El pacto de los lobos (Lobo y Delgado 4) 1
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El pacto de los lobos (Lobo y Delgado 4)

El pacto de los lobos (Lobo y Delgado 4)

Por Jorge Zaragoza Gomez

© inepub.com

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El murmullo de copas, las risas medidas, incluso las notas de un cuarteto de cuerda que flotan sobre el mármol pulido del salón, todo destila un lujo estudiado. De esos que no necesitan ostentar porque el poder, como el buen perfume, se reconoce sin esfuerzo.

Ignacio Ortigosa no sonríe. Su copa de champagne permanece intacta mientras pasea la mirada por el desfile de trajes oscuros y vestidos de alta costura.

Está rodeado de los mismos de siempre: políticos con sonrisas anestesiadas, directivos que aprietan demasiado la mano al saludar, dueños de medios y estrategas de comunicación.

Banqueros, jueces, presidentes de multinacionales, nadie ha llegado hasta aquí por casualidad.

—Ignacio, qué alegría verte —le dice un consejero de interior, apretándole el brazo con demasiada familiaridad.

—¿Sigues como Presidente del Grupo TerraNova? —pregunta el político, con sonrisa oblicua.

Ortigosa lo mira, por fin. Tiene ojos de piedra y voz de terciopelo.

—¿Importa?

El consejero suelta una risa seca, da un sorbo a su copa y se aleja.

Ignacio se queda solo junto a una de las columnas.

Lleva un esmoquin impecable, hecho a medida en la mejor sastrería de la capital, una pajarita negra y unos zapatos que podrían reflejar el alma de quien se atreva a mirar demasiado tiempo .

Se acerca hasta la terraza para observar el perfil de Madrid recortado contra las luces blancas del Paseo del Prado. Saca el móvil. Lo mantiene en la mano, sin desbloquearlo. Observa su propio reflejo en el cristal tintado de una ventana. Se ve cansado. Pero no vencido. Jamás.

Cuando regresa al salón, Ignacio se detiene junto a una mesa con centros florales discretos y botellas de champagne en inmensas cubiteras de plata. Hay un pequeño alboroto entre los asistentes y Ortigosa ve aparecer al ministro con su séquito fiel, entre saludos y palmadas en la espalda.

Lo localiza enseguida. El ministro levanta la vista, lo reconoce y, sin dudar, se abre paso hasta él.

—Ignacio —exclama, con esa voz engolada que reserva para los focos—. Me tenían dicho que ibas a hacerte de rogar.

Le tiende la mano con una sonrisa amplia. Ignacio responde al gesto. Su apretón es firme.

—Ministro —se limita a decir.

Siente la humedad tibia en la palma ajena, un leve rastro de alcohol en el aliento, y esa forma de aferrarle el brazo medio segundo más de lo necesario.

Lo ha visto antes. Demasiadas veces. Cambian las siglas, los colores y los discursos, pero no la especie.

Hombres sin escrúpulos convencidos de que el país es una mesa de juego privada y ellos reparten las cartas.

Y aunque ese hombre ande por el filo de la navaja, acompañado de mujeres más jóvenes que sus hijas, con gestos cada vez más erráticos y una mirada turbia que parece no distinguir ya entre aliados y enemigos, sigue siendo útil.

El ministro suelta por fin su brazo, le da una palmada en el hombro y se vuelve hacia otro grupo, ya en busca de su siguiente audiencia.

Avanza entre sonrisas y apretones de mano como si nada pudiera alcanzarle.

Lleva el nudo de la corbata ligeramente descentrado, una chaqueta demasiado ajustada para su edad y el paso algo torpe, pero mantiene esa risa grave, casi impostada, que aún surte efecto entre los que temen quedarse fuera del reparto.

Ignacio lo sigue con la mirada apenas un segundo.

Otro más en la larga lista, piensa. Luego prefiere evitarlo y se gira.

Entonces es cuando lo ve. Apoyado contra una de las columnas que flanquean el vestíbulo, justo antes del corredor que conduce a los salones privados, hay un hombre que no debería estar ahí.

Es joven, tal vez unos cuarenta, de piel clara, casi ceniza, y el cráneo rasurado a cuchilla.

Los pómulos marcados, el puente de la nariz ligeramente desviado.

No hay copa en sus manos. Solo una leve tensión en los nudillos.

Ignacio repara en un detalle menor, pero imposible de ignorar, un tatuaje asoma bajo el puño de su camisa, apenas un trazo curvado sobre la muñeca izquierda.

Negro, nítido. Lo reconoce, una estrella de ocho puntas.

Los “vor v zakone”. Una marca reservada solo para quienes han jurado lealtad dentro de la estructura más férrea de la mafia rusa.

El hombre lo mira fijamente. Luego hace un gesto casi imperceptible.

Se roza el pecho con dos dedos, como quien aplasta una pelusa imaginaria, y gira en dirección al pasillo de los lavabos.

Hasta hace un momento se sentía el rey del mundo, pero de repente tiene calor y nota como ha empezado a sudar por dentro del traje, justo en la línea donde la espalda se apoya contra la camisa. Una gota se desliza por la nuca.

Da un paso. Y otro. El suelo enmoquetado amortigua sus pisadas. Cada metro que recorre hacia ese pasillo le resulta más largo que los anteriores. Su cuerpo avanza, obediente, pero la mente empieza a trabajar por su cuenta. ¿Qué quiere?, ¿por qué ahora?, ¿por qué aquí ?

No le sigue por obediencia. Lo hace porque es lo único que puede hacer.

Ignacio empuja la puerta del lavabo. El hombre está de espaldas, lavándose las manos con una lentitud innecesaria.

El agua corre sin apuro y le resbala sobre los dedos como si no tuviera prisa por marcharse.

Ignacio avanza dos pasos. Se coloca junto a él.

Abre el grifo sin mirarlo. El agua sale fría.

Durante unos segundos, solo se oye el sonido de las manos frotándose.

Agua sobre piel. Jabón perfumado. Nada más.

Y entonces, sin girarse, el hombre murmura con un fuerte acento extranjero.

—Kilómetro 43 de la CM-401, en dirección a San Pablo de los Montes. Hay un desvío sin asfaltar a la izquierda. Sigue las curvas. A las dos. Solo. Sin móvil.

Cierra el grifo. Se seca las manos con calma. Mira el espejo, pero no a Ignacio.

—Puntualidad es respeto —añade.

El asfalto se estrecha mientras el coche de Ignacio asciende por las curvas cerradas de la CM-401.  El reloj del salpicadero marca la 1:56. Ha apagado la radio hace kilómetros. Solo queda el rugido contenido del motor y un extraño zumbido en los oídos.

Fuera, el paisaje está sumido en una oscuridad espesa, sin farolas ni casas a la vista.

Solo la luna, velada por las nubes, alcanza a dibujar a lo lejos la silueta de los Montes de Toledo sobre un cielo sin estrellas.

Hay humedad en el aire. Y algo más, más denso que la niebla, que Ignacio no sabe nombrar.

El kilómetro 43 aparece de pronto, mal señalizado, apenas una placa oxidada entre matojos. Ignacio reduce la velocidad. Gira a la izquierda, tal y como le indicaron. Un camino de tierra se abre paso entre pinares cerrados. Lo sigue con cautela. Los faros apenas penetran unos metros.

Tras un par de curvas, lo ve. Un coche negro con placas diplomáticas, cristales tintados y el motor encendido, está aparcado a un lado del camino.

A su lado, otro vehículo más pequeño, discreto.

No hay señales, ni luces. Solo tres siluetas.

Cuando Ignacio detiene el motor, el silencio es absoluto.

Durante unos segundos no pasa nada. Entonces las puertas del coche negro se abren a la vez.

De uno de ellos desciende el hombre del lavabo, el del tatuaje. La misma expresión ausente. El otro es más bajo, más ancho, y lleva las manos en los bolsillos. Observa sin acercarse. Y entre ambos, caminando despacio, emerge la silueta de Andrei Volkov.

Ignacio aprieta con fuerza las manos sobre el volante.

La puerta trasera de su coche se abre sin urgencia.

Volkov se sienta en el asiento justo detrás de él.

A su lado, el hombre del tatuaje, que cierra sin decir palabra.

El otro permanece fuera, de pie, en posición oblicua, con la chaqueta abierta y las manos aún en los bolsillos.

Ignacio no se gira.

—¿Quieres que conduzca? —pregunta, con voz tensa.

—No. Ya estás donde debes estar —responde Volkov, con un español impecable, de acento casi neutro, apenas un deje eslavo en las erres.

Durante unos segundos, solo se escucha el motor del otro coche y el leve crujir de la grava bajo las suelas del hombre que custodia la puerta.

—Cuando era niño —dice Volkov al fin—, en mi pueblo, en Siberia, nos contaban una historia sobre lobos.

Ignacio frunce el ceño sin moverse.

—Más tarde comprendí que, probablemente, solo era una de esas leyendas que los ancianos repiten para asustar o educar. Pero las buenas historias no necesitan ser verdad para describir la naturaleza de los hombres.

Hace una pausa breve.

—Decían que, en los inviernos más duros, una manada bajaba hasta las afueras del pueblo. Los lobos cazaban juntos, se protegían juntos. Si uno caía, no lo dejaban atrás, compartían lo que encontraban. No por bondad, sino por pura necesidad.

El ruso se inclina un poco hacia delante. Ignacio siente su presencia detrás de la nuca.

—Un año, uno de esos lobos empezó a alejarse. No se fue de golpe. Solo dejó de seguir el ritmo. Se quedaba atrás. Miraba hacia el bosque, hacia otro lado. Soñaba con cazar solo. Con no tener que compartir la comida.

Volkov deja escapar una leve risa sin humor.

—Un día, el lobo desapareció. Nadie lo vio morir. Algunos decían que fueron los cazadores. Otros, que el hielo del río. Mi abuelo siempre terminaba la historia igual. «No importa quién lo mató. Importa que dejó de ser de la manada, y entonces dejó de existir» .

Silencio. El aire dentro del coche parece haberse espesado.

—No sé si los lobos de verdad se comportan así, Ignacio —admite Volkov—. Me da igual. Los hombres sí. Los negocios. Los pactos. A eso en Rusia lo llamamos vivir entre lobos. Y quien vive entre lobos, ya sabes el dicho, tiene que aullar como uno.

Ignacio traga saliva, la mirada perdida adelante.

—Yo no he traicionado a nadie —musita—. Solo… he pensado en parar. En tomar distancia. He cumplido siempre.

—Lo sé —dice Volkov, sin rastro de ironía—. Aún no has traicionado. Pero has empezado a imaginarte fuera. A hablar con gente que no es de la manada. A considerar vender, desaparecer, limpiar tu nombre. Has mirado hacia el bosque .

Se reclina en el respaldo, como si el veredicto ya estuviera dictado.

—Nuestro acuerdo no era un contrato, Ignacio. No tenía letra pequeña ni firma. Era un pacto. De lobos. Te sentaste a la mesa con nosotros, escogiste los pedazos más tiernos. Nadie te obligó.

Su voz se vuelve más baja.

—La lealtad, aquí, no es un ideal. Es la única forma de seguir respirando. Y las dudas son el principio de la traición.

El hombre del tatuaje permanece inmóvil. Ignacio nota cómo una gota de sudor le resbala por la espalda, atrapada bajo la camisa.

—Hasta estos árboles entienden la ley —añade Volkov—. El que se inclina demasiado, se parte. Y el bosque sigue. Siempre sigue.

Chasquea los dedos. El hombre del tatuaje abre una pequeña bolsa negra que lleva en el regazo. De su interior extrae una botella de cristal grueso, sin etiqueta. Whisky escocés, del caro. El líquido ámbar brilla tenuemente bajo la escasa luz del salpicadero.

Ignacio lo mira, confundido. O finge estarlo.

—¿Qué es esto?

Volkov se inclina hacia delante y apoya una mano sobre el respaldo del asiento del conductor.

—Lo que mereces. Y lo sabes.

Antes de que Ignacio pueda reaccionar, siente cómo el cinturón de seguridad se bloquea con fuerza sobre su pecho.

El hombre del tatuaje lo sujeta por la muñeca derecha con una sola mano.

El más bajo, el que está fuera, abre la puerta del conductor y le inmoviliza el brazo izquierdo.

Volkov le quita el tapón a la botella con un gesto elegante y se la pasa al hombre del tatuaje, que la apoya contra los labios de Ignacio .

—Respira por la nariz. No querrás atragantarte —susurra Volkov, en tono casi paternal.

El primer trago arde. Ignacio forcejea, pero le cierran la nariz y lo obligan a tragar.

Luego otro. Y otro más. La botella desciende lentamente, como un reloj de arena invertido.

Cuando intenta girar la cabeza, la mano del tatuaje le sujeta el mentón.

Pasados unos minutos —quizá diez, quizá quince—, Ignacio jadea.

El aliento le huele a fuego. Las sienes le laten. El estómago se le revuelve.

Volkov observa. Sin prisa. Saca un pañuelo blanco y se limpia los dedos con delicadeza.

—El cuerpo humano empieza a perder el control a los treinta minutos, dependiendo del peso, del hígado, y de lo que uno tenga en la conciencia —dice, mirando su reloj suizo—. Pero tú, tú siempre has sido más rápido.

Ignacio ya no distingue si es noche cerrada o si sus párpados se han rendido al veneno que le recorre la sangre. Solo sabe que el mundo se ha vuelto espeso, irreal, y que cada vez que intenta enfocar algo, la imagen se desplaza como si flotara en otra dimensión.

Oye puertas que se abren. Manos que lo manipulan con fuerza. Lo sacan del asiento, lo arrastran fuera del coche y lo sujetan por debajo de los brazos. El suelo bajo sus pies es de tierra húmeda. Resbala. No controla nada. La cabeza le cae hacia delante, el estómago le arde, pero no vomita.

Alguien le habla, quizás en ruso, quizás en otra lengua que no reconoce. Palabras cortas, una orden. Luego otra. Un zumbido metálico de motor encendido y el crujido de neumáticos en grava.

Lo empujan al asiento del conductor. Nota cómo lo encajan al volante como si fuera un maniquí de carne.

Le colocan las manos en posición, y los dedos se le escapan de la forma como si no le pertenecieran.

La frente le golpea suavemente el volante.

Suelta un gemido, apenas un eco en su garganta reseca .

Un cinturón se abrocha a la fuerza. Y entonces, el coche empieza a moverse.

Gana velocidad. Ignacio nota la inclinación en su estómago.

Los árboles pasan a ambos lados como sombras líquidas.

El mundo da una vuelta entera sobre sí mismo.

Siente cómo su cuerpo sale proyectado contra el cinturón, el pecho se le comprime y algo dentro se parte con un chasquido seco.

El coche rebota una vez, y otra, y rueda ladera abajo, entre ramas y piedras. El capó se pliega como papel mojado. Las puertas se deforman. La luna delantera se estrella con un sonido sordo y el metal se arruga como papel.

Ignacio ya no siente miedo. Ni ira. Ni siquiera dolor. Solo una extraña paz momentánea.

Hasta que todo se funde en un absoluto silencio.