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Cuando Lobo y Delgado cruzaron el umbral de la residencia familiar Ortigosa lo primero que percibieron fue el cambio de atmósfera.
No solo por la temperatura, algo fresca, sino por el silencio denso.
Delgado, que iba un paso por detrás de Lobo, giró apenas la cabeza para mirar la puerta, que se había cerrado sola con un susurro suave.
Juan Ortigosa no les esperó. Ya caminaba por un pasillo alfombrado que absorbía los pasos y con puertas cerradas a ambos lados.
Avanzaron sin hablar. El pasillo desembocaba en una sala abierta a medias, flanqueada por dos columnas de estanterías empotradas repletas de libros.
Al cruzarla, entraron en lo que parecía un despacho, aunque nada delataba que allí se trabajara.
Ni carpetas, ni papeles, ni ordenador. Solo una mesa antigua de roble claro, dos sillas enfrentadas con tapicería de lino, y una lámpara de pie con el foco dirigido hacia el suelo.
Juan no se sentó. Se detuvo junto a la mesa, se rascó la muñeca izquierda con gesto automático y esperó. Como si los visitantes fueran los que tuvieran que justificar su presencia.
—Podemos hablar aquí —dijo finalmente sin apenas levantar el tono de voz.
Cuando tomaron asiento, Lobo hizo un gesto casi automático.
Deslizó dos dedos por el borde del respaldo, luego por la superficie lisa del apoyabrazos.
Ni una mota de polvo. Ni siquiera el leve rastro que dejan las partículas invisibles en la yema del dedo.
El pulido era tan perfecto que parecía recién aplicado.
Se permitió una sonrisa, breve, ladeada .
—Soy Nora Delgado y mi compañero Félix Lobo —arrancó la detective—. Gracias por recibirnos tan pocas horas después del entierro de su padre.
El joven asintió antes de hablar.
—Le agradecería que no hable alto, padezco de hiperacusia.
Nora abrió sus ojos negros. Juan Ortigosa no respondió de inmediato. Se sentó al fin en una gran butaca de cuero tras la mesa, con un movimiento pausado. El haz de luz de la lámpara resaltaba la palidez de su rostro y las dos marcas azuladas bajo los ojos.
—La hiperacusia —dijo entonces, con un tono neutro, como si recitara una entrada enciclopédica— es una sensibilidad extrema a los sonidos cotidianos.
Algunos, incluso a volumen moderado, pueden resultar físicamente dolorosos.
Pero lo peor no es el dolor. Es la anticipación.
El miedo a lo que va a sonar. Vivir pendiente de un portazo o un estornudo.
Se rascó de nuevo la muñeca con un dedo lento, casi pensativo.
—Les pido que no lo tomen como una excentricidad. No tengo muchas visitas, y cuando las tengo, procuro que no se alce la voz más de lo necesario.
—Por supuesto —Nora se incorporó—. Necesitamos hacerle unas preguntas para entender porque piensa que su padre no murió en un accidente.
— Entiendo. Verá, mi padre no era de beber. Como cualquiera, alguna vez tomaba una copa de vino, sobre todo en las comidas, pero nada más. Por eso no tiene sentido que apareciera con ese nivel de alcohol en sangre.
—¿Lo ha compartido con la Guardia Civil?
El joven asintió.
—Sí, ellos mismo me enseñaron el informe preliminar.
La última cámara que lo captó fue en una gasolinera de la CM-40, cuarenta minutos antes de la hora estimada del accidente.
No se detuvo, y por el análisis que han hecho calculan que sobrepasaba la velocidad permitida en al menos treinta kilómetros hora. Iba solo.
—¿Y el móvil?
—Mi padre era de la vieja guardia, a menudo viajaba sin el móvil y tenía desactivado por petición suya el GPS del vehículo.
Era de la vieja guardia —repitió, con un matiz casi melancólico—.
Lo justo para entender cómo funcionaban los terminales modernos, pero no lo suficiente para confiar en ellos.
Decía que eran una trampa de bolsillo. Que todo el que lo llevaba encima iba ya medio vigilado.
No le gustaba depender de aparatos. Ni tener reuniones por videollamada.
Le gustaba mirar a la gente a los ojos. Por eso casi siempre dejaba el teléfono en casa.
Y lo del GPS, fue una de las primeras cosas que pidió al comprar el coche nuevo.
Que se lo desactivaran. No lo soportaba.
Lo consideraba una forma educada de espionaje.
—¿Y esa noche? —preguntó Lobo, sin apremio—. ¿Tenía alguna cita? ¿Alguien esperaba verle?
Juan negó con lentitud.
—Que sepamos, no. Tenía un compromiso en Madrid, una gala benéfica.
Patrocinada por una fundación vinculada a la restauración de patrimonio histórico.
Música de cámara, discursos breves, copas caras y mucha gente importante fingiendo que estaba allí por amor al arte.
Mi padre detestaba ese tipo de eventos, pero acudía cuando consideraba que debía hacerlo.
Decía que en esos salones se decidían más cosas que en muchos despachos oficiales.
—¿Estaba más nervioso los últimos días? ¿Le dijo o le vio hacer algo especial, diferente?
Juan tardó unos segundos en responder.
—Discutimos. La noche anterior al accidente —dijo al fin, sin dramatismo—.
Fue en esta misma casa, aquí arriba. Él había vuelto tarde, yo estaba en la biblioteca.
Me llamó para hablar. No era algo frecuente.
No lo hacía a menudo, y cuando lo hacía, siempre era por algo concreto.
Como si conversar con su hijo no fuera un gesto cotidiano, sino una decisión estratégica.
Me preguntó si había pensado alguna vez en trabajar en algo serio.
Lo dijo así, sin rodeos. Luego me confesó que se estaba planteando dejarlo.
Que no era inmediato, pero sí real. Y que, antes de tomar decisiones, quería saber si yo tenía algún interés en ocupar mi lugar.
Volvió a rascarse la muñeca izquierda, un gesto automático, breve, que rompía apenas el ritmo de la confesión.
—Le dije que no. Que se lo agradecía, pero no. Que no estaba hecho para eso. Que no compartía su manera de entender el mundo. Ni la forma de mirar a las personas. No se lo dije con rabia, ni con reproche. Solo con la verdad. Y, aun así, supe que le dolió.
Hizo una pausa. Esta vez bajó la vista, como si pesara las palabras recién dichas.
—Mi padre y yo vivíamos en planetas distintos.
Lobo entrecerró los ojos.
—¿Y esa noche? ¿Cómo acabó la conversación?
—Se levantó sin decir nada y caminó hasta la galería.
Luego volvió sobre sus pasos, me miró desde la puerta y dijo, "Al menos dime que no eres idiota".
Y se marchó. Fue la última vez que lo vi con vida —añadió—.
Al día siguiente, ya no estaba. Solo el coche, el informe, y una llamada desde el cuartel de la Guardia Civil.
Nora mantuvo la voz baja y el tono pausado de la conversación.
—¿Su padre tenía enemigos, Juan?
—Mi padre —empezó, y se detuvo—. Mi padre hacía negocios. Y cuando uno hace negocios a ese nivel… —hubo una pausa densa —. No sé quién querría verle muerto —añadió—. Pero sospecho que había personas que no aceptarían bien que decidiera apartarse.