El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3) Pamplona, junio de 2024
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Pamplona, junio de 2024

Aguirre aparcó en su plaza de garaje, apagó el motor y respiró hondo. Trataba de infundirse ánimos. Aquella conversación no iba a ser fácil ni liviana. Pero era necesaria.

Subió hasta el rellano por las escaleras, tratando de ganar tiempo para meditar bien sus palabras. Se detuvo un último instante delante de la puerta y, cuando estaba a punto de hacer girar la llave, Elisa abrió.

—¡Joder, qué susto me has dado! —Se sobresaltó al verlo allí parado.

—¿Te vas?

—He dejado a los críos con mi madre. Voy a hacer un par de recados y algo de compra .

—¿Te importa si hablamos un momento?

Ella lo miró con recelo.

—Luego me encargo yo de ir a comprar.

—Vale.

Volvió al interior de la vivienda.

Aguirre se quitó las zapatillas con calma.

Se movía deliberadamente despacio. Era una especie de carrera contra sí mismo en la que ya iba perdiendo.

Elisa se sentó en el sofá, con los brazos cruzados, sin mediar palabra.

Él se aproximó y se dejó caer al lado. Los dos miraban de frente, incapaz de sostenerse con los ojos, de abrir fuego.

—No quiero empezar diciendo que tenemos que hablar, pero es que no se me ocurre otra frase —confesó él.

—Ya —resopló.

Aguirre tomó aire. Iba a tener que emplearse de lo lindo para obtener algo más que monosílabos.

—Entiendo perfectamente tu enfado.

— ¿Ah, sí?

—Sí. Yo también estaría enfadado.

— Pues parece importarte bien poco.

—Creo que estas últimas semanas no he tenido la cabeza donde la debía tener.

—Eso no es ninguna sorpresa.

—No, pero la novedad es que ahora sí que lo veo.

—¿ Y tengo que creerte?

—Me gustaría.

—¿Por qué? ¿Esta vez es distinto?

—Sí, porque he tocado fondo. He llegado al límite. A vuestro límite. Y no quiero perderos.

Elisa agachó la cabeza.

—¿Y se supone que yo tengo que cargar con ello, perdonarte, y hacer como si nada?

Pablo, sé que has vuelto a las andadas. El otro día apestabas a alcohol, a tabaco y vete a saber a qué más.

—Comenzó a temblarle la barbilla—. Vi tu analítica en el hospital.

Estoy harta de sostenerte. De mirar para otro lado.

De esperar a que te entre la cordura. Eres padre.

Somos padres. Pero aquí ejerzo yo sola mientras tú te escaqueas.

Los críos preguntan por ti, y la excusa del trabajo sirve hasta cierto punto.

Hasta ellos se dan cuenta de que no quieres pasar tiempo en casa.

¿Sabes qué me preguntaron el otro día? ¿Lo sabes?

«¿Papá nos quiere?». —Elisa soltó estas últimas palabras con rabia y con lágrimas.

Aguirre apretó los labios y miró al techo. Definitivamente había tocado fondo.

—Eso duele.

—Pues imagínate a mí —replicó ella, enfadada, mientras se levantaba a por unos clínex—. ¿Qué es lo que quieres, Pablo? ¿Qué quieres de verdad? Porque si valoras más tu independencia que tener una familia, es el momento de poner las cartas encima de la mesa. Yo no puedo seguir ni un minuto más así.

—Lo único que sé es que no quiero perderos.

Elisa se echó a llorar con más fuerza. Aguirre se acercó y la rodeó con los brazos. Ella gemía contra su pecho. Era incapaz de articular palabra.

—Soy consciente de todo el daño que te he hecho, Elisa.

Por eso quiero pedirte perdón. Y a los críos.

La única manera de que veas que lo digo en serio es que me dejes quedarme contigo.

Esta vez no pienso cagarla. He perdido… He perdido mucho por no saber parar o por no llegar a tiempo.

Pero no pienso dejar que ocurra más. Te prometo que es distinto .

Déjame intentarlo una última vez. Si no, estás en tu derecho de mandarme a la mierda en cualquier momento.

Ella separó la cara del pecho de su marido y lo miró a los ojos por fin.

Aguirre vislumbró el principio del final de la tormenta.