3
Lobo y Delgado salieron del apartamento poco después de las nueve, con Luna trotando a su ritmo por delante, la correa sujeta en la mano de Nora. El aire era limpio, cortante y no llovía, pero las piedras de la calzada brillaban por la humedad.
Félix Lobo caminaba ágil, apoyado con ritmo firme en su bastón de empuñadura metálica.
El águila tallada brillaba con un reflejo apagado cada vez que la luz gris del cielo se filtraba entre los tejados.
Con su altura y la gabardina que le cubría hasta las rodillas, la ligera oscilación a cada paso, recuerdo de la explosión, le daba aires de bailarín herido.
El otoño en Toledo se hacía notar; las hojas secas crujían bajo los pies, las fachadas de piedra exhalaban una humedad contenida y las primeras chimeneas encendidas dejaban un aroma tenue a leña que flotaba entre los callejones.
Al doblar una esquina, la calle se ensanchó de pronto y la iglesia de San Ildefonso apareció ante ellos como un telón de piedra.
La fachada de los Jesuitas se alzaba solemne, labrada en piedra que el sol de la mañana teñía de un blanco casi dorado.
Dos torres gemelas flanqueaban el conjunto, esbeltas, rematadas por chapiteles de pizarra oscura que pinchaban el cielo gris.
Entre ellas, un frontón barroco repleto de volutas y escudos presidía la entrada, custodiada por columnas salomónicas que trepaban hacia lo alto retorciéndose sobre sí mismas.
Lobo se detuvo un instante, alzando la vista.
—He leído que las vistas desde las torres son de las mejores de Toledo —comentó—. Dicen que se ve toda la ciudad.
Nora lo miró de reoj o
—Félix, ¿tú me ves a mí en condiciones de subir torres? —Se señaló con ambas manos—. Yo soy de Cádiz. En Cádiz lo más alto es el mostrador del bar. Esto de trepar como las cabras no va conmigo.
—Son poco más de cien escalones. He leído que exactamente ciento treinta y uno.
—¿Poco más? —Nora negó con la cabeza. Iba a decir algo pero siguió andando.
Unos metros más adelante, al pasar por una esquina del barrio antiguo, Nora alzó la nariz como una sabuesa sorprendida por un aroma que no esperaba. Se detuvo en seco, con Luna tirando apenas de la correa, y echó la cabeza hacia atrás como si el olor pudiera atraparse mejor desde el aire.
—¿Tú hueles eso? —preguntó, sin esperar respuesta.
Félix, unos pasos más adelante, se giró despacio, apoyando el bastón en una junta de la calzada.
—Depende. ¿A qué te huele?
—A gloria bendita —respondió ella, con los ojos entornados—. A almendra recién molida, a horno de los de antes.
Frente a ella se alzaba el convento de San Clemente, sobrio, recio, como una reliquia sin intención de llamar la atención.
La piedra irregular de la fachada alternaba lienzos de ladrillo rojizo y parches de mampostería antigua que parecían haber sobrevivido a todo.
Sobre la puerta, flanqueada por columnas sencillas, una pequeña hornacina albergaba la figura del Santo que vigilaba el paso del tiempo sin pestañear.
Lobo, que había investigado con antelación los manjares típicos de la zona, no pudo evitar una sonrisa leve, casi clandestina .
—No te lo estás inventando —dijo al fin, rompiendo el silencio—. Es almendra. Y azúcar. Mucha azúcar.
Nora giró la cabeza hacia él, intrigada.
—¿Y eso?
Félix apoyó el bastón con más firmeza y señaló la fachada con un gesto breve.
—Aquí dentro llevan siglos haciendo dulces. Monjas de clausura. No se las ve, pero se las huele. —Hizo una pausa—. Dicen que aquí nació el mazapán, cuando no tenían nada más que almendras y azúcar, mucha hambre y paciencia.
Nora se acercó un paso más, ladeó la cabeza y aspiró de nuevo.
—Esto no es un convento, es una trampa bendita. Yo ahí dentro firmaba la clausura y no salía más.
Félix enarcó una ceja, como si evaluara la viabilidad logística del encierro eterno de su compañera entre mazapanes. Luego, muy despacio, se giró en dirección contraria al convento.
—Me lo apunto para la vuelta —dijo—. Pero ahora toca ver al hijo de Ortigosa.
Nora soltó un suspiro resignado, se apartó del umbral con el mismo cuidado con el que se retira una copa valiosa, y miró a Luna.
—Pues nada, mi niña. Se acabó el recreo. El deber nos llama.
Como si lo hubiera entendido al vuelo, la perra ladró una vez, breve y convincente, y se puso de nuevo en marcha, con el rabo firme y paso decidido, como si ella también supiera que los dulces podían esperar.
La Kombi apareció al final del camino como una reliquia fuera de contexto, mientras serpenteaba entre cipreses y grava suelta con un traqueteo obstinado.
El jardín se desplegaba frente a ellos con una elegancia serena, desde los setos perfectamente esculpidos hasta la escultura de bronce en mitad del césped.
Las paredes de ladrillo limpio, las columnas blanquísimas del porche, la simetría del tejado: todo hablaba de dinero.
Y allí, en mitad de ese orden casi monacal, la furgoneta soltó un último estertor y se detuvo con un quejido de frenos que chirrió contra la quietud del lugar.
Delgado bajó primero, sujetando la correa de Luna, que olisqueaba el aire con curiosidad respetuosa. Lobo descendió después, apoyando el bastón sobre los adoquines con un sonido seco. Observó la casa sin decir nada. Antes de que pudiera dar un paso, la puerta principal se abrió con suavidad.
Un hombre delgadísimo apareció bajo el pórtico, a medio camino entre la sombra y la claridad.
Vestía un jersey oscuro que le caía como una manta demasiado grande y unos pantalones de pana arrugados, sin forma, sujetos con un cinturón que parecía más decorativo que funcional.
Las zapatillas, sin cordones, estaban gastadas por los talones.
El hombre no se acercó. Tampoco saludó. Se limitó a rascarse la muñeca con gesto leve y a continuación hizo un movimiento con la cabeza que interpretaron como una invitación a acompañarle. Lobo intercambió una mirada fugaz con Delgado. Y sin decir nada, lo siguieron.
Al traspasar el umbral, Nora sintió que algo cambiaba en el aire.
La puerta se cerró con una suavidad desconcertante, como si alguien hubiera amortiguado los goznes a conciencia.
No se oía nada. Ni un reloj, ni una televisión, ni siquiera el leve zumbido eléctrico que a menudo parece habitar todas las casas.
Solo silencio. Un silencio tan limpio que casi parecía artificial .
No muy lejos de allí, en los montes de Toledo, Volkov regresaba de una jornada de caza a su finca.
La niebla aún no se había retirado del todo cuando el todoterreno atravesó el portón de hierro forjado, pesado, trabajado a mano, y se internó por un camino de tierra apisonada que discurría entre encinas y alcornoques centenarios.
A cada lado, los troncos retorcidos parecían vigilar el paso.
El vehículo avanzó sin prisa, sorteando las últimas piedras del camino, y al salir del recodo se abrió ante ellos la imagen detenida de una finca que parecía sacada de otro tiempo: muros de piedra irregular abrazados por la hiedra, torres redondas como las de un castillo medieval, tejados rojizos de teja vieja, y un portón central de hierro forjado rematado por una pequeña espadaña vacía que aún conservaba ecos de campana.
Cuando el 4x4 se detuvo, Volkov no dijo nada.
Iba en el asiento del copiloto, con el abrigo echado sobre los hombros como una capa y las manos enguantadas apoyadas en el bastón de madera oscura que había usado una hora antes para apoyar el disparo.
En el maletero abierto, envuelto en una lona manchada de sangre, yacía el cuerpo inerte de un ciervo adulto, abatido de un solo disparo limpio.
El conductor apagó el motor con un gesto contenido, salió sin mirar atrás y rodeó el vehículo para abrir la puerta del patrón.
Desde un lateral de la casa, aparecieron dos hombres más, ropa de trabajo, guantes oscuros, rostros inexpresivos.
Uno de ellos empujaba una camilla metálica con ruedas de caucho, como las que se usan en los quirófanos veterinarios.
Un tercero aguardaba bajo el arco de entrada.
Vestía chaqueta de lana gris, camisa sin corbata, y mantenía las manos cruzadas a la espalda.
Al verle, Volkov asintió apenas con la barbilla, lo justo para que entendiera que podía acercarse, pero no hablar aún.
—Llevadlo a la sala —dijo entonces, con su tono bajo, sin urgencia—. A la grande .
La puerta se abrió hacia adentro, dejando escapar un aliento de aire frío, aséptico.
Un sistema de ventilación constante mantenía la atmósfera libre de olores.
Las paredes, revestidas de acero inoxidable, devolvían el reflejo difuso de los tubos fluorescentes que colgaban del techo abovedado.
El suelo, de baldosa industrial antideslizante, tenía una ligera inclinación hacia una rejilla central, por donde se deslizaban los residuos.
En una esquina, un banco frigorífico con puertas de acero; en la otra, una mesa del mismo metal flanqueada por ganchos, poleas y grúas manuales.
Todo el instrumental estaba dispuesto en bandejas clasificadas.
Había cuchillos de despiece, sierras manuales, guantes, pinzas, cepillos metálicos y afiladores.
Volkov entró, se quitó el abrigo y lo colocó en una percha de acero, junto a una bata impermeable que se puso con movimientos lentos. Después, guantes hasta el codo, un delantal de vinilo gris y unas botas de goma negra que sustituyeron a las de montaña.
Primero afiló el cuchillo más largo, una hoja curva de veinticinco centímetros. Deslizó la hoja sobre la piedra japonesa en movimientos rítmicos, sin apurar, como si disfrutara del sonido sordo del acero. Luego lo limpió y lo sostuvo a contraluz.
Permaneció unos segundos inmóviles, como si saboreara el triunfo de la mañana.
A su lado, las lámparas fluorescentes derramaban un crudo resplandor sobre el cuerpo del ciervo, colgado por las patas traseras en un gancho giratorio.
El tiro había sido limpio, a la altura del omoplato.
Sin sufrimiento. Como debía ser. Unos pasos amortiguados sonaron por el pasillo exterior.
La figura que entró era alta, delgada, con el rostro afilado y el abrigo cerrado hasta el cuello.
—Llegas en buen momento —dijo el ruso mientras comprobaba el filo del cuchillo con la ayuda del dedo índice—. Antes de que el cuerpo se enfríe del todo. Es cuando mejor se entiende la pieza.
Hizo un gesto leve con la mano, señalando el animal suspendido bajo la luz.
—Mira —continuó—. Todo es más sencillo de lo que parece cuando sabes dónde cortar. El error de la mayoría es la prisa. Confunden eficacia con rapidez, y acaban estropeándolo todo.
La figura avanzó un paso, lo justo para quedar bajo la luz, y observó el goteo regular que caía hacia la rejilla sin apartar la mirada. Extendió la mano, recogió con el dedo índice una gota de sangre que aún resbalaba por el lomo, y la llevó con calma a la lengua.
—Está dulce —murmuró—. Me gusta.