Vitoria, junio de 2024
Julia se apoyó un momento en la pared del pasillo del hospital. Necesitaba aire, procesar aquello. La instrucción para reunir to das las pruebas y atar todos los cabos sería larga. Pero la foto es taba clara.
Lo que la había dejado fuera de juego había sido aquel último comentario de Carla.
¿A qué venía eso? ¿Acaso era posible…?
La médica que estaba al cargo de la supervisión de Carla se acercó por el pasillo.
—¿Ya han terminado?
Julia parpadeó, despertando del trance.
—Eh, sí, por hoy es suficiente. Aunque no descartamos tener que volver a hablar con ella en otro momento. ¿Qué pronóstico tiene?
—Tiene algunas costillas rotas, varios traumatismos en la cabeza y hay que vigilar la pierna para evitar una infección, pero ahora mismo no se teme por su vida. Eso sí, es un milagro que se haya salvado.
«Puede que sea el mejor momento para creer en milagros», pensó Julia.
—Lo que me preocupa es lo que le pueda ocurrir cuando le demos el alta.
—¿A qué se refiere?
—Necesita ingresar en un centro de salud mental.
—¿Cómo?
—Al acceder a su historial médico hemos visto una evaluación reciente llevada a cabo por un equipo de forenses.
Tiene esquizofrenia. Debería estar medicada.
Todo eso de que puede ver a los muertos, a su abuela…
Presenta alucinaciones visuales y auditivas que pueden representar un peligro para los demás y para sí misma.
Además, la exposición a ciertos alucinógenos ha podido agravar su estado o acelerar su deterioro.
Hemos encontrado indicadores de consumo de estupefacientes naturales y artificiales. ¿Necesitan un informe?
—Sí, por favor. Y manténganos al corriente de su evolución. ¿Cómo se encuentra Lucía Benítez?
—Ha pedido el alta voluntaria. Su marido vino a recogerla ayer, por lo visto van a optar por ingreso domiciliario. Sobre el cadáver de Juan Ibarra, el informe de la autopsia ya ha sido remitido al Instituto de Medicina Legal de Navarra a petición de sus compañeros.
—Gracias. —Julia sintió su teléfono vibrar. Era Aitor—. Tengo que dejarla.
La inspectora rechazó la llamada. Suspiró. Era la enésima vez que repetía aquel gesto.
Buscó a sus compañeros. Se habían sentado en una sala de espera anexa.
Aguirre apretaba los dientes. Tenía la cabeza en otra parte.
Ozcoidi tenía la vista perdida en un punto fijo de la pared.
Julia se perdió por el pasillo un instante antes de reunirse con ellos.
Marcó el número de Aitor, pero este no respondió. Optó por enviar un mensaje.
«Lo siento, se me ha complicado la tarde, pero mañana nos vemos por la mañana. Prometido. ¿Quedamos a las diez para desayunar?».
Antes de que pudiera cerrar el chat, recibió un escueto « OK » como respuesta .
Resopló. No podía pensar ahora en eso.
Los límites de su realidad estaban cada vez más difusos.