El pacto de los lobos (Lobo y Delgado 4) 16
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A esas horas, la planta de la UDEF parecía un edificio que alguien se hubiera olvidado de apagar.

Los fluorescentes lanzaban una luz cansada sobre la mayoría de mesas vacías.

Solo quedaban encendidos un par de monitores al fondo de la sala y la impresora segura, que roncaba de vez en cuando como un animal viejo.

Patricia tenía la chaqueta colgada del respaldo desde primera hora de la mañana y las mangas de la camisa remangadas hasta el codo.

El pelo, que por la mañana se había recogido con esmero, se le escapaba ahora en mechones que le caían a los lados de la cara.

El vaso de plástico de café, olvidado junto al teclado, mostraba en el fondo un poso oscuro y frío.

En la pantalla, el Excel con los primeros movimientos ligados a Terra Nova; columnas, cifras, fechas, bancos. Líneas azules que se abrían en ventanas emergentes, nombres de sociedades sin empleados que se repetían tres o cuatro veces en países distintos.

Se inclinó hacia delante, apoyando los codos en la mesa, y pasó de nuevo la vista por la lista de transferencias hacia Suiza. Volvió a subrayar un número con el ratón, como si pudiera extraer de ahí algo que no hubiera visto ya.

—¿Tú sigues aquí?

La voz le llegó desde la puerta, amortiguada por la concentración. Patricia tardó un segundo en levantar la cabeza. El inspector Valdivia, con la corbata deshecha y el abrigo en el brazo, la miraba desde el quicio con una mezcla de respeto y cansancio.

—Un rato más —respondió ella, estirando el cuello, que le crujió—. Estoy terminando de cruzar los movimientos del dos mil diecisiete .

Valdivia dejó escapar un silbido suave.

—Los suizos pueden esperar, Andújar. ¿Has visto la hora?

Ella hizo una mueca vaga.

Patricia bajó la vista a la muñeca. Las manecillas marcaban las 19:43.

Sintió una punzada extraña. El teléfono personal, boca abajo junto al teclado, vibró en ese mismo instante, desplazándose unos centímetros sobre la mesa.

Lo cogió casi por reflejo. La pantalla se encendió.

Cuatro llamadas perdidas de Lucía. Notó cómo se le aflojaban los dedos.

—Mierda.

Ni siquiera se disculpó con Valdivia. Se puso en pie tan deprisa que la silla retrocedió y golpeó la cajonera. Un par de folios salieron despedidos de la pila y se deslizaron hasta el suelo.

—¿Pasa algo? —preguntó él.

Patricia ya estaba metiendo el portátil en el bolso, a medias, dejando asomar un cable.

—Tenía que haber recogido a los niños ya.

El pasillo estaba casi a oscuras, las luces se encendían por sensores a medida que ella avanzaba.

El eco de sus tacones resonaba, entre las paredes grises.

Bajó las escaleras en lugar de esperar al ascensor, saltándose los dos últimos peldaños de cada tramo.

En el tercero se le resbaló la mano de la barandilla y estuvo a punto de perder el equilibrio.

Cuando alcanzó el garaje, el aire tenía ese olor espeso a gasolina y hormigón húmedo. La mayoría de las plazas estaban vacías. El coche de Patricia, un utilitario azul con un golpe antiguo en el frontal parecía encogido entre dos vehículos oficiales más grandes.

Abrió el coche con un pitido nervioso, tiró el bolso al asiento del copiloto y rebuscó las llaves de contacto como si alguien pudiera adelantarse y llevárselo.

El motor tardó un par de intentos en arrancar; al final cobró vida con un ronroneo ronco.

Marcó el número de Lucía antes de salir de la plaza.

—Por fin —saltó la voz de su vecina, sin saludo—. Pensaba bajar a buscarte yo a comisaría.

Patricia tragó saliva.

—Lo siento, Lu. Se me ha ido.

—Ya —cortó Lucía —. Los niños llevan desde las siete preguntando que dónde estás. Les he dado de cenar. Ahora están viendo dibujos, pero Mateo se ha quedado frito en el sofá.

Patricia maniobró para salir a la rampa. La rueda rozó el bordillo y soltó un chirrido seco.

—Llego en diez minutos —dijo—. De verdad, gracias.

—Llega viva —replicó la otra—. Lo demás me da igual.

Se incorporó al tráfico con un giro brusco.

Pasó un semáforo en ámbar largo. En el retrovisor, unas luces le hicieron un amago de ráfaga.

Ella ignoró el gesto y apretó un poco más el acelerador.

La aguja pasó con facilidad de los cincuenta.

En una recta más despejada, el móvil vibró otra vez dentro del bolso.

No lo abrió. Solo notó el zumbido insistente contra la tela, como un recordatorio físico de todo lo que no estaba atendiendo.

Giró hacia una avenida más estrecha con línea de aparcamiento a ambos lados.

Le costó distinguirlo. Un ciclista un poco más adelante, chaleco reflectante, mochila a la espalda, luz trasera roja parpadeando.

Ocupaba parte del carril derecho y se pegaba cuanto podía a los coches aparcados, esquivando retrovisores.

Patricia redujo, apenas un poco. Calculó pasarle dejando un margen razonable. Otra vibración del móvil, esta vez más larga, la obligó a apartar la mirada una fracción de segundo. Su mano derecha buscó el bolso, tanteó la cremallera .

Cuando volvió a fijar los ojos en la carretera, el ciclista ya no estaba donde lo había colocado en su cabeza.

El hombre esquivaba justo en ese momento un socavón en el asfalto y se desplazaba medio metro hacia el centro del carril.

La bici parecía flotar un segundo en la zona exacta por la que el coche iba a pasar.

El tiempo se encogió.

Patricia clavó el pie en el freno. El cinturón la sujetó de golpe; el cuerpo se le fue hacia delante con la inercia. Las ruedas patinaron un instante sobre una mancha de agua vieja, chillando, y luego agarraron. El coche se detuvo tan en seco que la cabeza le dio un latigazo.

El ciclista pasó por el lado del capó, tan cerca que la luz roja de la bici tiñó un segundo la chapa.

El hombre golpeó con la mano abierta el lateral del coche.

Su cara apareció en la ventanilla, deformada por la rabia y el cristal.

La voz le llegó como algo lejano, ahogado, palabras sueltas, insultos que se perdían bajo el zumbido del motor.

Patricia no abrió la ventanilla. Tampoco respondió.

Sus manos se habían quedado pegadas al volante, los dedos tan tensos que los nudillos se le pusieron blancos. Notaba el plástico duro contra la palma sudada, el latido desbocado en las muñecas.

Detrás de ella, un claxon sonó con estridencia. Otro se sumó al primero, más impaciente. Alguien bajó una ventanilla y gritó algo que podría haber sido “¡avanza!” o cualquier otra cosa.

Cerró los ojos e inspiró hondo por la nariz, hasta que el aire le dolió en el pecho. No soltó el volante. No miró a nadie. Se quedó allí, con los ojos cerrados y el corazón golpeando, mientras el pitido insistente de los coches le taladraba las sienes.

No podía seguir así.