El pacto de los lobos (Lobo y Delgado 4) 15
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A las dos en punto de la tarde, la luz llegaba en diagonal sobre los Montes de Toledo.

A finales de octubre, el sol caía más bajo y lo perfilaba todo.

Dejaba al descubierto cada grieta del terreno, el amarillo gastado de los pastos y las manchas oscuras de las encinas dispersas por las lomas.

Desde lo alto de la pista, el valle se abría en un arco amplio.

Una carretera estrecha se retorcía en el fondo como una cicatriz clara entre el verde mate de las jaras y el ocre del pastizal.

Más allá, la línea quebrada de las sierras hacía de muralla irregular, con crestas redondeadas y barrancos que se perdían hacia el norte.

Detrás de aquella barrera de monte empezaba el Parque Nacional de Cabañeros.

El todoterreno avanzaba despacio, tragándose baches con un bamboleo contenido.

No era uno de los coches oficiales del ministerio.

La chapa, de un verde oscuro sin distintivos, estaba marcada por años de polvo y ramas.

El motor, sin embargo, ronroneaba con la discreta seguridad de los vehículos caros.

—En un par de curvas más verá usted la finca —dijo el hombre del volante, sin apartar la vista del camino—. Desde arriba parece poca cosa, pero ya verá cuando bajemos al valle. Esto es un paraíso.

Tenía la voz áspera, de fumador. El ministro lo observó un segundo en el espejo retrovisor.

Era de los que resultaban difíciles de poner edad.

Piel curtida, pelo negro salpicado de canas, manos grandes, nudillos marcados por cicatrices antiguas.

Llevaba un chaleco de caza verde con bolsillos abultados y una gorra con el escudo bordado de una marca de rifles que el ministro solo conocía por catálogos .

—Emilio se lo sabe todo de estos montes —intervino el hombre que iba en el asiento del copiloto, girándose apenas—. Si aquí hay algún animal de buena cuerna, puede apostar a que él lo ha visto antes que nadie.

El empresario Héctor Argüelles sonrió como quien presenta una obra maestra. La camisa clara le quedaba perfecta bajo el chaleco de punto; la hebilla del cinturón brillaba más de la cuenta para lo que se veía por aquellos pagos.

El ministro se acomodó en el asiento trasero. Notaba el sudor pegado al cuello de la camisa. Abrió un poco el botón del cuello. El aire que entraba por la ventanilla era seco, con un ligero sabor a polvo y a hierba.

—Mientras encuentre lo que tiene que encontrar, me da igual cómo se llame el guía —dijo.

Emilio fingió no oír el comentario. Cambió a una marcha más corta y el motor gruñó un poco antes de volver al ronroneo constante.

A la derecha, a unos doscientos metros, un grupo de encinas solitarias proyectaba círculos de sombra compacta sobre un prado rubio.

Bajo una de ellas, varias siluetas oscuras se recortaban contra la luz.

Ciervas agachadas. Un macho joven que alzó la cabeza un instante, las orejas tensas, antes de perderse detrás del tronco ancho.

Las pieles de los animales eran del mismo color que la corteza de los árboles en medio de los cuales estaban.

—La berrea ya va de bajada —comentó el guarda—. Pero todavía queda algún macho con ganas de hacerse notar. Con suerte, esta tarde escucharemos alguno cantar en la solana.

El ministro miró por la ventanilla con expresión neutra.

Había visto documentales, había repetido frases sobre “ecosistemas privilegiados” y “joyas naturales de nuestro país” en más de un acto público.

Pero aquella estampa, el árbol enorme, las siluetas de los ciervos a su sombra, el horizonte azul desgastado, le resultó extrañamente ajena.

—Mientras no me suelten un discurso de ecología —murmuró—, por mí que cante quien quiera.

Héctor soltó una carcajada breve.

—Hoy no hemos venido a hablar de informes de impacto ambiental, ministro.

—Se giró un poco en el asiento para que su sonrisa lo alcanzara mejor—.

Hoy hemos venido a relajarnos. A disfrutar del monte.

Y ya que estamos, a celebrar que, con lo de Ciudad Horizonte, ha dejado usted medio país patas arriba.

El ministro arqueó una ceja. El recuerdo del escenario de IFEMA aún flotaba en su cabeza. Las pantallas gigantes, las banderas, los flashes. Tres mil millones anunciados con voz firme y mirada templada. Aplausos. Entrevistas.

—Y aquí se agradece —prosiguió el empresario—. Esta zona lleva años esperando algo así. Un proyecto serio, estable, con gente que sepa lo que hace. No esos pelotazos de medio pelo que prometen el oro y el moro y luego desaparecen.

El guarda levantó un instante la mano del volante para señalar hacia el frente.

—Ahí vamos a entrar luego —dijo—. La mancha buena está detrás de esa loma.

Lo que señalaba no era nada espectacular, una sucesión de colinas suaves, cubiertas de matorral bajo y encinas dispersas, con alguna lengua de prado amarilleando en el fondo del valle.

A esa hora de la tarde, el calor se había quedado pegado al suelo, formando una especie de reverberación tenue sobre la hierba seca .

Más tarde, el todoterreno se detuvo al borde de un cortafuegos estrecho que se perdía hacia la vaguada. El sol había bajado apenas un palmo, pero la luz empezaba a inclinarse, alargando las sombras de las encinas como dedos oscuros sobre el pastizal.

—Hasta aquí con el coche —sentenció Emilio, metiendo primera para que el vehículo trepara el último escalón de tierra y quedara encarado hacia la salida—. A partir de ahora, en silencio.

El motor se apagó con un suspiro grave. De golpe, el monte se les echó encima. Ya no había cristales ni chapa entre ellos y el paisaje. Solo el olor a resina caliente, a polvo y a algo más tenue, casi dulce, la fragancia del tomillo pisado.

—¿Tan lejos está el bicho? —protestó el ministro, bajando con cuidado, más preocupado por no mancharse el pantalón que por otra cosa.

Emilio cerró la puerta despacio, sin dejar que el golpe resonara.

—No es cuestión de lejos, es cuestión de viento —replicó, señalando con la barbilla—. Ahora mismo lo tenemos de cara. Si vamos despacio, no nos olerán hasta que estemos encima.

Llevaba el rifle colgado del hombro y un trípode plegado en la otra mano. Héctor cargaba con la otra arma.

—Déjale a Emilio hacer su trabajo —dijo el constructor, acomodándose el chaleco—. Hoy le toca a usted lucirse.

El ministro no respondió. Ajustó la gorra que le habían prestado, se subió el cuello de la camisa y siguió al guarda montaña abajo.

Los primeros metros fueron fáciles, por un sendero apenas insinuado entre las jaras.

El suelo crujía bajo las suelas, un murmullo de hojas secas y pequeñas piedras.

Emilio marcaba el ritmo, ligero pero seguro, esquivando las ramas bajas de las encinas, eligiendo siempre el parche de tierra más compacta, el trozo de sombra más denso .

—Pise donde yo pise —susurró, sin girarse—. Nada de ramas, nada de piedras sueltas. Y, por lo que más quiera, no hable.

Doblaron una encina gruesa, cruzaron una pequeña vaguada donde la tierra estaba más fresca, casi húmeda, y comenzaron a subir la loma suave del otro lado. Emilio levantó una mano. El gesto fue tan mínimo que, por un momento, el ministro pensó que se estaba rascando. Luego lo entendió. Alto.

El guarda se agachó hasta quedar en cuclillas y señaló hacia el fondo del claro.

—Ahí lo tiene —murmuró, apenas un hilo de voz—. A la izquierda del alcornoque grande. ¿Lo ve?

El ministro entrecerró los ojos. Al principio, solo distinguió manchas de color. El verde oscuro de las copas, el ocre del suelo, la sombra amplia de un árbol que se erguía solo en mitad del prado. Bajo esa sombra, algo se movió. Un parpadeo de tonos marrones y rojizos.

Entonces lo vio.

El venado estaba de lado, a unos ciento cincuenta metros, quizá algo menos.

La cuerna se recortaba contra el fondo de la ladera como una corona irregular.

No era un animal joven. Se notaba en el grosor del cuello, en la calma con la que agachaba la cabeza para hozar el suelo amarillento en busca de los últimos brotes tiernos.

A su alrededor, un pequeño grupo de ciervas descansaba en círculo, algunas tumbadas, otras en pie, alerta pero no alarmadas. Una de ellas levantó el hocico, olfateó el aire y volvió a bajarlo. El viento, de momento, jugaba a su favor.

—Es bueno —susurró Héctor, agachado a su lado.

El ministro notó un cosquilleo extraño en el estómago. Era esa misma mezcla de tensión y euforia que sentía instantes antes de salir a un estrado, cuando el técnico le ajustaba el micro y el murmullo del auditorio se condensaba al otro lado de la cortina .

Emilio desplegó el trípode con movimientos rápidos. Clavó las tres patas en el suelo, comprobó la estabilidad con una presión firme de la mano y luego se volvió hacia él.

—Colóquese aquí —indicó—. Apoye el rifle en la horquilla. No tenga prisa.

Le tendió el arma con delicadeza. El ministro la cogió con más torpeza de la que hubiera querido admitir. Pesaba más de lo esperaba.

—Seguro puesto —susurró el guarda—. No se preocupe. Hasta que yo se lo diga, no puede disparar.

El ministro apoyó la culata en el hombro, acomodó la mejilla contra la madera y cerró el ojo izquierdo.

El derecho se pegó al visor. El mundo se redujo de golpe a un círculo estrecho de claridad.

Todo lo que quedaba fuera del cristal desapareció.

Las encinas, Héctor, el propio Emilio. Solo quedaban el venado, la sombra del árbol y la cruz del retículo flotando en el aire.

Inspiró. El animal seguía de lado, ofreciéndole el costado perfecto.

—Respire hondo dos veces y suelte el aire —indicó Emilio, pegado a su oído—.

Cuando vuelva a tomar aire, dispare a mitad de recorrido.

No espere al fondo, que se le va a mover el punto.

Apunte aquí —el dedo del guarda rozó el cañón, como si pudiera desplazar la mirilla con la intención—.

Detrás de la paleta. No le está haciendo un favor a nadie si le deja malherido.

—Antes de que dispare, ministro —susurró Héctor desde detrás—. ¿Quiere que le confirme algo?

El ministro no se movió, pero habló sin apartar el ojo del visor.

—Diga.

—Lo de Ortigosa. Fue un accidente. Oficialmente y extraoficialmente. No hay nada que nos vaya a salpicar.

—Es curioso, lo saludé esa noche en la gala y estaba sobrio .

Silencio. Sólo el zumbido lejano de una mosca. El dedo del ministro seguía sobre el gatillo, inmóvil.

—¿Y Terra Nova?

—Siguen a bordo. Más firmes que nunca. Horizonte Nuevo es su prioridad. Y la nuestra.

El ministro tragó saliva. El peso del rifle contra el hombro le resultaba ahora casi agradable, anclándolo al sitio. Notó el latido en la sien, un tamborileo sordo que sincronizó con el pequeño vaivén de la cruz sobre el costado del animal.

Inspiró una vez. Dos. Su respiración llenaba la cavidad del pecho, subiendo y bajando la mirilla en un arco mínimo.

—Ahora —susurró Emilio—. Cuando vuelva a entrar el aire.

El ministro pensó, fugazmente, en las veces que había tenido que apretar botones invisibles.

Esto era diferente. Su índice se cerró sobre el gatillo.

Notó la resistencia inicial, el pequeño tope antes del punto de ruptura.

Una gota de sudor le resbaló por la sien.

El venado alzó la cabeza, como si hubiera oído algo.

El ministro apretó un poco más hasta que el disparo estalló en el monte con un trueno seco.