El pacto de los lobos (Lobo y Delgado 4) 5
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Juan Ortigosa los acompañó hasta la puerta de la vivienda.

Caminaba con las manos en los bolsillos del jersey y la mirada baja.

Al llegar al umbral, se detuvo sin cruzarlo.

Nora se volvió hacia él y, con la voz baja y medida, le dijo que entendían que su madre no estuviera en condiciones de recibir a nadie todavía, que el golpe había sido demasiado reciente y que los calmantes hacían su trabajo, pero que cuando se encontrara un poco mejor les gustaría hablar con ella, cuando se sintiera capaz.

Juan asintió apenas, agradecido. Nora devolvió el gesto con una leve inclinación de cabeza y descendió los tres escalones del porche.

Lobo lo hizo tras ella, apoyando el bastón con un sonido opaco sobre la piedra pulida del suelo.

Al llegar a la Kombi y abrir el portón trasero, Luna saltó y empezó a ladrar, correteando alrededor de Nora.

Juan se encogió al primer ladrido. No fue un sobresalto ni un gesto aparatoso, más bien una contracción mínima de los hombros.

Nora lo vio desde la distancia. No dijo nada, pero alzó ligeramente la mano, como señal de disculpa por los ladridos de la perra.

Luego se volvió hacia Luna y le hizo un gesto con el brazo, imperativo.

La perra se detuvo de inmediato, la cola aún alzada, pero sin ladridos, y acabó por sentarse junto a la rueda trasera, mientras jadeaba con la lengua fuera.

Nora miró de nuevo hacia la casa. Juan seguía allí, inmóvil bajo el dintel, como si aún dudara entre despedirse o desaparecer. Solo cuando ella desvió la vista, lo vio replegarse hacia el interior y cerrar la puerta con lentitud.

— Quillo , ¿cómo dijo que se llamaba la enfermedad?

—Hiperacusia .

—Debe ser terrible vivir así, con lo que a mí me gusta el jolgorio —y acarició el lomo de Luna que respondió con un sonoro ladrido.

Lobo arrancó el motor y al instante se puso la radio, donde un tertuliano exaltado comentaba que el fallecimiento del empresario Ortigosa era la noticia del año.

Nora lo acalló de inmediato y cambió al viejo reproductor de CD.

Tardó unos segundos en encontrar el disco que buscaba.

Lo introdujo y, tras un leve zumbido, comenzó a sonar la guitarra de Paco de Lucía.

Solo eso. Sin palmas, sin cajón, sin nadie que interrumpiera el hilo invisible entre las cuerdas y el aire.

Era “Reflejo de luna”, y durante los primeros compases no hablaron.

—No me apetece escuchar tertulias, pero la guitarra de Paco me ayuda a pensar. Y tenemos que revisar lo que tenemos.

Lobo hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

—Ignacio Ortigosa es el presidente de la mayor empresa constructora de Castilla La Mancha.

Tras una gala en Madrid, regresa a su finca en los montes de Toledo.

Tenía prevista una jornada de caza a la mañana siguiente, actividad a la que era un gran aficionado.

Pero nunca llega a su destino, completamente borracho pierde el control en una curva.

Iba solo en el coche. No se han detectado huellas de otros vehículos que se vieran implicados en el accidente.

No se ha podido rastrear el móvil, ya que no lo llevaba consigo, algo habitual, ni el GPS del vehículo, que tenía desactivado —Lobo empezó a golpear el volante con el dedo índice al ritmo de los acordes de la guitarra de Paco de Lucía—.

Pero su hijo nos asegura que no bebía y alguien podía tener interés en acabar con él.

—De la primera parte, por ahora, paso. Es decir, que intereses económicos o relevos de poder hay detrás de las empresas de Ortigosa, de momento nos faltan datos.

Lykaina está trabajando en ello y ya conocemos su habilidad para navegar por la internet profunda, sortear cortafuegos y acceder a información confidencial.

Es la mejor hacker que existe, así que tenerla de nuestro lado, aunque sea en compensación por una generosa cantidad económica, es un plus.

Lobo se mostró de acuerdo con un movimiento ladeado de la cabeza. Ella continuó desgranando su conjetura.

—De modo que, si damos credibilidad a lo que nos contó su hijo, una posibilidad es que alguien obligara a beber el alcohol al empresario. Dejar que hiciera efecto y lanzarlo en su coche por la pendiente.

—Pero se resistiría. No hay señales de que le acompañaran, la última cámara que lo capta demuestra que iba solo.

—Cierto, como bien decías no llevaba el móvil y el GPS del coche estaba desactivado. Vamos a suponer que Ignacio no quería que esa noche le pudieran rastrear. O que alguien no quería que le rastrearan —añadió mientras entrecerraba los ojos.

—¿Cómo obligas a otro a beberse una botella de alcohol fuerte? —preguntó Lobo.

—Mi arma , hay muchas formas. Una opción es a la fuerza, claro. Agarrarlo, atarlo y embutirle el alcohol sin dejarte respirar por la nariz.

Lobo asintió.

—Pero existe otra forma. Más limpia. Más elegante.

Más eficaz —Hizo una pausa, buscando las palabras—.

Lo que intento decir es que quizá no le forzaron con violencia.

A veces, basta con una amenaza donde más duele —Se acomodó en el asiento, sin quitar los ojos del paisaje que se abría ante ellos—.

A Ortigosa lo citaron en algún punto de la carretera.

O lo convencieron de tomar una decisión que ya venía madurando por dentro.

Y quizá esa decisión no era solo empresarial, sino personal.

Lobo desvió un momento la vista de la carretera .

—¿Estás diciendo que se suicidó?

—No, estoy diciendo que otra opción es que le ayudaran a dar el paso final.

¿Recuerdas a Manuel Suances? La única forma que encontró de silenciar su pasado fue quitándose del medio.

A veces el verdadero disparo es una amenaza dicha al oído, una verdad demasiado dolorosa que puede salir a la luz.

Debemos averiguar quien fue la última persona que lo vio con vida y de que hablaron.

La Kombi avanzaba con suavidad por la carretera que descendía hacia Toledo.

El otoño estaba en ese punto exacto en que la melancolía se volvía belleza.

Los árboles salpicaban el paisaje de ocres, amarillos y naranjas, y la niebla tenue que había cubierto los campos a primera hora se iba disolviendo.

Nora entrecerró los ojos, dejó que el sol le diera en la cara a través del cristal y sonrió apenas.

Se acomodó mejor en el asiento y cruzó los brazos, con la cabeza ladeada.

—Ay, … —dijo al fin ella, con ese tono entre asombro y ternura tan suyo—. ¿Tú has visto eso?

Lobo no contestó. No hacía falta. Desde la carretera elevada, la vista de Toledo se desplegaba como un tapiz antiguo bordado con siglos de historia. El Tajo abrazaba la ciudad en un meandro casi perfecto, y el agua, tranquila pero firme, reflejaba los tonos dorados del otoño.

—Mira el Alcázar, allá arriba, como un centinela de piedra que nunca se duerme —añadió Nora, señalando el imponente edificio rectangular coronado por sus cuatro torres—.

Ese monstruo de granito ha visto más guerras que películas tu sobrino.

Franco lo convirtió en emblema, pero el Alcázar ya era símbolo desde mucho antes.

Y sigue ahí, como si supiera todos los secretos de España, pero se los guardara por puro orgullo.

La Kombi descendía lentamente, y el perfil de la ciudad se hacía más cercano. El Hospital de Tavera, en primer plano, les saludaba con su sobria elegancia renacentista, y las casas apretadas del casco antiguo se apilaban unas sobre otras como si quisieran escalar hacia el cielo.

—Y las murallas, y los tejados, y esos callejones que parecen susurrarte cosas cuando los cruzas de noche...

—dijo Nora, bajando un poco la ventanilla para que entrara el aire fresco—.

Esta ciudad tiene memoria. Y las memorias viejas nunca mueren del todo.

Se quedan esperando. Como los fantasmas.

Como los crímenes sin resolver —inspiró hondo antes de que sus labios dibujaran una sonrisa—.

Vamos a hacer una cosa. Antes de volver al apartamento, me vas a buscar un sitio con pan del bueno, tortilla jugosa y café negro.

Luna certificó la propuesta con un ladrido.