El pacto de los lobos (Lobo y Delgado 4) 13
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Félix Lobo abrió la puerta del apartamento con cierta desconfianza. Ante él se presentaba un tipo minúsculo, una especie de modelo a escala de una persona de mayor envergadura. Tenía el cabello castaño claro y una cara muy pálida, pecosa, de rasgos afilados, como uno de los elfos de Tolkien.

—Marcos MacLoughlin—le dijo, y entró con la mano extendida—. Si lo sé, un poco difícil mi apellido. Mi familia es de la zona, pero tengo un abuelo irlandés. No saben la de problemas que conlleva cada vez que necesito que alguien lo escriba.

El impermeable azul de plástico que llevaba emitía crujidos. El apretón de manos fue sorprendentemente firme para un cuerpo tan pequeño. Lobo correspondió lo justo y se apartó para dejarle paso.

—Ya me han dicho abajo que estaban ustedes, no quería dejar pasar la oportunidad —comentó el recién llegado, mirando el despacho con curiosidad rápida, casi profesional—. Soy periodista. La Voz de Toledo.

Nora levantó la vista del portátil, se quitó las gafas y las dejó sobre la mesa.

Observó al recién llegado de arriba abajo, sin prisa.

Marcos dejó el impermeable en el respaldo de una silla, sin esperar invitación, y se sentó.

Sacó una pequeña libreta negra del bolsillo interior y un bolígrafo con publicidad del periódico.

—Juan Ortigosa me ha hablado de ustedes —empezó, cruzando una pierna sobre la otra—.

Bueno, de usted, señor Lobo. De la señorita Delgado menos, pero eso es algo que voy a tener que reprocharle.

Vengo a ser honesto —continuó—. Lo cual, viniendo de un periodista, sé que suena a chiste fácil, pero les aseguro que no lo es .

Lobo se apoyó con calma en el respaldo de su silla, el bastón cruzado sobre las rodillas.

—Sorpréndanos.

—Juan me ha dicho que han aceptado el caso de su padre, que están revisando todo lo relacionado con la muerte de Ignacio Ortigosa y que, si alguien puede remover lo que la policía ha decidido dejar quieto, son ustedes —explicó Marcos, sin apartar la mirada de Félix—.

Yo soy amigo suyo desde hace años, y además tengo una pequeña obsesión profesional con la familia.

He cubierto casi todas las noticias de los Ortigosa desde que empecé.

Eventos familiares, juntas de accionistas, inauguraciones, proyectos, y ahora, claro, la muerte del patriarca.

Me imagino que se estarán haciendo una idea —añadió—.

Esto no es el accidente que nos vendieron.

Aquí hay algo más, y si ustedes están aquí es porque piensan lo mismo.

—Se equivoca —intervino Lobo, con calma—. Nosotros estamos aquí porque alguien nos ha contratado para saber qué pasó, no para pensar lo mismo que nadie.

Marcos inclinó la cabeza, aceptando el golpe.

—Precisamente por eso he venido. Porque tenemos intereses complementarios, aunque no lo parezca. Ustedes quieren la verdad. Yo también. Con matices —admitió—. Y aquí es donde entra la propuesta.

Nora entrelazó las manos sobre la mesa.

—A ver, cuéntanos los matices, que seguro que son la parte jugosa.

Él jugueteó con el bolígrafo un segundo. Había en ese gesto algo impostado, como si supiera que estaba “haciendo de periodista” y quisiera que se notara lo justo.

—Es muy sencillo —dijo—. Ustedes están trabajando para la familia.

Tienen acceso a información que no va a salir en una nota de prensa ni en un auto judicial durante una buena temporada.

Yo, por mi parte, tengo acceso a otras cosas.

Testigos que se fían más de un periodista local que de la policía, empleados cabreados que no quieren figurar en un atestado pero sí dejar caer cosas en una cafetería, documentos que llegan primero a una redacción antes que a un juzgado.

Meneó la cabeza, como si recitara una lección ya probada.

—Mi propuesta es clara, colaboración. Ustedes me dejan entrever por dónde va la investigación, qué líneas descartan, dónde encuentran contradicciones.

Yo, a cambio, comparto con ustedes lo que huela a útil antes de sacarlo en el periódico.

Podemos ahorrarnos pasos, evitarnos pisarnos y, si lo hacemos bien, quizás hasta ayudar a que la versión oficial no sea una chapuza.

—Y de paso te llevas la exclusiva —resumió Nora—. El héroe que destapó la verdad sobre la muerte de Ortigosa. Foto a color, columna laudatoria y aumento de sueldo.

Marcos sonrió, esta vez sin disimulo.

—No le voy a decir que no me gustaría —reconoció—. Pero la exclusiva, si la hay, la va a tener alguien. Y créanme, preferiría que fuera yo, que conozco a la familia, a que fuera algún compañero de Madrid que venga aquí una semana, revuelva la mierda y se marche dejando a todo el mundo retratado.

Marcos se inclinó hacia delante, apoyando los antebrazos en las rodillas.

—No soy tan ingenuo como para pedirles que me lo cuenten todo desde el minuto uno —respondió—.

Ni tan suicida como para publicar una filtración que sabría hasta el último detalle que viene de ustedes.

Lo que les propongo es una especie de… sincronización.

Si confirman que todo fue un accidente, seré el primero en escribirlo con todas las letras, aunque no venda tantos ejemplares.

Si descubren que alguien provocó esa muerte, yo necesitaré poder prepararme.

Ha blar con las partes afectadas, comprobar lo que se pueda comprobar.

Y ustedes necesitarán, les guste o no, que la opinión pública no se les vaya en contra cuando empiecen a salir nombres.

—Eso suena muy bonito —replicó Nora—, pero seguimos sin ver qué ganamos nosotros, aparte de tenerte paseando por aquí más de la cuenta.

—Ganan contexto —saltó Marcos, sin pensarlo—.

Yo me sé de memoria quién se odia con quién en esta ciudad.

Quién estuvo a punto de irse al hoyo cuando Terra Nova pegó el pelotazo.

Qué concejal apareció de repente con piso nuevo justo después de una recalificación.

Los papeles cuentan una parte. Las miserias que la gente suelta al oído, otra.

Y esa parte, créanme, se la cuentan antes a alguien como yo que a alguien con placa.

Lobo permaneció callado, observándolo. El tipo no le caía bien, había algo en su forma de colocarse la chaqueta, de mirar el despacho como si estuviera calculando qué frase quedaría mejor descrita, que le despertaba un rechazo instintivo. Pero tampoco podía negar que lo que decía tenía lógica.

—Habla como si este fuera su caso —comentó al fin—, no el nuestro.

—Es el caso de todos —replicó Marcos, encogiéndose ligeramente de hombros—.

Cuando un tipo como Ignacio Ortigosa aparece muerto, no afecta solo a su familia.

Se mueven muchos intereses. Y la historia que se cuente al final va a condicionar quién duerme tranquilo y quién no.

Ustedes decidirán si prefieren que esa historia la escriba alguien que los escucha o alguien que se limita a rellenar hueco con rumores.

Nora se inclinó hacia Lobo, sin apartar la vista del periodista.

—No me gusta —dijo, sin bajar la voz—. Pero tampoco me gusta ir a ciegas por un lugar en el que todo el mundo se conoce menos nosotros .

Marcos aprovechó ese pequeño gesto.

—Miren, no les pido que me tengan en copia de sus informes —añadió—. Solo que, si necesitan comprobar algo, si quieren saber qué se está diciendo en la calle, me llamen. Y, a cambio, cuando yo tenga algo que pueda afectar a su trabajo, se enterarán antes de que lo vea el jefe de redacción.

El silencio que siguió fue denso. Desde la calle llegaba amortiguado el sonido de un camión de reparto.

Lobo apoyó las manos sobre el bastón y se incorporó ligeramente.

—Muy bien, señor … —fue incapaz de repetir el apellido de aquel hombrecillo que dibujó una sonrisa sincera en su rostro.

—MacLoughlin, se pronuncia mac-lój-lin.

Félix se limitó a asentir con la cabeza pero no se atrevió a pronunciarlo.

—Tomamos nota de su oferta. De momento, la colaboración será paso a paso. Si en algún momento consideramos que lo que sabe puede ayudarnos, le llamaremos. Y si detecto que lo que publican entorpece nuestro trabajo o perjudica a Juan, la conversación se acabará ahí.

Marcos asintió despacio, como quien acepta unas condiciones de contrato que pensaba negociar más adelante.

—Es más de lo que me esperaba, para ser la primera visita —concedió.

Sacó una tarjeta del bolsillo, la dejó sobre la mesa con dos dedos.

—Aquí tienen mi número directo.

Se levantó y antes de que Lobo pudiera acompañarlo a la puerta, añadió, ya con la mano en el pomo.

—Ah, casi se me olvida una cosa.

Nora entornó los ojos .

—Siempre se os olvida lo importante al final, ¿eh, MacLuglán? —murmuró.

Marcos giró apenas la cabeza, lo justo para seguir viéndolos a los dos.

—Estuve hablando con una compañera de Madrid —dijo—. De El Diario Global . Estuvo cubriendo el evento ese al que fue Ignacio, la última vez que lo vieron con vida.

Lobo frunció el ceño, ladeando un poco la cabeza.

—Lo interesante —continuó— es que, según ella, la última persona a la que vio saludar, antes de desaparecer de escena, no era precisamente un alcalde de pueblo.

Nora se incorporó un poco en la silla.

—¿Quién?

Marcos sonrió sin alegría.

—Con un ministro.

Los ojos negros de Nora se estrecharon.

—¿Qué ministro?

El periodista dejó caer entonces el nombre, como quien suelta una piedra en un pozo muy hondo.

—Rafael Monasterio. El de Transportes y Vivienda.