El pacto de los lobos (Lobo y Delgado 4) 11
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Isabel Medina había pedido a los hombres de Volkov averiguar todo lo que pudieran sobre la pareja de investigadores Félix Lobo y Nora Delgado y que no les perdieran el ojo. No soportaba moverse a ciegas. Los riesgos se calculaban con información, no con intuiciones.

Primero, él. En casi todas las fotos, Lobo aparecía igual. Muy alto y delgado hasta rozar la fragilidad, el rostro atravesado por una cicatriz, con una gabardina, impecable y ese bastón con cabeza de águila.

—Ex Guardia Civil… Grupo de Acción Rápida… atentado… —leyó en voz baja, pasando el dedo por las líneas subrayadas.

Pasó entonces a ella. La primera fotografía de Delgado la mostraba bajando de una furgoneta destartalada, el pelo oscuro desbordado en rizos y un perro a su lado. También leyó que era ex Guardia Civil, como su compañero.

«Demasiada carne para una investigadora», pensó con frialdad, como quien evalúa un producto y no a una persona.

Enderezó la espalda en la silla. El café, negro, se enfriaba a su derecha con el sobre de azúcar intacto, apoyado contra la taza.

Volvió a la foto de Delgado. La camiseta marcando un contorno blando, de quien no se cuida.

Apartó los papeles unos centímetros y, al hacerlo, dejó al descubierto la carpeta corporativa que había debajo, con el logotipo plateado del Grupo Terra Nova estampado en la portada.

Directora de Expansión . El cargo aún figuraba ahí, aunque quedaban pocas horas para cambiar el membrete.

Más arriba de ese puesto solo quedaba una silla, y la muerte de Ignacio Ortigosa acababa de dejarla vacante.

En la esquina de la mesa, la pantalla del ordenador se encendió sola, mostrando una sucesión de correos en distintos idiomas.

El asunto del primero, en inglés, hablaba de “closing the deal before the Board meets” .

El segundo, en ruso, incluía el apellido Volkov en cirílico en mitad de una frase anodina sobre inversiones inmobiliarias.

El tercero, adjuntaba un borrador de nota de prensa: “El Consejo propondrá a la señora Isabel Medina como nueva presidenta ejecutiva del Grupo Terra Nova…” El texto aún estaba marcado con comentarios y correcciones, pero el mensaje era claro.

No siempre había sido así de sencillo.

El reflejo en el cristal del despacho le devolvió, por un instante, la imagen de otra Isabel, la de la becaria que subía cuatro pisos por las escaleras porque el ascensor tardaba demasiado, con los zapatos baratos que le destrozaban los pies y los apuntes de macroeconomía bajo el brazo, traduciendo mentalmente cada correo en inglés antes de atreverse a contestar.

Recordó la primera vez que un director de área había bromeado sobre su acento al pronunciar merger , delante de toda la sala de reuniones.

Aquella noche llegó a casa pasada la medianoche y estuvo dos horas repitiendo fonemas frente al espejo, hasta limarlos uno a uno.

Isabel aprendió rápido que la humillación, bien procesada, podía ser el combustible más poderoso para mover a una persona. Nada en su trayectoria había sido heredado. Ni el máster, ni los idiomas, ni el primer billete de avión en business .

El ruso lo estudió en invierno, en un aula helada del instituto de idiomas, mientras sus compañeros de universidad pensaban en mejores formas de dedicar su tiempo libre.

Salía de la oficina cuando las luces del edificio se apagaban y entraba en clase cuando la profesora nativa, una mujer seca y antipática, le corregía cada caso declinado con una sonrisa de desdén.

Sobre la mesa, junto a la carpeta de Terra Nova, descansaba una pluma estilográfica de plata con una dedicatoria casi borrada: “A la colaboradora más prometedora. A. G.” A.

G. había sido el primer director general que la tomó en serio.

También fue el primer hombre al que se quitó de en medio.

No por venganza, sino por simple necesidad.

El recuerdo de aquella reunión del Consejo aún era nítido.

El informe que ella había preparado a sus espaldas, los números que no cuadraban, las operaciones que él había disfrazado.

Cuando todo terminó, el puesto que quedaba libre no era todavía para ella, pero subió un peldaño.

Siempre un peldaño. Siempre hacia arriba.

No había remordimiento en esa memoria. Solo la constatación de una regla, o avanzabas tú, o avanzaban otros por encima. En un mundo de hombres, ella debía ser las más dura si quería llegar a la cima.

Pensó en los nombres que habían quedado por el camino.

Compañeros de promoción con los que compartió cafés y confidencias en los primeros años, hoy consultores periféricos, jefes de departamento en empresas menores, alguno reconvertido a profesor.

Gente que, en algún momento, confundió el pasillo con destino, la pausa con meta.

Alzó de nuevo la foto de Lobo y luego la de Delgado. Un ex guardia civil cojo con pinta de espantapájaros pelirrojo y una mujer que no sabía cuidar su cuerpo. Gente de otro mundo. Habían llegado a su partida sin invitación, pero no por ello dejaban de ser piezas.

El golpe en la puerta fue seco, impaciente. Nadie llamaba así a su despacho. Frunció el ceño.

—Adelante .

El responsable de seguridad informática asomó la cabeza y luego entró del todo, sin la sonrisa profesional de siempre, con el portátil cogido contra el pecho como si fuera un escudo.

—Perdone que la interrumpa, señora Medina, pero no podía esperar —dijo, con la voz un punto más aguda de lo normal.

Isabel miró de reojo el reloj de pared. No tenía ninguna reunión programada con él.

—Tiene un minuto —respondió—. Dígame que no es algo que pueda resolver por correo.

El responsable de seguridad informática dudó un segundo antes de entrar del todo. Tenía la mandíbula tensa, un brillo de sudor en la frente y las ojeras marcadas, como si llevara horas frente a una pantalla. Sostenía el portátil abierto con los dedos agarrotados, los nudillos blancos.

Cerró la puerta tras de sí sin que ella se lo pidiera.

—Perdone la interrupción, señora Medina — repitió, esta vez más despacio, clavando por fin los ojos en los de ella—, pero esto… esto no puede esperar.

Isabel alzó una ceja, impaciente.

—Estoy escuchando.

Él dio dos pasos hacia la mesa. Tragó saliva, miró un instante el logotipo de Terra Nova en la carpeta antes de atreverse a sostenerle la mirada. Cuando habló, la voz le salió un tono más baja de lo normal.

—Señora, alguien ha entrado en nuestros sistemas haciéndose pasar por usted.