El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3) Epílogo. Señorío de Elío, noviembre de 2024
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Epílogo. Señorío de Elío, noviembre de 2024

Epílogo

Aún era temprano para recibir las primeras nieves, pero la mañana amaneció vestida de novia.

Carla destapó la leña del cobertizo del jardín, cubierta con un plástico para evitar la humedad , y tomó un par de troncos.

Cojeando, volvió dentro. Limpió con esmero la chimenea del apartamento y la puso a funcionar.

Era la primera vez que lo hacía sola. Mientras el fuego crepitaba, observó los retratos de Fabiana y Victoria en el salón.

La abuela la miraba de frente, vestida de luto, como siempre lo había hecho, pero su mirada se percibía distinta.

No había amenaza ni soberbia, sino satisfacción.

La imagen de su madre estaba congelada con una sonrisa despreocupada.

Una forma de descanso en la eternidad que al menos le hacía justicia.

Respiró hondo. Se sentía parte de una estirpe de mujeres luchadoras y resilientes.

Cuando el chisporroteo se afianzó, se dirigió a la cocina.

Tomó su medicación, dos pastillas por la mañana y dos antes de acostarse.

Después fue hacia el jardín de entrada. Había que retirar todas las hojas secas de las bases de los árboles para evitar que se pudrieran y trajeran hongos.

También tocaba podar los arbustos y dejarlos listos para hacer frente al invierno.

De repente se vio envuelta en un trajín autoimpuesto de limpieza, jardinería y puesta a punto del palacio para el frío.

Pero la realidad no era esa.

Estaba nerviosa. Necesitaba tener las manos y la mente ocupadas. Lucía llegaría pronto y quería que todo estuviera perfecto. Se sentía volviendo a la casilla de salida, a los trece años, a la asimetría de la relación que las unía en aquella época.

Carla había contactado con ella al terminar el verano.

Habían necesitado meses para reposar lo que sucedió en Izarra.

A  finales de septiembre escribió al marido de Lucía para ver cómo se encontraba la actriz.

El hombre había hecho de puente de comunicación entre ambas.

Su esposa continuaba de promoción de la película y andaban de acá para allá.

Habían logrado contar una historia plausible y convincente a los medios en la que se justificaba la desaparición inicial de la actriz a raíz de un rodaje que se había tornado demasiado exigente.

Sus apariciones en público habían sido contadas y siempre medidas para que todo resultase perfecto y creíble.

El secreto profesional en el hospital y el de sumario policial habían evitado un escándalo públi co que habría llenado las páginas de las revistas con su secuestro exprés.

Aunque sabía que nada de lo que había ocurrido era su culpa, Carla no podía evitar sentirse responsable de haber puesto en peligro la vida de Lucía.

El rumor de un vehículo la hizo dejar el rastrillo a un lado.

Se acercó a la entrada y vio a la actriz llegar en un pequeño utilitario gris.

Carla esperó a que Lucía bajara del coche.

Ella miró al palacio, al jardín y a la propia Carla alternativamente, como si estuviera reconstruyendo el espacio que un día se convirtió en el paraíso de los horrores.

—Hola, Lucía. Gracias por venir —la saludó, nerviosa .

La actriz se quedó mirándola en silencio. Vestía vaqueros, botas gruesas y un jersey de cuello vuelto. Tenía el pelo algo más corto, estaba igual de delgada que siempre y sus mejillas lucían un color sonrosado.

Sin mediar palabra , se fundió en un abrazo con ella.

—Gracias a ti por invitarme.

Caminaron por el sendero del jardín hacia el zaguán. Lucía iba escudriñando cada piedra, cada planta. Era como si quisiera reconstruir un puzle al que le faltaban piezas.

—Esto está muy cambiado…

—Lo estoy dejando a mi gusto.

Subieron las escaleras hacia el apartamento. La chimenea había hecho su trabajo y el ambiente era cálido y acogedor. Carla la invitó a sentarse en el sofá.

—¿Te apetece beber algo?

—¿Puedo fiarme…? —preguntó, socarrona.

Carla le sonrió de vuelta.

—¿Por qué no me acompañas y preparamos el café juntas?

Las dos mujeres se pusieron manos a la obra en la cocina. Carla sacó un sirope de arce que había comprado en una tienda de Pamplona a muy buen precio y unas pastas de Layana.

—Creo que la promoción de la película está yendo bien, ¿no?

— Estoy deseando terminar. Es agotador.

—¿Tienes algún proyecto nuevo en mente?

—Puede que me dé un tiempo de descanso. Quiero disfrutar un poco de Maika, que ya está mayor. Javier tiene ganas de volver a hacer cosas. Quizá sea el momento de ser yo la que lo acompañe ahora.

—Eso está muy bien.

—¿Tú qué tal estás…? —Con tiento, señaló la pierna.

— Oh, esto —le quitó importancia—. Parece que tengo una rotura de fibras que no se va a terminar de curar nunca. Pero por lo menos puedo hacer vida normal.

—Me alegro mucho. ¿Tienes… tienes a alguien que te ayude?

—Por ahora me las apaño bien sola —sonrió . Hizo una pausa—. Escucha, Lucía. Quiero pedirte perdón por todo lo que tuviste que vivir en junio. Quiero que sepas que yo no sabía… que Juan…

—No. —La actriz hizo un gesto con la mano para frenarla—. La que quiere pedirte perdón soy yo. Llevo muchos años en una gran deuda contigo. Creo que lo que sucedió es porque en parte me lo merecía.

—Pero ¿qué estás diciendo…?

—Yo no hice bien, Carla. En el colegio. Cuando sucedió lo de Beatriz…

Yo… Elegí mirar para otro lado. Siempre he sido una engreída.

Sabía que Bea se estaba viendo con un profesor, pero, lejos de pensar en el peligro que suponía, tenía envidia.

—Carla la miró, sin entender—. Sí, envidia.

Ahora puedo decirlo en voz alta. Envidia de no ser yo la elegida, la mirada.

He pasado por muchas sesiones de terapia hasta entender que lo que realmente necesitaba era atención.

Es lo que siempre he querido. Y hasta aquí he llegado, hasta tener un foco o una cámara permanentemente detrás de mí.

No sé si es justicia poética, pero soy consciente de que he sido la más afortunada de las tres.

Tú no merecías lo que te hicieron. Yo debería haber sido más valiente. Y Bea…

—Bea no se merecía acabar así —terminó Carla por Lucía—. Pero fue ella la que saltó por aquella ventana. Tú no…

—En cierto modo, siento como si la hubiera empujado —cabeceó, dejando escapar una lágrima—. Del mismo modo que te empujé a ti. Dije cosas horribles, Carla. Y sé que te ingresaron por ello.

—El centro quería deshacerse de mí, Lucía . Y también mi padre. Era una decisión tomada. Se apoyaron en cualquier argumento que pudiera servirles.

—No lo s é. Solo espero que puedas perdonarme algún día.

—Ya lo he hecho —sonrió, apretándole la mano con cariño.

Las dos mujeres volvieron a fundirse en un abrazo.

— Ojalá también pudiera pedirle perdón a Beatriz —se lamentó Lucía, con un hilo de voz.

Carla se separó un momento y la miró a los ojos.

—Si quieres, podemos intentarlo —sonrió.