capiteles dorados, sillones de terciopelo, mesas bajas donde gente bien vestida sujetaba copas finas como si fueran parte del mobiliario.

Al fondo, donde el bullicio del bar se apagaba, comenzaba la zona de recepción. Se acercaron. Detrás del mostrador, una recepcionista de traje oscuro y sonrisa entrenada levantó la vista.

—Buenas noches —saludó—. ¿En qué puedo ayudarles?

Lobo apoyó el bastón junto al mostrador y sacó la cartera, despacio. Depositó sobre la madera la tarjeta plastificada.

—Buenas noches. Félix Lobo, investigador privado. Ella es mi socia, Nora Delgado. Venimos por la gala benéfica que se celebró aquí a finales de octubre.

La mujer echó una ojeada rápida a la tarjeta y luego a ellos. No perdió la sonrisa, pero la mirada se hizo más atenta.

—¿Es por alguna reserva relacionada con el evento? —preguntó.

—No —respondió Nora—. Lo que tenemos es un cliente muerto. La última vez que lo vieron con vida fue aquí. Necesitamos hablar con la persona que lleve el tema de seguridad del hotel.

—Comprendo —dijo, en el mismo tono que usaría para alguien que pedía un cambio de habitación, pero con un matiz más bajo—. Un momento, por favor.

Marcó una extensión interna. Se giró y habló en voz muy baja. Finalmente, la mujer colgó el teléfono y volvió a ellos.

—El jefe de seguridad puede recibirles unos minutos —anunció—. Les ruego que me sigan.

El despacho era pequeño, sin ventanas, con dos monitores llenos de cuadrículas en blanco y negro detrás del hombre de camisa blanca.

—Siéntense, por favor —dijo, antes de coger la tarjeta de Lobo—. Tomás Gómez, jefe de seguridad .

Le dio la vuelta a la tarjeta entre los dedos, la dejó encima de la mesa, perfectamente alineada con el teclado, y los miró.

—Me han dicho que quieren acceder a las grabaciones de una noche concreta.

—La gala benéfica de principios de semana —precisó Lobo—. La última vez que se vio aquí a Ignacio Ortigosa.

Gómez asintió despacio, como si el nombre le sonara de los periódicos.

—Bien, pues lo primero que tengo que decirles, aunque suene a disco rayado, es que yo no puedo enseñarles ni una imagen así como así.

Las cámaras del hotel están sujetas a la ley de protección de datos.

Solo podemos facilitar copias a requerimiento de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad por orden judicial.

No a particulares, aunque sean profesionales habilitados.

Se echó ligeramente hacia atrás en la silla.

—Si cuentan con autorización judicial, encantado de colaborar en lo que pueda. Pero sin ella, por muy comprensible que sea su investigación, aquí dentro mis manos llegan hasta dónde llega el reglamento. Y no un centímetro más.

Nora lo observó un segundo, ladeando la cabeza, como si calibrara el grosor de aquella coraza de reglamento.

—Vale, venga, vamos a bajar un peldaño —dijo al fin—.

No queremos pendrives, ni copias, ni nada que pueda salir de esta sala.

—Apoyó los codos en la mesa—. Usted manda con el ratón.

Le da al play, al stop, al rebobinar hacia donde le dé la gana.

Nosotros solo miramos. Sin fotos, sin móviles. Solo ojos.

El jefe de seguridad vaciló. Nora ya tenía la cartera en la mano. Sacó unos cuantos billetes de cincuenta euros doblados.

—Y esto por las molestias —añadió.

Gómez miró el dinero con extrañeza y se pasó una mano por la barbilla .

—Esto no es muy ortodoxo —dijo, casi en un susurro.

—Ortodoxa ya tenemos a la iglesia rusa —replicó Nora—. Usted solo sería amable.

Algo parecido a una sonrisa le cruzó la cara, apenas un segundo. Al final, deslizó los billetes hacia el borde de la mesa y los hizo desaparecer en el cajón sin siquiera mirarlos.

—Diez minutos —sentenció—. Yo controlo la pantalla.