El pacto de los lobos (Lobo y Delgado 4) 14
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“Señora, alguien acaba de entrar en nuestros sistemas haciéndose pasar por usted.” Las palabras retumbaron en su mente como un trueno entre montañas.

Sin embargo, Isabel Medina no pestañeó. Sintió el latigazo en el estómago, pero lo sujetó en el acto, como llevaba años haciendo con todo lo que dolía o asustaba.

Apoyó con cuidado la pluma junto a la carpeta de Terra Nova y entrelazó las manos sobre la mesa

—Explíquese —dijo al fin—. Y hágalo con precisión.

El informático tragó saliva y miró un segundo la pantalla de su portátil antes de hablar.

—Hace veinte minutos se ha iniciado una sesión con su usuario corporativo desde una IP que no está asociada a ninguno de sus dispositivos habituales —empezó—.

No coincide con su despacho, ni con su casa, ni con ninguna sala de reuniones.

El patrón de acceso tampoco es el suyo. Han ido directo a los repositorios de datos financieros y a las bases de datos.

Se interrumpió un momento para respirar. Isabel lo dejó hacer.

—He lanzado las alertas internas en cuanto he visto el pico de actividad —continuó—. Hemos bloqueado la sesión, pero… durante unos minutos han tenido acceso completo. No parece un error de sistema ni un fallo de sincronización. Alguien que sabe lo que hace ha usado sus credenciales.

Isabel mantuvo la mirada fija en él, pero la mente ya corría por otra parte. ¿Volkov probando la solidez de la casa que compartían? ¿Alguien del Consejo jugando sucio? ¿O era los investigadores, esos dos ex guardias civiles a los que había subestimado ?

—Bien —dijo, despacio—. Vamos a ordenar esto. Primero, ¿quién sabe lo que me acaba de contar? Y quiero nombres.

Él miró la lista en la pantalla.

—Por ahora, solo yo. El sistema ha enviado una alerta automática al buzón genérico de Security Incident , pero he redirigido el aviso antes de que nadie más lo viera. No he informado a Sistemas, ni a Legal, ni a nadie del Consejo. He venido directamente aquí.

Isabel asintió una sola vez.

—Ha hecho bien. A partir de este momento, este incidente no existe para Terra Nova salvo que yo diga lo contrario. —Su voz era un cuchillo—. No se envía ningún correo, no se abre ningún ticket, no se registra nada en ninguna herramienta que pueda auditar un tercero. ¿Ha quedado claro?

El informático dudó.

—Con todos los respetos, señora Medina, si no registramos nada, cuando venga una auditoría o nos pidan…

Ella lo cortó con un gesto de la mano, seco.

—Cuando venga una auditoría, verá exactamente lo que Terra Nova decida que tiene que ver.

Lo que estamos gestionando ahora no es un problema técnico, es un riesgo estratégico.

Y se gestiona arriba, no en un log de incidencias.

Tome nota de esto, a efectos oficiales, ha habido un intento de acceso genérico desde fuera, sin credenciales válidas, bloqueado a tiempo.

Ése será el relato. Lo demás se queda entre usted y yo.

Lo vio vacilar.

—Quiero que prepare un informe paralelo, completo, con hora, rutas y ficheros consultados, todo —continuó ella—. Lo va a guardar en un soporte externo, cifrado, y me lo va a entregar en mano. Ninguna copia en la red, ningún backup automático. ¿Puede hacerlo?

Él asintió, casi con alivio de tener instrucciones concretas.

—Sí, claro. Lo puedo tener en un par de horas .

Isabel inclinó la cabeza.

—No. En una. Y otra cosa. Quiero saber qué han, exactamente —remarcó cada letra—, consultado. Asegúrese de que me habla en cristiano, para que lo pueda entender.

—Por lo que he visto en el rastro rápido, han accedido a la base de datos de proyectos internacionales y a los datos financieros.

Isabel sintió que se le tensaban los músculos de las piernas bajo la mesa.

—Perfecto —dijo, con un tono que no tenía nada de perfecto—.

Va a centrarse en eso. Congelen esos accesos a nivel interno.

Quiero que trace la ruta desde el primer paquete de datos hasta el último, y que me diga si hemos tenido una intrusión o si alguien de dentro ha decidido jugar con fuego usando mi nombre.

El informático tragó de nuevo, y esta vez Isabel notó cómo se le marcaba la nuez en la garganta.

—¿Hay algo más que aún no me ha contado?

Él dudó. Desvió la vista hacia la ventana, volvió al portátil, respiró hondo.

—Sí, hay algo más —admitió al fin—. Estaba pensando si comentarlo ahora o cuando tuviera el informe completo, pero creo que… mejor que lo sepa ya.

Se acercó un poco más a la mesa y bajó el tono de voz.

—Además de los repositorios financieros y la base de datos de proyectos, el acceso se ha dirigido a una ruta muy concreta. Una que no tiene ningún sentido que toque nadie que no sea usted.

Isabel notó un zumbido sordo en los oídos.

—Sea específico —ordenó—. Las vaguedades no me sirven.

El hombre miró la pantalla como si esperara encontrar una versión menos peligrosa de los hechos. No la había .

—Han entrado en su partición personal en la red, señora —soltó por fin—. En su home de usuario. La que está aislada del resto, con doble factor y cifrado adicional.

Por primera vez, el gesto de Isabel se desplazó medio milímetro fuera de sitio. Se le tensó la mandíbula, la comisura del labio tembló un instante antes de recuperar su posición.

—Repita eso —dijo, muy despacio—. Y esta vez imagine que su empleo depende de cada palabra que elija.

El informático tragó saliva. Sus dedos se aferraban al borde del portátil como si temiera que se le escapara.

—El… el usuario “imedina” ha accedido a su partición privada —recalcó—.

No hablo de sus carpetas de trabajo compartidas, sino de su espacio personal en el servidor.

El que está aislado, con cifrado reforzado.

Primero han listado todo el contenido y luego han abierto varios ficheros.

Aún no he visto cuáles. No he querido seguir sin avisarla.

Un cosquilleo helado le recorrió la nuca. No se movió, pero clavó las uñas en la palma de una mano, escondida bajo el escritorio. Tenía la sensación absurda de que el aire del despacho se había vuelto más denso.

Por primera vez en mucho tiempo, Isabel notó que el corazón se le desacompasaba. Una pulsación le golpeó la sien; el café frío a su derecha le devolvió el olor amargo del poso.

Su partición personal.

Ahí estaba lo que no figuraba en ningún lado.

Las notas sobre Volkov, los resúmenes en clave de las llamadas con Moscú, el borrador de estrategia para blindar a Terra Nova si alguna vez el dinero ruso se volvía tóxico, la matriz de nombres que unía al grupo con la alta clase política.

Y una carpeta, solo una, con un título anodino que ni siquiera el responsable de sistemas habría entendido pero que bastaba por sí sola para hundirla a ella y a la empresa .

—Entiendo —dijo, aunque lo que sentía se parecía más a un puñetazo.

El técnico interpretó aquella calma como permiso para seguir.

—Haré todo lo posible por rastrear el origen —añadió—. Pero tengo que ser honesto, si quien ha entrado sabía lo que hacía, puede que ya haya sacado información fuera. En ese caso, aunque borremos el rastro interno, el daño…

No terminó la frase. No hacía falta. Isabel alargó la mano hacia la taza de café, más por tener algo que hacer que por otra cosa. Cuando la levantó, advirtió con un ligero sobresalto que el borde temblaba contra el plato. Apoyó de nuevo la taza con cuidado, como si estuviera manejando cristal fino.

—Tiene una hora para traerme un informe detallado de los accesos. No informará a nadie más. Únicamente a mí, ¿le queda claro?

—Clarísimo —asintió él, casi atropellado—. Estoy… estoy en ello ya mismo.

Salió casi de espaldas, con el portátil apretado contra el pecho, y cerró la puerta con cuidado.

Cuando el clic del cierre se apagó, el despacho quedó en un silencio espeso.

Isabel abrió el cajón, sacó un pañuelo de papel y lo dobló en dos solo para tener algo entre los dedos.

Notó que le sudaban las manos, un brillo pegajoso en las palmas.

Una carrera entera, un grupo entero, pensó, con la respiración agitada.

Notó cómo la adrenalina se le mezclaba con algo que no se permitía sentir desde hacía años.

Miedo. Apretó el pañuelo hasta convertirlo en una bola arrugada y se obligó a respirar hondo.

Si no encontraba al intruso antes de veinticuatro horas, quizá el siguiente nombre en los titulares no sería el de Ortigosa, sino el suyo .

Aquellos documentos bastaban para hacer caer a Volkov, al ministro y a Terra Nova en una sola noche. Tal vez había llegado la hora de precipitarlo todo .