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Blanqueo de capitales a gran escala. Origen presuntamente vinculado a organizaciones criminales rusas .
Había algo casi cómico, si no fuera tan serio, en que todo aquel rompecabezas internacional acabara aterrizando en su bandeja de entrada en las oficinas de la UDEF de Guzmán el Bueno.
Sus padres habrían preferido verla detrás de un despacho de cristal en una consultora, hablando de compliance y governance con clientes que olían a colonia cara.
No en un despacho compartido donde la decoración la ponían los pósits y las ojeras.
Recordó con una claridad casi ofensiva la conversación en la cocina, año y medio atrás.
Él apoyado en la encimera, todavía con la tarjeta del control de acceso de la empresa colgando del cuello.
Ella, con una cuchara de madera en la mano, removiendo una salsa.
Los niños ya dormidos. La lavadora zumbando de fondo.
Una escena tan normal que costaba creer que en los siguientes diez minutos se le iba a desmontar la vida.
—Me han ofrecido el traslado a São Paulo —dijo él, sin preámbulos. Ni un “siéntate”, ni un “tenemos que hablar”—. Es un salto enorme. No puedo decir que no.
Patricia paró de remover .
—Vaya —consiguió decir—. Pues es grande, sí.
Esperó. El “nos vamos”. El “he pensado en opciones”. El mínimo gesto de incluirla en la ecuación. Nada. El silencio se alargó hasta volverse una tercera persona más en la cocina.
—¿Y nosotros? —preguntó al fin, despacio, como si el pronombre pesara.
Él se removió, incómodo, apoyando mejor la espalda en la encimera.
—Pat, no empecemos.
—No estoy empezando nada —lo cortó—. Solo quiero saber dónde encajamos en tu salto enorme.
Miguel se pasó la mano por la nuca, evitando mirarla directamente.
—Es que… es complicado.
Patricia soltó una risa breve, incrédula.
—Qué sorpresa —ironizó—. Nunca es sencillo contigo, ¿te has dado cuenta?
Él apretó los labios.
—No vengas ahora con eso. Estoy intentando contártelo bien.
—No —negó ella—. Estás intentando que parezca inevitable. Que “no puedes decir que no”, que “es lo que hay”. Hazme el favor de no hablarme como si fuera uno de tus clientes.
Por un momento, él pareció enfadarse de verdad.
—¿Y cómo quieres que te lo diga? —alzando un poco la voz—. ¿Con confeti? ¿Con mariachis? Me lo han ofrecido hoy, llevo todo el día dándole vueltas y…
—No —lo interrumpió otra vez, sintiendo cómo algo se le afilaba por dentro—.
Llevas semanas raro. Meses. Llegando tarde, con el móvil siempre boca abajo, riéndote de chistes que no me cuentas.
Hoy no te lo han ofrecido. Hoy solo te has quedado sin excusas para decir lo que llevas preparando tiempo .
Él se quedó quieto, como si alguien hubiera apagado un interruptor. Tardó unos segundos en reaccionar.
—Patricia, no hay nadie —soltó, demasiado deprisa.
Ella alzó una ceja. Ni siquiera había dicho la palabra.
—Qué interesante que empieces por ahí.
—Porque te conozco —bufó él—. Ya te estoy viendo la cara. Piensas que hay otra, ¿no? Es lo primero que se te pasa por la cabeza.
—No —respondió ella, con una calma tensa—.
Lo primero que se me pasa por la cabeza es que llevo seis años levantándome a las seis para poder vestir, dar de desayunar y llevar a tus hijos al colegio mientras tú “te quedas un rato más” en la oficina.
Y ahora vienes y me dices que te vas a otro continente y que “no puedes decir que no”. Lo de si hay otra viene después.
Él apretó la tarjeta de acceso entre los dedos, hasta doblarla un poco.
—No es justo —murmuró—. Siempre lo llevas todo a ese terreno.
—¿A cuál? ¿Al de la realidad? —preguntó ella—. ¿Sabes lo que es injusto? Sentarme frente a ti y sentir que tengo más información sobre los delincuentes que sobre mi marido.
La palabra “marido” se quedó colgando entre los dos, pesada. Él cerró los ojos un instante. Cuando habló, lo hizo en un tono más bajo.
—No estoy enamorado de nadie —dijo—. Ni de una compañera ni de la chica de recursos humanos ni de la de limpieza del edificio, por si quieres que te haga un listado completo.
—Pero de mí tampoco —remató ella, sin pestañear.
Miguel abrió la boca para negar, pero lo que salió fue un suspiro.
—Es que ya no sé… —se llevó la mano al rostro, como si le pesara—. No sé quién soy aquí. En esta casa, con estos horarios, co n… —hizo un gesto vago hacia el pasillo, donde dormían los niños—. Me siento atrapado.
—Yo también —respondió Patricia, sin levantar la voz—. La diferencia es que a mí no me han ofrecido Sao Paulo.
Un pitido agudo la arrancó del recuerdo. No era el lavavajillas, sino la impresora segura del pasillo, anunciando que el trabajo del mundo real seguía allí. El fluorescente sobre su cabeza parpadeó un segundo y volvió a estabilizarse.
Lo primero era responder al correo de Interpol. Luego, seguiría el procedimiento habitual de requerimiento de información. Patricia abrió la plantilla de respuesta y se quedó ahí, con el cursor parpadeando hasta que por fin empezó a teclear.
Estimada Inspectrice Dumont:
Acuso recibo de su comunicación relativa al expediente R-4581.
Por parte de la UDEF Central (Madrid), asumiré la coordinación como punto de contacto para las gestiones solicitadas. En los próximos días procederemos a:
- Recopilar la información disponible en territorio español sobre el Grupo Terra Nova y sociedades vinculadas.
- Tramitar, en coordinación con la Fiscalía y la autoridad judicial competente, las solicitudes de información bancaria y fiscal que procedan.
- Remitirles un primer informe de situación y cronograma de trabajo.
Quedo a su disposición para cualquier aclaración adicional .
Atentamente,
Insp. Patricia Andújar
UDEF Central – Madrid*
Envió el correo y metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta y sacó un pequeño papel doblado en cuatro. Una ristra de números y ninguna letra. Lo miró unos segundos, como si todavía quedara la opción de romperlo. Luego cogió su móvil personal y empezó a marcar.