22
El Paseo de la Vega de Toledo estaba medio vacío aquella mañana.
El cielo, bajo y gris, parecía apoyarse sobre las copas de los árboles como una losa húmeda.
La hierba, todavía cargada de rocío, tenía ese tono apagado de final de octubre, cuando el verde empieza a perder la batalla contra el frío.
Lobo avanzaba despacio, bastón en una mano, correa en la otra.
Luna tiraba un poco hacia delante, el hocico pegado al suelo, olisqueando todo un catálogo infinito de gérmenes.
A su izquierda, más allá de la verja y del tramo de césped, se levantaba la muralla.
La Puerta de Bisagra, con su escudo coronado y sus torres sólidas, parecía mirar hacia el paseo con aire de vigilante cansado.
Más atrás, recortado en la niebla sucia, se adivinaba el perfil del Alcázar, una sombra geométrica clavada en lo alto de la ciudad.
Por el extremo del parque se colaba el rumor constante de la rotonda, coches que entraban y salían de Toledo.
Luna se detuvo de golpe junto a un árbol. Echó el lomo hacia abajo, en trance de concentración.
—Ni se te ocurra —murmuró Lobo, tensando la correa.
Luna se quedó inmóvil, temblando levemente del esfuerzo, ajena al drama.
—Ni se te ocurra —repitió Lobo, aunque ya era tarde.
Soltó un suspiro. Miró al cielo gris, como si esperara una dispensa papal, y luego bajó la vista al césped, donde el “resultado” humeaba todavía en el aire frío.
—Operación Ántrax —murmuró.
Metió la mano en el bolsillo del abrigo y sacó una bolsita de plástico doblada en cuatro, tan estirada por los pliegues que parecía planchada.
La abrió con cuidado, sujetando el borde con la punta de los dedos, como si fuera material radioactivo.
Se acercó un paso. Otro. Contuvo el aire en los pulmones.
—Ni respirar —se dijo.
Estiró el brazo hasta el límite, se inclinó lo justo, calculando la distancia como un artificiero veterano, y cerró la mano alrededor del bulto con un gesto rápido. La bolsa crujió. Notó el calor a través del plástico y una ola de asco le subió desde el estómago hasta la garganta.
Buscó una papelera cercana, la localizó a unos metros y caminó hasta ella con la expresión de quien transporta una granada sin espoleta. Tiró de la tapa de hierro con la cabeza del bastón, abrió un hueco mínimo y dejó caer la bolsa dentro, asegurándose de no rozar nada.
Cuando la tapa cayó de nuevo, soltó el aire que había retenido desde el árbol.
—Fase dos —anunció en voz baja.
Regresó al camino, sacó del otro bolsillo un pequeño bote de gel hidroalcohólico y se sirvió una cantidad generosa.
Se frotó las manos con energía, dedos, nudillos, incluso la zona de las muñecas.
Repitió la operación. Después, con un gesto mecánico, pasó una toallita sobre el bastón.
Tras quedar satisfecho con la desinfección, se le ocurrió que, en el fondo, tal vez su vida entera consistía en intentar limpiar donde otros dejaban mierda tirada.
De vuelta al apartamento, Lobo decidió rodear la muralla en dirección al casco. El frío se le metía por el cuello del abrigo, pero la cabeza iba en otra cosa. Nora. Nunca la había visto así, sin ganas de comer.
Subió despacio hacia el centro, dejando atrás el tráfico de la rotonda.
Luna caminaba ahora pegada a su pierna. Toledo, con ese cielo plomizo, daba la impresión de encogerse sobre sí misma.
Al pasar junto al convento de clausura, se detuvo.
La fachada, sobria, de piedra vieja y puerta de madera oscura, apenas destacaba entre las casas.
Solo el pequeño cartel de “Dulces artesanos” y el timbre discreto junto al torno delataban que allí, detrás de los muros, alguien hacía milagros con azúcar y almendra.
Ató a Luna a un aro de hierro de la pared, la perra resignada, y tocó el timbre. Tardaron unos segundos en contestar. El torno chirrió y una voz apagada, de mujer mayor, salió desde la penumbra.
—Ave María Purísima.
—Sin pecado concebida —respondió Lobo por reflejo—. ¿Les quedan marquesitas y mazapán?
—Siempre queda algo, hijo.
Depositó un par de billetes en la repisa. El torno giró, lento, y regresó con dos cajas envueltas en papel blanco, atadas con una cinta fina. El olor traspasaba el cartón, una mezcla de almendra, limón y azúcar tostado. Pureza artesanal.
—Gracias, hermana.
—Que el Señor la mejore —dijo la voz, como si supiera para quién iban.
Lobo salió del torno con las dos cajas bajo el brazo y la correa en la mano. Las calles del casco se fueron estrechando hasta convertirse en un pasillo de piedra donde apenas cabía un coche. Fue justo entonces cuando se encontró la furgoneta.
Blanca, cruzada en mitad de la calle, con el logo de la empresa del agua estampado en grande en los laterales. Del suelo salía una manguera gorda enganchada a una boca de riego abierta. Dos operarios, con chaleco reflectante y casco, se asomaban a una arqueta.
Al pasarla, la calle recuperó su tregua irregular de casco viejo. Anduvo los escasos diez metros hasta el portal, entró en el edificio y empezó a subir las escaleras con el ritmo marcado por el bastón. Luna iba detrás, resoplando, la lengua fuera. Abrió la puerta del apartamento con la llave .
—¿Nora?
Ella estaba en la mesa del salón, el portátil abierto, gafas de pasta a media nariz. Llevaba una sudadera amplia y el pelo recogido en un moño que amenazaba con deshacerse. No lo oyó entrar; los auriculares colgaban del cuello, pero tenía la mirada clavada en la pantalla.
Luna fue directa a ella, moviendo la cola. Nora la acarició sin apartar la vista del teclado.
—Hola, mi niña… —murmuró, distraída.
Entonces levantó la cabeza. Vio las cajas blancas sobre el brazo de Lobo. Tardó un segundo en reaccionar.
—No puede ser.
Cerró el portátil de golpe.
—¿Has ido…? —señaló las cajas—. ¿Al convento?
—Eso pone en la fachada —dijo Lobo, dejando el botín sobre la mesa—. Y las señoras de dentro confirman.
Nora se quedó mirándolas un momento, seria, como si no quisiera precipitarse. Luego sonrió, de verdad, con esa sonrisa que le marcaba hoyuelos en las mejillas. Un suave aroma a almendra y azúcar emanaba de las cajas. Nora respiró hondo, como si fuese oxígeno.
—Desde que te has ido con la perra estoy aquí metida con esto —señaló el portátil, sin dejar de mirar los mazapanes y marquesinas—. Lykaina nos ha mandado un informe que parece la Biblioteca Nacional. Varios gigas. Directorios, contratos, correos, escaneos de informes, todo de Terra Nova.
Lobo dejó el bastón junto al sofá y se acercó.
—¿Y tú trabajando mala y sin café?
—Peor castigo no hay —admitió ella—. Pero ven, a ver qué cara se te queda cuando descubras quiénes son los principales accionistas del Grupo Terra Nova .
23
Nora se apartó un poco hacia un lado, arrastrando la silla, y señaló la pantalla con la barbilla. Lobo se quitó la gabardina y se sentó a su derecha mientras Luna se tumbaba a sus pies. Nora miró de reojo la caja blanca, con la pegatina del convento.
—Antes de meterme en Luxemburgo y Estonia —murmuró—, necesito reconciliarme con la especie humana.
Tiró del cordel fino, levantó la tapa y un olor denso, limpio, a almendra y azúcar tostado se derramó sobre la mesa. Cogió uno de los mazapanes, lo partió entre los dedos. La pasta cedió suave, sin desmigajarse del todo.
—Mira la textura —dijo, como una catadora profesional—. Compacto pero tierno. Esto lo hace una señora que reza mientras amasa. Lo otro lo hace una máquina que ficha a las seis.
Se metió medio en la boca, cerró los ojos un segundo.
—Joder —susurró—. Así da gusto investigar a la mafia rusa.
Empujó la caja un poco hacia Lobo.
— Quillo , coge uno, que luego dirás que no cuido tu dieta mediterránea.
Él tomó uno sin comentario, lo dejó junto al portátil para más tarde.
Luna alzó el hocico, esperanzada; Nora le dio un toque suave con el pie.
Luego ella abrió una hoja de cálculo. Era una tabla sencilla, casi escolar, con nombres en la primera columna y porcentajes en la segunda.
Algunas filas estaban marcadas en amarillo.
—Vale, te hago el resumen de lo que llevo —empezó—.
Terra Nova no cotiza en Bolsa, así que aquí no hay CNMV ni folletos públicos ni gaitas.
Pero sí tienen que llevar un libro de socios y toda la documentación corporativa.
Actas de junta, modificaciones de capital, contratos de entrada de inversores. Mira.
Señaló la primera fila.
—Terra Nova Construcciones, S.A. Capital dividido en acciones nominativas. Y los socios actuales son estos.
Leyó, despacio.
—“TN Holdings Luxembourg, S.à r.l.”, cuarenta por ciento.
Bajó un poco el cursor.
—“Baltic Bridge Investments OÜ”, veinte por ciento.
Otra línea.
—“Volga Capital AG”, quince por ciento.
Luego sonrió, sin alegría, y marcó la fila siguiente.
—Y aquí tus amigos, “Inversiones Ortigosa, S.L.”, diez por ciento. El resto son pequeños, empleados con paquetes simbólicos, algún banco nacional con un uno o dos por ciento, cosas así.
Lobo frunció el ceño.
—O sea, que los Ortigosa tenían la placa en la puerta, pero el edificio no era suyo.
—Exacto. Eran la cara local. El apellido de toda la vida, el que da confianza a los políticos, a los bancos, a los ayuntamientos. Pero a la hora de mandar, diez por ciento. Con eso te dejan presidir el consejo, si haces lo que te dicen.
—¿Y los otros? —preguntó Lobo.
—Eso es lo bueno —dijo Nora—. Que Lykaina hizo un buen trabajo.
Clic, nueva pestaña. Ahora la tabla tenía más columnas, país, administradores, beneficiario último.
—TN Holdings Luxembourg —leyó—. Sociedad de responsabilidad limitada.
Domicilio en Luxemburgo ciudad, en un edificio de estos que tienen veinte empresas en el mismo piso.
Administradores, un par de abogados luxemburgueses que salen en todas las sociedades de medio mundo.
Pero si miras la estructura… —abrió otro documento, un árbol de cajas conectadas por flechas—, ves que TN Holdings Luxembourg cuelga al cien por cien de otra sociedad, una tal “Northbridge Trading Ltd.”, en Chipre.
Y Northbridge, a su vez, pertenece a un trust con sede en San Petersburgo. Aquí.
Hizo zoom. En la esquina inferior aparecía una línea con un nombre, escrito en cirílico y transliterado debajo.
—Familia Makarov —leyó Lobo, despacio.
—No exactamente familia. Es un “family trust”, como lo llaman ellos. Vehículo para gestionar el patrimonio de varios hermanos, hijos, etcétera. Pero al final todo lleva a los Makarov.
Lobo se pasó una mano por la barbilla.
—Bien. Tenemos un cuarenta por ciento de Terra Nova controlado, en última instancia, por una familia rusa que juega en las grandes ligas. ¿Y el veinte por ciento de los bálticos?
Nora volvió a la tabla.
—“Baltic Bridge Investments OÜ”. Sociedad estonia. Estas OÜ son baratas y rápidas de montar; las usan mucho como buzones. Lykaina se ha descargado el expediente del registro mercantil de Tallín. Tiene tres socios formales, todos estonios. Pero, otra vez, si miras quién pone el dinero…
Abrió un PDF escaneado.
—Préstamos participativos, ampliaciones de capital cubiertas por una entidad rusa. Se llama “Severin Bank”. Semiestatal. Y el beneficiario final, según una diligencia de un banco alemán que se ve que les pidió papeles, es la misma familia Makarov.
—Se repiten —dijo Lobo.
—Se repiten —confirmó Nora—. Luxemburgo y Estonia, distinta música, mismo director de orquesta.
—¿Y el quince por ciento de Volga Capital ?
Nora se inclinó hacia la pantalla.
—Ahí está la parte que no me gusta nada.
Volga Capital está registrada en Zúrich.
Sociedad anónima. Administradores suizos; cara muy limpia.
Pero la cuenta principal está en un banco en Riga, Letonia, y la mayor parte del último aumento de capital viene de transferencias internas desde Severin Bank. Otra vez los mismos.
Calló un momento, dejando que Lobo lo fuera encajando. Con la otra mano, casi sin darse cuenta, acercó la caja y cogió otro mazapán.
—Resúmeme —pidió él al cabo de unos segundos.
Nora enumeró con los dedos.
—Uno: Terra Nova se vende como grupo constructor español, con apellido Ortigosa en la cabecera.
Dos: Si miras el capital, la familia Ortigosa tiene un diez por ciento.
La familia Makarov, a través de Luxemburgo, Estonia y Suiza, suman un setenta y cinco por ciento.
Tres: Esos rusos no son inversores cualesquiera.
Están vinculados a un banco semiestatal y a un entramado que ya ha salido en informes de blanqueo y de corrupción en obras públicas en Europa del Este.
Masticó el trozo de mazapán, casi con rabia.
—Y cuatro —añadió Lobo—, nadie nos había hablado de ellos.