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Nora Delgado se despertó plácidamente con los lametazos tibios de Luna, que insistía, una vez más, en adelantar la alarma sin pedir permiso. La perra, una labradora infatigable, se le quedó mirando como si esperara una confirmación.
—Mi niña, ¿todavía no te atreves a pedirle a Félix que te dé un paseo?
En la penumbra observó el ventanal de arco rebajado, encajado en una pared de piedra vista, flanqueado por una cómoda castellana de nogal pulido y una lámpara de alabastro que emitía una luz tenue, cálida, casi líquida.
A través del cristal, las primeras luces del día se deslizaban sobre los tejados de teja curva y arrancaban destellos cobrizos a las veletas oxidadas y a las barandillas forjadas a mano.
Al fondo, la torre de la Catedral recortaba el cielo grisáceo con la solemnidad de una espada, y en la calle, empezaban a oírse los primeros portazos de panaderías que abrían con el aroma del pan de hogaza, y ese regusto a leña vieja que se enredaba con el aire frío antes de que el sol conquistara la piedra.
Nora y Félix habían llegado a Toledo la noche anterior y se alojaban en un apartamento propiedad de la familia Ortigosa, el famoso empresario que había fallecido tres días antes en un trágico accidente de tráfico.
Desde entonces, la ciudad no hablaba de otra cosa.
Ignacio Ortigosa estaba en todas partes.
En las portadas de los periódicos desplegados en los kioscos, en los comentarios de la gente o en los tertulianos de la radio local que alternaban condolencias con teorías varias.
La versión oficial hablaba de un exceso de velocidad y de conducir bajo los efectos del alcohol, aunque Juan les había asegurado que su padre nunca bebía más de la cuenta, y menos aún si debía conducir de noche.
Los ruidos rítmicos de las flexiones de Félix Lobo sobre el suelo hicieron que Delgado girara la cabeza.
Estaba descalzo, desprovisto de la parte superior del pijama, y su cuerpo largo y anguloso, más acostumbrado al esfuerzo que a la estética, se mecían en un vaivén preciso.
Una fina capa de sudor le perlaba la espalda.
Bajo la luz que se colaba por las cortinas, se insinuaban cicatrices pálidas, como mapas en relieve, recuerdos mudos de una misma explosión que le había cambiado la vida.
Nora se apoyó sobre un codo, aún envuelta en las sábanas, con Luna enroscada a sus pies. Observó cómo Félix exhalaba al completar cada repetición, como si marcara el ritmo de algo más que un simple ejercicio físico. Era su ritual. Su forma de poner orden al caos.
—¿Sabes que hay formas más tranquilas de empezar el día?
Lobo no respondió. Se incorporó con una fluidez que no concordaba con su altura desgarbada y se acercó hasta ella con el pelo rojizo húmedo de sudor.
Se detuvo junto a la cama. Luna, siempre optimista, alzó el hocico con una mirada suplicante, con un ligero movimiento de la cola, como si entendiera que ese momento requería delicadeza.
Contra todo pronóstico, y para sorpresa de ambas, Félix extendió la mano y le acarició el lomo con un par de movimientos breves, casi torpes, como si acabara de tocar un artefacto desconocido.
—Madre mía… —susurró Nora, llevándose una mano al pecho—. ¿Pero esto qué es? ¿Quién eres tú y qué has hecho con Félix Lobo?
Él retiró la mano de inmediato, visiblemente incómodo, y la observó con cierta gravedad, como si se enfrentara a una confesión de peso .
—Me he dejado llevar —dijo, secamente—. Pero voy a desinfectarme a fondo antes de salir. Con agua caliente, jabón neutro y solución hidroalcohólica. En ese orden.
—Y no te olvides del gel con olor a hospital, ese que me deja la nariz anestesiada.
Félix no contestó. Ladeó la cabeza apenas un milímetro, como si estuviera decidiendo si la broma merecía respuesta o no.
Optó por lo segundo, pero justo antes de entrar al baño se detuvo, giró la cabeza y la miró con una expresión indefinible.
Había algo de ternura contenida en esos ojos grises que solían parecer siempre en guardia.
—Después de esto —murmuró—, te preparo el café con unas tostadas.
Nora se quedó mirando la puerta cerrada del baño con una sonrisa tonta. No era la primera vez que Félix Lobo le sorprendía con uno de esos gestos mínimos, casi invisibles para quien no supiera mirar, pero cada vez que ocurría algo en ella se desordenaba.
Le acarició el lomo a Luna, que ahora resoplaba satisfecha con el morro apoyado en la colcha, y se quedó un rato así, en silencio, con la mirada perdida entre las vigas del techo y los sonidos amortiguados del agua corriendo en el baño.
—Mira mi niña —le dijo acercando la cara a su hocico—, él es un maniático, sí.
Un tiquismiquis de manual, de los que ven una mosca revoloteando por la mesa y les sube la tensión.
Que si los calcetines en paralelo, que si las toallas dobladas al milímetro, que si el cuchillo no se mezcla con la cuchara porque eso es antihigiénico.
Pero también te digo, niña —la boca le quedó a un centímetro—, que yo no he visto a nadie más leal en mi vida.
Ni más noble. Que no sabrá ponerlo en palabras, no. Pero en cuanto pasa algo, ahí está él.
Y entonces, con un gesto teatral, Nora agarró la cabeza de la perra entre las manos y le estampó un beso sonoro en el hocico .
—Pero que quede entre tú y yo, ¿eh? Que como se entere Félix, me mete en lejía.
Poco después de las nueve de la mañana, el Audi A8 enfilaba el paseo de la Castellana para detenerse frente a una de las entradas laterales del complejo ministerial.
El conductor descendió con gesto automático y rodeó el vehículo con la precisión de quien ha repetido el protocolo demasiadas veces como para equivocarse.
El escolta, un hombre joven de facciones angulosas y mirada opaca, abrió la puerta trasera sin esperar indicaciones.
Del interior emergió un hombre corpulento, de hombros anchos y papada tensa, enfundado en un abrigo de paño azul marino.
Caminaba con paso corto pero decidido. La barba mal rasurada dejaba ver una piel curtida por las horas bajo focos y noches sin descanso.
Tenía los párpados algo caídos, la frente abultada y el ceño predispuesto al enfado.
Saludó con un leve movimiento de cabeza a los agentes de seguridad que custodiaban la entrada, ignorando los murmullos de dos funcionarios que se apartaron con prisa al reconocerlo.
—Ministro —dijo uno de ellos, un ujier con acento gallego y ojeras de poco dormir—. Tiene a la subsecretaria esperándole en su despacho. Dice que es urgente.
El ministro no respondió. Ni siquiera lo miró.
Subió las escaleras sin detenerse. En el ascensor, con las puertas aún abiertas, se pasó una mano por la nuca y bufó, más para sí que para el escolta que aguardaba discretamente a un lado.
No dijo una palabra durante el trayecto.
Al llegar al pasillo de la planta noble, caminó con los puños cerrados dentro de los bolsillos del abrigo, la mandíbula apretada .
La puerta de su despacho estaba entornada. Empujó con el hombro y entró sin ceremonias. La subsecretaria se puso en pie de inmediato, con una tablet en la mano.
—Buenos días.
Él asintió sin mirarla. Se quitó el abrigo con brusquedad, lo dejó caer sobre el respaldo de una butaca y caminó hasta el ventanal, desde donde se divisaban las copas desnudas de los árboles del Paseo. Apretó los labios. Durante unos segundos, no dijo nada.
—¿Lo tienes? —murmuró por fin—. Quiero todo lo que haya.
La mujer le tendió la Tablet desbloqueada. El ministro de transportes Rafael Monasterio frunció el ceño y empezó a leer:
DIRECCIÓN GENERAL DE LA GUARDIA CIVIL
Unidad de Tráfico – Subsector Toledo
INFORME TÉCNICO DE ACCIDENTE DE CIRCULACIÓN
Expediente nº: 04/2025-TRA-TO
Fecha del siniestro: 28/10/2025
Hora aproximada: 01:58 horas
Localización: CM-401, PK 43, término municipal de Mazarambroz (Toledo)
DATOS DEL CONDUCTOR
Nombre: Ignacio Ortigosa García
Edad: 64 años
Profesión: Empresario
DNI: 189763254R
Vehículo implicado: Porsche Cayene, matrícula 1234 NNN
1. DESCRIPCIÓN DEL ACCIDENT E
A las 03:16 horas del 28 de octubre, se recibe aviso en la central de emergencias 112 sobre un posible siniestro vial en la carretera CM-401, a la altura del kilómetro 43.
A la llegada de la primera patrulla del destacamento de Tráfico de Toledo (03:45 h), se localiza un vehículo fuera de la calzada, a unos 28 metros de profundidad, tras haber salido por el margen izquierdo en una curva de visibilidad reducida.
El turismo presenta daños severos compatibles por múltiples vuelcos del vehículo.
2. CIRCUNSTANCIAS Y FACTORES CONCURRENTES
Condiciones meteorológicas: Buena visibilidad. Pavimento húmedo.
Iluminación: Nula. Tramo sin farolas ni señalización luminosa.
Estado del firme: Asfalto en buen estado. Curva señalizada, pero con deficiencias en la visibilidad previa.
Velocidad estimada: 60 km/h (límite del tramo: 80 km/h)
Alcohol y sustancias:
Análisis forense de sangre (Instituto de Medicina Legal de Toledo):
Alcohol en sangre: 2,3 g/L
Tóxicos y estupefacientes: Negativo
El conductor, único ocupante del vehículo, se encuentra fallecido en el interior, atrapado por el salpicadero.
3. CONCLUSIONES PRELIMINARES
A la espera de la reconstrucción final por parte de la Unidad de Reconstrucción de Accidentes de la Agrupación de Tráfico ( URAAT), los indicios recogidos en el lugar apuntan a una salida de vía debida al exceso de alcohol.
No se han hallado huellas de terceros vehículos ni elementos de colisión externa.
El sistema de frenado no presenta fallos aparentes.
El vehículo no contaba con dispositivos de geolocalización activos en el momento del siniestro.
OBSERVACIONES ADICIONALES
Se han tomado declaraciones a familiares y empleados. No constan amenazas ni antecedentes recientes de conflictos relevantes.
SITUACIÓN DEL EXPEDIENTE
Propuesta de archivo provisional como accidente de tráfico sin intervención de terceros. Pendiente del informe definitivo del Instituto de Medicina Legal (autopsia completa).
Firma del agente instructor
Sargento Primero Manuel R. Ortega
Unidad de Atestados – Tráfico Toledo
El ministro releyó el informe con una lentitud forzada.
—Dos coma tres gramos de alcohol por litro —repitió en voz baja.
No dijo nada más de inmediato. Se frotó el labio inferior con el pulgar, un gesto mecánico que la subsecretaria había aprendido a leer como señal de enfado mal disimulado.
Depositó la tablet sobre la mesa con cuidado, como si el dispositivo contuviera algo frágil, explosivo.
Luego se apoyó en el respaldo de la butaca, entrecerró los ojos y ladeó apenas la cabeza, como si revisara una escena que solo él podía ver con nitidez.
—Le vi beber —dijo al fin—. Tenía una copa de champagne. Brindó con desgana y se marchó antes de medianoche. Estaba sobrio.
Se hizo un silencio tenso, en el que la subsecretaria supo mantenerse al margen.
Había aprendido, con el tiempo, que algunas frases no estaban destinadas a recibir respuesta inmediata.
El silencio se alargó unos segundos más.
El ministro seguía sentado, la mirada perdida.
Luego llevó la mano al interior del abrigo y sacó el móvil. No el oficial. El otro.
Lo sostuvo sin desbloquearlo, con la pantalla negra reflejándole el rostro cansado y el ceño fruncido. Dudó apenas un instante. Lo justo. Después deslizó el dedo y marcó un número que no figuraba en ninguna agenda.
Esperó. Una vez. Dos tonos.
—El accidente en Toledo —dijo cuando descolgaron al otro lado, con una voz neutra, casi administrativa—. Oficialmente, nada fuera de lo común.
Escuchó con los ojos fijos en su propio reflejo.
—Sí. El informe ya está cerrado —añadió—. Pero quiero que le eches un vistazo. Con calma. Y me digas si todo está en su sitio.
Hizo una pausa mínima, calculada.
—No por aquí —concluyó—. Ya sabes.
Colgó sin despedirse. Desde la mesa, la tablet seguía encendida. La cifra, dos coma tres gramos de alcohol, brillaba aún en la pantalla. Y por primera vez desde que había entrado en el despacho, el ministro tuvo la certeza incómoda de que aquella muerte no iba a darle más que disgustos .
—Deshazte del teléfono y consígueme otro —el ministro se pasó la mano por la nuca y respiró hondo.