10
—¿Puedo preguntar qué demonios estás haciendo?
—Esa cosa... —bufó Félix, sin mirarla—. Ha estado posándose en todo. En la esponja del fregadero. En el filo del vaso. ¡Del vaso, Nora!
—¿Y crees que vas a matarla a revistazos? —preguntó ella, apoyada en el marco de la puerta, conteniendo la risa.
—No es una mosca normal —espetó, bajando de la silla con una mueca de asco—. Llevo un rato siguiéndola. Ha caminado por la cafetera. ¡Por la cafetera! Voy a tener que hervir todo. ¿Tú sabes cuántas bacterias transporta una sola mosca doméstica?
Nora avanzó con calma hasta el ventanal.
Alzó la mano, descorrió el pestillo de hierro forjado y empujó hacia fuera las hojas dobles, dejando que el aire limpio del mediodía entrara con un soplo frío.
El zumbido persistente dio un giro brusco en el aire, como un dron desorientado, y tras una última pirueta sobre la lámpara, la mosca escapó hacia la calle, absorbida por la claridad que llenaba la parte antigua de la ciudad.
—Listo —dijo, cerrando de nuevo la ventana con un golpe seco .
Félix la miró con una mezcla de alivio y desconfianza. Se bajó por fin de la silla. Dejó la revista encima del mármol como si fuera un arma descargada y se limpió las manos con una toallita que sacó del bolsillo del abrigo.
—Esto me pasa por confiarme —murmuró Félix, mientras frotaba con ímpetu los dedos—. Las casas con historia tienen demasiado pasado. Y demasiadas esquinas para que se esconda la porquería.
Nora no respondió. Se giró hacia la cafetera, aún encendida, y pulsó el botón para calentar más agua.
El vapor subió con un siseo breve. En ese instante, Félix la observó de soslayo.
El pelo aún húmedo, recogido de forma improvisada con aquella pinza barata, dejaba mechones sueltos que le enmarcaban el rostro con naturalidad.
Un escalofrío le bajó por la columna vertebral. Cerró los ojos con fuerza.
—He montado el cuartel general en el salón —dijo, sin mirarla directamente—. Vamos a repasar lo que tenemos.
Nora asintió con la taza en la mano y lo siguió por el pasillo.
La alfombra había sido retirada, y en su lugar dos pizarras blancas ocupaban la pared del fondo.
Una mostraba ya flechas, nombres, y marcas en rojo.
La otra, aún en blanco, esperaba su turno.
Sobre la mesa del comedor, que ahora parecía una estación forense, reposaban un portátil abierto, una lámpara con brazo extensible, carpetas apiladas, un microscopio digital portátil y un cuaderno de anillas con letra minúscula y precisa.
Félix se inclinó hacia la pizarra, el rotulador en la mano, y murmuró.
—Varias versiones, pero no tenemos hechos.
—¿Y tú cuándo has confiado en las versiones? —respondió Nora desde el otro lado del salón, con la taza de café entre las manos .
Félix permaneció un instante callado, con la mano en la cabeza del águila y la vista fija en un punto impreciso del techo, como si necesitara ordenar no solo las ideas, sino también la manera exacta de pronunciarlas.
Luego se levantó y se acercó a la ventana.
El cielo estaba grisáceo y el olor a polvo de la cortina de cretona le hizo retroceder.
—Tenemos, en el fondo, dos senderos —dijo al fin—.
Uno nos obliga a volver a la gala, a reconstruir la escena paso a paso desde aquella noche y entender con quién pudo verse y hablar Ignacio.
El otro, nos lleva a entender las finanzas del Grupo Terra Nova y los posibles intereses que alguien tuviera en deshacerse de su director ejecutivo.
Respecto al segundo Lykaina ya está en ello, así que tenemos que viajar a Madrid.
— Y el papel de Isabel Medina, ¿qué te pareció esa mujer?
— Una mujer ambiciosa y con las ideas claras.
— Supongo —dijo—. Agradable, desde luego, no resultaba.
Nora pensó que Lobo, en cualquier habitación en la que se encontrase, siempre terminaba por dirigirse a la ventana, en busca de una salida.
Ella se sentó junto a un radiador, juntando bien las piernas, con la taza humeante entre las manos.
Tenía frío. Y un extraño ardor en el estómago que le había quitado por completo el hambre.
El móvil empezó a vibrar sobre la mesa. Lobo descolgó. Era alguien cuya voz no reconoció.
—Soy amigo de Juan Ortigosa —la comunicación era defectuosa y tuvo que pedirle dos veces que repitiera lo que había dicho—. Estoy aquí mismo, a la vuelta de la esquina, me puedo acercar en un minuto.