Pamplona, junio de 2024
—De verdad que no sé cómo aguantas esto, Txomin.
El hombre dejó escapar una sonora carcajada.
La televisión les devolvía el soniquete de un montón de tertulianos discutiendo. Era uno de esos magacines que se emiten por las mañanas donde la realidad se disecciona según el canal, amarilleando más o menos las noticias por las que el resto debemos crisparnos ese día.
—Me entretiene —explicó, encogiéndose de hombros—. ¿No vas a comer nada?
—No. He quedado con Aitor para desayunar.
— ¿Y no podéis desayunar aquí? —preguntó, ligeramente molesto.
—No, porque para empezar no nos dejarías pagar. Y para seguir, esto no es terreno neutral. Si la cosa se pone tensa, te veo saltando desde el otro lado de la barra —bromeó.
El hombre asintió, orgulloso.
—Cómo lo sabes —asintió, entre risas.
Julia se terminó de un trago el café. Aquello no contaba como desayuno, era prácticamente lo primero que hacía al levantarse. Con el primer café se despertaba, con el segundo comenzaba a funcionar.
«En otro orden de cosas, Lucía Benítez, la actriz conocida por películas como Cólera en tu piel , se encuentra hospitalizada en su propio domicilio.
Al parecer sufrió un altercado la semana pasada del que poco se sabe.
Lo que sí parece es que se encuentra en buen estado y volverá con la promoción de su nueva película la semana que viene… ».
La inspectora sonrió. Las cosas se iban colocando poco a poco en su sitio. Aunque todavía quedaban varios cabos por atar, y algunos estaban solo en su mano.
Se despidió de Txomin y se dirigió al local donde había quedado con Aitor.
Se trataba de una de esas cafeterías cuquis que ha bían abierto en el centro donde daban cafés a cinco euros, té matcha y otras lindezas en forma de bollería industrial y chía a precio de trasplante.
Aitor estaba aparcando la bici justo cuando ella llegó.
Se saludaron con un abrazo y un pico mientras él terminaba de ponerle el candado.
—¿Desde cuándo la tienes? —sonrió, divertida.
—Desde hace un par de meses.
—No te pega nada —se carcajeó.
—Pues es más sostenible que andar en coche.
— En eso tienes toda la razón. Mientras no te atropellen , me doy por satisfecha.
Entraron al café y pidieron una mesa cerca de la ventana.
La gente andaba con cierto trajín por el Casco Viejo.
Julia pidió una tostada con jamón y aguacate y un café, Aitor, un bol de yogur con fruta y más semillas de las que hubiera podido nombrar hacía unos meses.
Hablaron de cosas livianas mientras les servían la comanda.
El tiempo, la buena marcha de la librería, los tápers de la madre de Aitor.
Julia le dijo que todavía no había hablado con Aurora desde que había llegado a España.
Automáticamente se sintió un poco culpable y decidió que la llamaría al salir de allí.
—Te veo cambiado —dijo ella, de repente, con cierta ligereza. No había reproche ni acritud en sus palabras . Era una mera observación.
Él se observó a sí mismo. La ropa. Las manos.
—Estoy igual.
—No es eso —sonrió ella—. Hay cosas. No sé, por ejemplo. Lo de la bici.
—Ya te he dicho que…
—Traerme a este sitio para desayunar.
—¿Qué tiene de malo este sit…?
—Nada —cortó—. Eso es. No tiene nada de malo. Es solo que siento que no te pega. O que no…
—Que no te conozco —completó él.
Los dos se quedaron mirando los cuatro euros de café que les quedaban en la taza.
—¿Qué nos está pasando, Julia? Yo también te siento cada vez más lejos.
Sé cómo es tu trabajo , y lo entiendo. Sé que a veces no estás disponible para hablar.
Pero me da la sensación de que la distancia que hay entre los dos no es solo física .
Que mis llamadas o mis mensajes han pasado a la última posición de tus prioridades. Incluso cuando sí tienes tiempo .
Ella continuó mirando su taza, meditando.
—Es verdad.
—¿Qué es verdad?
—Que yo tampoco sé lo que nos está pasando.
Se miraron un momento, despacio , con franqueza.
—¿Sabes que te quiero, verdad…? —musit ó Aitor.
—Lo sé. Y yo también te quiero —sonrió—. Pero hay muchas formas de querer.
Silencio de nuevo. Julia tomó una gran bocanada de aire.
— Creo que nos cruzamos en un momento en el que los dos nos necesitábamos, Aitor.
Yo jamás había estado con alguien como tú.
Por primera vez en mucho tiempo me sentía atraída por alguien bueno, sencillo, transparente.
Y el muro que derribé para estar contigo fue el mismo que yo había construido.
Ahora siento que estoy volviendo a colocar ladrillos a mi alrededor.
—¿Por qué? ¿Qué es lo que ha ido mal? ¿Ha sido algo que yo…?
— No sé qué es lo que ha salido mal. — Julia se encogió de hombros—.
Y quizá no sea malo. Quizá solo tenía que salir así.
Eres una persona excepcional, Aitor. Pero yo estoy en un punto de mi vida en el que ni siquiera sé lo que quiero.
Sé que podríamos estar muy bien juntos, pero yo necesito saber quién soy.
Ya ni siquiera sé dónde quiero estar ni qué quiero hacer.
Aitor abrió la boca, sorprendido. Iba a replicar algo, pero ella fue más rápida:
—He pensado en dejar la Brigada —confesó—. Ayer, en el funeral de Beloki, Nekane me dijo una cosa que me dejó pensando. Él tenía clara su vocación. Dio su vida por ello. Yo no sé si daría la mía.
—Pero eso no quiere decir que no sea tu vocaci ón. Yo tampoco arriesgaría mi vida por según qué cosas.
—Lo entiendo, pero se trata de algo más profundo . La labor que he estado haciendo con Mark estos meses me ha llenado de formas que ni conocía. Sentir que estoy haciendo algo que ayuda a preservar la historia, a completar el trabajo de mi padre…, no sé. Es difícil de explicar.
Aitor meditó un momento su respuesta.
— Tú no tienes por qué acabar el trabajo de tu padre —protestó, sintiendo una pena que se le agarraba en la garganta.
—Lo sé, pero no se trata de una decisión a la ligera. Estando aquí me he dado cuenta de lo mucho que disfruto haciendo eso. Y quizá sea el momento de cambiar de aires del todo.
Él agachó la mirada. Sus ojos se anegaron en lágrimas. Sabía lo que significaba.
Julia sonrió con tristeza y le tomó la mano.
—Espero que lo entiendas. Mi crisis no eres tú. Mi crisis está dentro de mí.
Aitor asintió.
—Además, creo que te dejo en buenas manos.
Él la observó, extrañado.
—Venga ya, Aitor. Estoy hablando de Leyre. Es evidente la química que hay entre vosotros —sonrió, esta vez sí, con amplitud.
El otro enrojeció, avergonzado, apartando la mano.
— No ha pasado nada.
—Estoy segura de que no. Pero todos estos meses sé que ella te ha ayudado .
Os he visto y os he oído en la distancia .
Sé que los dos os queréis mucho. Hacéis muy buen equipo.
Y algo me dice que yo soy la que sobra en la ecuación.
No me digas que ni siquiera se te había pasado por la cabeza.
—Dio un sorbo al café, que a esas alturas ya estaba helado .
Se produjo un breve silencio. Aitor removía el café con parsimonia, como si quisiera observar el fondo de la taza.
—Yo… Es verdad que estas últimas semanas he estado algo confundido con eso —confesó—, pero nunca se me ocurriría…
—Lo sé. Y te agradezco la sinceridad. Y la lealtad. Pero quiero que sepas que tenéis mis bendiciones.
El otro parpadeó.
—¿Eso quiere decir que tú y yo ya no…?
Julia se encogió de hombros.
—Espero que podamos seguir siendo amigos. No quiero perderte por nada del mundo, Aitor. Formas parte de mi vida de una manera tan íntima que mi pequeño castillo de naipes se vendría abajo.
Él sonrió, melancólico.
— Yo tampoco quiero perderte.
—Entonces estamos en la misma página.
—De acuerdo en el desacuerdo.
Ambos se levantaron y se fundieron en un largo abrazo.
De camino a comisaría, Julia notó el estómago lleno de unas mariposas que eran difíciles de identificar.
Se sentía en paz. Había algo de ilusión, de miedo, y una ternura infinita por haber sabido hacer las cosas bien con Aitor, al final .
El mérito, claro está, no era solo suyo.
Saber dejar atrás una relación sin quemar todas las naves es una de las cosas más difíciles a las que se enfrenta una pareja.
Pero ellos lo habían logrado. No podía ser de otra manera.
Animada, sintió que era la ocasión perfecta para disfrutar del sol y de la siguiente conversación trascendental del día. Se puso los auriculares y llamó a su madre.
—¡Cariño! —se oyó al otro lado —. ¿Qué tal estás? ¿Pero qué hora es allí?
— Hola, mamá. No me mates, pero estoy en España, en casa, en Pamplona.
—Pero ¿cómo no me has avisado? —La indignación de la mujer estaba más que justificada.
—Es muy largo de contar. De hecho, quería saber si vas a estar por Lekeitio. Me gustaría pasar unos días allí contigo.
—¿Qué pasa, hija? Me estás asustando.
—Nada, tranquila. —Julia dejó escapar una leve risa—. Es solo que estoy pensando algunas cosas que me gustaría compartir contigo. ¿Me acoges en tu casa?
— Eso ni se pregunta.
—Mañana me tienes por allí .
—Aquí te espero, cariño. Un beso.
La inspectora colgó y se sintió tan liviana como una pluma.
«Vamos a por la última ronda», pensó.
Al llegar, se dirigió al despacho. Observó a sus compañeros sentados encima de la mesa, uno al lado del otro. Ozcoidi estaba cabizbajo. Aguirre tenía la mano sobre la espalda.
—¿Qué ocurre? —preguntó alarmada.
—Le han roto el coraz ón —explicó Aguirre.
Julia resopló. Le apretó el hombro con cariño.
—¿Y crees que no tiene arreglo?
—No lo sé… Yo creo que se ha hartado de mí —murmuró Ozcoidi.
—Pues peor para ella —replicó la inspectora.
Ozcoidi levantó la barbilla hasta mirarla a los ojos. Los tenía irritados, se veía que se había pegado una buena llorera.
—No es ella —pronunci ó, despacio—. Es él.
Julia parpadeó, desconcertada. Pensaba que Ozcoidi seguía con su novia de toda la vida, Sara. Aquello la había pillado fuera de juego.
—Lo conocí hace un par de meses —confesó—, y creo que se ha hartado de esperar. Esperar a que yo diera el paso… Y asumir que también pueden gustarme… los hombres .
Aguirre le frotó con cariño la espalda.
—Es el chico que vino a buscarme al cementerio.
Julia recordó el coche que estaba esperando en doble fila.
—Bueno … ¿y no tiene arreglo? —repitió la inspectora—. Entiendo que debe de haber sido un viaje empezar una relación tan nueva para ti.
Ozcoidi se encogió de hombros.
—Mi idea era presentároslo el otro día, pero con el viaje exprés a Vitoria volví a cagarla y, sin demasiadas explicaciones, lo mandé para casa. Entiendo que esté enfadado y ya no sepa cuándo confiar en mí.
—Prueba a hablar con él. Estoy segura de que le encantará saber que nos lo has contado.
Si es listo, sabrá que estás siendo sincero.
Además, si pretende salir con un agente, que se prepare para dramas y cambios de plan y cosas así…
Venga, mándale un mensaje y dile cuánto nos alegramos por ti, y de paso discúlpate por nuestra parte, también.
Nos habría encantado conocerlo el otro día, pero el deber llama…
Ozcoidi pareció replantearse la situación.
— Sí, creo que voy a decírselo…
—Pero como me entere de que te parte el corazón… —se apresur ó a decir Julia antes de que su compañero desbloqueara el móvil—, tengo un par de huecos en los calabozos. Cuidadito.
Rieron. Ozcoidi le agradeció la chanza. Se frotó los ojos con avidez para secarse las lágrimas y dio un pequeño salto para ponerse en pie.
—Yo también os tengo que contar una cosa —anunció Julia.
— Y nosotros a ti —replicó Aguirre, tomando unos papeles—. Crisp ín ha venido hace un rato. Tenemos un dato bastante curioso.
—¿Más sorpresas?
—El informe de la autopsia de Juan Ibarra ha dado una coincidencia del cien por cien con el ADN que encontraron bajo las uñas de Beloki.
—Así que fue él. —Julia apretó los labios—. Pero no lo entiendo, ¿por qué dijo Ricardo que había dado una coincidencia con Rufino?
—No era coincidencia con Rufino, sino con su expediente.
Ahí teníamos identificado el ADN de Carla que usamos para confirmar la identidad de Rufino.
Crispín se quedó con la mosca detrás de la oreja porque la coincidencia del ADN de Carla bajo las uñas de Beloki era parcial y además indicaba un perfil masculino.
—Pero si aun así existe una coincidencia eso quiere decir…
—Que Juan y Carla son parientes, sí. Por lo que indica el perfil genético, un parentesco de segundo grado.
—Joder… ¿Tío y sobrina …?
—Eso dice Crispín.
Julia se dejó caer en una silla. Casi se podían oír los engranajes de su cabeza.
—Pero si eran tío y sobrina… ¿Victoria era hermana de Juan?
—Medio hermana, por lo que se puede ver en los alelos compartidos. Eso quiere decir que el abuelo de Carla tuvo una aventura con una mujer y fruto de aquello nació Juan.
—Un hijo ilegítimo. Un escándalo —murmuró la inspectora.
Su compañero asintió.
—Antes no era infrecuente. Que el señor de la casa tuviera una aventura con alguien del servicio, por ejemplo.
—Eso explicaría por qué Juan estaba tan interesado en el señorío. Era su casa, su hogar, casi por derecho… ¿Lo sabe Carla? —Los agentes negaron al unísono—. Creo que deberíamos decírselo. Esto la exculpa de la muerte de Beloki.
—Yo me encargo —propuso Ozcoidi, tan solícito como siempre—. Y ahora tú, jefa. ¿Qué era eso que querías contarnos?
Julia sonrió. Por primera vez en mucho tiempo, lo hizo sin melancolía.