El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3) Vitoria, junio de 2024
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Vitoria, junio de 2024

—Podría haber venido a Vitoria yo sola —comentó Julia, taciturna, mirando por la ventanilla—. No hacía falta que me acompañarais.

Los tres conducían de nuevo por la autopista rumbo al hospital para hablar con Carla. Ni Aguirre ni Ozcoidi habían dudado ni un segundo en acompañarla.

—¿Y perdernos la primicia? Ni de coña —bromeó Aguirre—. Además, yo no tenía planes. Tú sí que habías quedado, ¿no?

—No —replicó Ozcoidi, con súbito rubor.

—¿No? He visto que venían a buscarte.

—Ya, bueno, pero no era importante.

Aguirre le miró de reojo.

—Volveremos pronto — prometió Julia.

Carla parpadeó, aturdida. A veces le costaba situarse, reconocerse en el hospital, tumbada, con una vía.

Los ertzainas que custodiaban su puerta por turnos le recordaban continuamente que no estaba allí por casualidad, que la pesadilla había sido real.

Una pesadilla que no había comenzado hacía meses, sino mucho tiempo atrás, siendo una niña.

Todo este tiempo había sido una advertencia.

Un recordatorio para mantenerse alerta. Elío estaba en peligro.

Ella estaba en peligro. La distancia que marcó su abuela en la vida y en la muerte con Juan tenía un propósito.

Sabía lo que iba a pasar. Quería protegerla.

Por eso solo la veía junto a él, en Elío.

Nunca en Canadá ni en ningún otro lugar, salvo si Juan estaba cerca.

Se dio cuenta en Izarra, cuando la vio por primera vez fuera del señorío. Ahí tomó conciencia de lo que estaba ocurriendo en realidad.

Juan quería demostrar que ella no estaba en sus cabales. Y lo peor de todo es que ella misma también dudaba de su salud mental.

«No sé si estoy loca —pensó—. Pero puede que eso sea lo que de verdad me está haciendo perder el juicio».

Una médica entró en la habitación.

—¿Cómo estás? — le preguntó mientras comprobaba la medicación.

—Bien —dijo ella , con un hilo de voz—. ¿Cómo está Lucía?

— Estable. Fuera de peligro —se limitó a responder, de forma mecánica—. Ha llegado la policía. ¿Seguro que quieres hablar ahora con ellos?

—Sí. Por favor.

—Está bien. —Se dirigió a la puerta y asomó la cabeza al pasillo mientras hacía un gesto a los agentes que esperaban fuera.

Julia, Aguirre y Ozcoidi entraron con el semblante serio.

—Hola, Carla. Soy la inspectora Arrondo y estos son los agentes Pablo Aguirre y Víctor Ozcoidi.

Agradecemos la predisposición para declarar.

—Julia activó la grabadora de su teléfono—.

Quiero que sepa que todo lo que nos diga puede constar en las diligencias de la instrucción. ¿ Necesita que llamemos a un abogado?

Carla negó con la cabeza. Una lágrima comenzó a rodar por su mejilla.

—No sé por dónde empezar.

—¿Por qué no empieza por su vuelta a España?

Carla inspiró profundamente y comenzó un relato que mezclaba terror, venganza y lo que parecía ser un plan orquestado al milímetro.

Les habló de la llamada de Victoria, de su regreso a Elío y de cuando le anunció su intención de cambiar el testamento.

De cómo decidió instalarse allí, durante las semanas más apacibles que había vivido nunca.

Su madre quería dejarla al cargo de la fundación de reforestación y del señorío.

Pero para ello primero tenía que pasar por el examen forense.

—¿Qué examen forense? —preguntó Ozcoidi, a sabiendas de lo que había detrás.

Carla miró hacia la ventana. Parecía escudriñar algo muy lejos, en el horizonte.

— Cuando tenía trece años me declararon incapacitada. Alegaron un trastorno psicótico. Decían que veía y oía cosas. —Hizo una pausa—. Sé que en realidad querían acallarme por la muerte de Beatriz.

—Beatriz Castañeda —repitió la inspectora.

Ella asintió.

—Se quitó la vida delante de mí. Nunca olvidaré aquella imagen. Un profesor abusaba de ella y el resto no hizo nada. El centro se hizo cargo de mi valoración diagnóstica, sugirió trasladarme al Santo Ángel y mis padres lo aceptaron.

—Los padres de Beatriz denunciaron al colegio Izarra —dijo Ozcoidi, intentando mitigar el dolor de las palabras de Carla.

—Creo que no sirvió de mucho —sonrió con melancolía—. Estuve ingresada varios a ños hasta que el sanatorio cerró por falta de recursos y un par de denuncias de familiares. Mi madre me habló entonces de revisar el diagnóstico, pero enseguida me mudé a San Sebastián y de ahí a Canadá.

Julia observó a Aguirre un momento. La inspectora tuvo un atisbo de duda sobre el grado de información que debía compartir, pero decidió lanzarse.

—¿Le suena de algo el nombre de Rosa Fernández?

Esta vez Carla frunció el ceño, sorprendida .

—Era una de las enfermeras del hospital del Santo Ángel. Hacía la vida imposible a los residentes. ¿Por qué ?

—Unos chicos encontraron su cadáver en las instalaciones del hospital a mediados de febrero de este año. Apenas llevaba cuarenta y ocho horas muerta. Estaba atada a una cama.

Carla abrió la boca. Su cerebro parecía estar bullendo a toda velocidad.

Recordó la conversación con Juan en Nochebuena.

El vino. La chimenea. Su repentino interés por conocer cada episodio traumático de su vida.

La sensación de calor. De protección. De alguien escuchando y entendiendo los terribles abusos que había vivido.

No había nada de eso detrás. Todo había sido una pantomima.

—Hay una reserva en un hotel en Navacerrada a nombre de la fundación, entre el 15 y el 17 de febrero —continuó la inspectora —. La autopsia data la muerte de Rosa justo ese d ía, el diecisiete.

—El congreso —murmuró Carla.

—¿ Qué?

—El congreso. Juan me pidió reservar dos noches de hotel porque había un congreso sobre replantación en la sierra de Madrid. Pueden llamar al hotel. La reserva está a nombre de la fundación, pero él tuvo que registrarse con su DNI .

—Sí, lo hemos comprobado. También hemos visto que los movimientos de su pasaporte la sitúan en esas fechas en España.

Sé que puede resultar doloroso, pero necesitamos que haga un esfuerzo para intentar recordar dónde estaba esos días.

Especialmente el 3 de febrero. Hemos conseguido datar en ese día la mue rte de su padre.

Tenemos unas grabaciones donde aparece la furgoneta que tienen en propiedad circulando en dirección a casa de Rufino esa misma tarde — indicó Julia.

—Mi padre —murmuró, a modo de epifanía—.

Volví a Montreal tras la muerte de mi madre a recoger las pocas cosas que me quedaban y a despedirme de Marilyn.

Supongo que Juan aprovechó para… —Tragó saliva y contuvo sus palabras.

Carla miró a los agentes y se dio cuenta de la magnitud de los acontecimientos .

Juan había intentado disfrazar su viaje a Canadá como una huida.

Ordenó su cabeza un momento antes de continuar—.

Mi madre modificó el testamento antes de morir.

Me dijo que, en cuanto tuviera la revisión de mi diagnóstico, Elío pasaría a mis manos.

Juan se quedaría con la propiedad si yo no…

, si yo no estaba lo suficientemente bien como para gestionarlo.

Pero mi madre falleció justo ese día. —Hizo una pausa—.

Ahora veo que su muerte en ese preciso momento fue muy conveniente para mi padre.

Pero él también era un escollo para Juan.

Carla resopló, negando con la cabeza mientras sonreía con melancolía, como si las piezas del puzle encajaran de forma perversa.

—Creemos que Juan puede estar detrás de las muertes de su padre, de Rosa Fernández y de Pedro Zabalburu —avanzó Julia—. Las bridas que sujetaban los cadáveres coinciden.

—¿ Pedro Zabalburu? —preguntó Carla, atónita.

Aguirre se dio cuenta de que era la primera vez que Carla escuchaba aquello .

—Lo encontraron en uno de los edificios de Izarra hace un par de meses. Una vecina ha declarado que vio una furgoneta en las inmediaciones del hogar de Zabalburu y que poco después este desapareció. La descripción del vehículo coincide con la del señorío.

El silencio invadió la habitación del hospital. Carla apretaba los labios con fuerza. Estaba pálida, pero una fortaleza honda parecía brillar en sus ojos . Le dolía la verdad, pero más dolía el engaño.

Julia carraspeó.

—Hay un par de cuestiones más que nos ayudarían bastante a aclarar algunas partes de la investigación . Nuestro equipo ha encontrado restos de aconitina en una de las tazas que había en casa de su padre.

—¿Aconitina? —parpadeó Carla.

—Es el principio activo de una planta, el matalobos. Puede acabar con una persona en pocos segundos. Parece que Rufino pudo ingerirla.

Aguirre le mostró la imagen de unas flores violetas en su móvil y Carla asintió.

—Hemos tenido en el invernadero, aunque no sé si seguirán allí.

Juan cruzaba, injertaba y sembraba multitud de especies.

Era su trabajo y su pasión, y era un experto.

Decía que había remedios para todo. Ahora suena irónico —sonrió con pena—.

Él me animaba a lanzarme a hacer mi primera sesión de mediumnidad.

Supongo que le venía bien montar ese pequeño circo con periodistas.

A mí me daba mucho reparo, pero decía que había plantas que podían ayudarme a conectar con mi verdadero potencial.

Que también podían ayudar a otras personas a ver, oír y sentir lo mismo que yo.

—Miró hacia abajo, como si aquellas palabras le resultaran tan excéntricas como a los investigadores—.

Usamos mandrágora para la sesión que di tras la fiesta de Elío —confesó.

Julia suspiró.

— Gracias por la ayuda. Hay una última pregunta que quiero hacerle.

Carla asintió.

—Tenemos la sospecha de que un compañero pasó por Elío hace un par de días. Encontraron… Encontraron su cuerpo a los pies de Etxauri —pronunci ó aquello a duras penas.

—¿Mikel Beloki?

La inspectora asintió, perpleja, al escuchar su nombre.

—Han encontrado su ADN bajo sus uñas. ¿Cómo explica esto?

Carla miró de nuevo la ventana.

—Juan logró reducirnos a Lucía y a mí antes de llevarnos a Izarra.

Recuerdo la voz de alguien en el patio y a Juan desapa reciendo de la habitación bastante cabreado.

No recuerdo nada de lo que pasó después.

Puede que lo manipulara para inculparme …

Pero no lo puedo asegurar. Lo que sí puedo decirle es que yo jamás he tocado a ese hombre.

Julia tragó saliva y miró a sus compañeros. Aguirre tenía los labios apretados y el ceño fruncido. Ozcoidi se miraba los zapatos.

Tenían la declaración de Carla. Pero aquello no era del todo consistente.

Su ADN seguía bajo las uñas de Beloki, y aquello situaba a su compañero en el señorío y a Carla involucrada de alguna manera.

Ellos querían creer a la mujer, pero iba a tener bastante complicado explicarlo en un juicio.

Parecía que Juan había intentado dejar atado hasta el último detalle para incriminarla.

Y puede que en cierto modo lo fuera a conseguir.

—Creo que es suficiente, al menos por hoy. Agradezco mucho su colaboración. —La inspectora detuvo la grabadora del móvil.

Carla asintió. El equipo abandonó la habitación en silencio. Julia iba la última. Justo antes de salir, Carla la interpeló.

—Inspectora —la llamó.

Julia se giró, interrogante. Creyó que habría recordado algo más o que quizá fuera a confesarle algún hondo sentimiento. Sin embargo, Carla susurró, muy seria:

—Mikel está bien.

Julia abrió la boca, paralizada, y tragó saliva.

Carla miró a una esquina de la habitación y luego a ella. Sus ojos lucían de nuevo esa fortaleza oscura, esa templada seguridad.

—Está bien — repitió.

—Gra… gracias —balbuceó la inspectora antes de marcharse.