El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3) Pamplona, junio de 2024
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Pamplona, junio de 2024

Julia se despertó y tardó varios segundos en reconocer la habitación en la que se encontraba.

Era la suya. Su casa .

Unos minutos antes estaba soñando con Terranova.

Paseaba cerca del faro. Casi podía oler la brisa del mar, sentir el aire he lado que llegaba desde el otro lado del Atlántico.

Aquella sen sación contrastaba con las sábanas que ahora mismo se le pegaban.

A veces se despertaba sudando tanto que llegaba a mojar la camiseta.

Era durante los días en los que algo le preocupaba en exceso o cuando estaba en mitad de un caso que fagocitaba toda su atención.

Miró el móvil. Tenía un mensaje y varias llamadas perdidas de Mark.

«Julia, lo hemos encontrado. Llámame cuando puedas ».

La inspectora salió de la cama de un salto.

Tenía la mitad del pelo pegado a la cara y los ojos hinchados, pero no le importaba lo más mínimo.

Serían alrededor de las tres de la tarde en Indonesia.

Hizo clic en el icono de videollamada y se atusó un poco la melena mientras su tío aparecía al otro lado de la pantalla.

—¡Julia! —exclamó él, exultante . Estaba en lo que parecía ser un chiringuito de playa , rodeado de música y gente y con una bebida colorida en la mano.

—¡Tío! ¿Qué es eso…?

— Sex on the beach —respondió, tímido.

—¡Pero si tú no bebes nunca! —estalló en risas.

—Estamos celebrando —gritó girando la cámara de su móvil para que el resto del equipo la viera y saludara. Una horda de personas que se movían como juncos se acercó a la pantalla. El ambiente era de festividad total.

Julia fue saludando uno a uno a todo el equipo, que no dejaban de darse abrazos y apretones cariñosos.

—Así que lo habéis encontrado. Qué fuerte —sonrió con melancolía cuando su tío volvió a recuperar el teléfono.

— It’s amazing , Julia. El radar estaba en lo cierto. Encontramos parte de la cubierta y ahora estamos excavando porque parece que puede haber mucho más. We made it!

—Me hubiera encantado poder estar ahí —reconoció, con cierta envidia.

—A nosotros también. We miss you . ¿Qué tal va todo?

—Tengo muchas cosas para contarte. Imposible resumirlo todo por aquí. Pero aún me quedan días por delante de atar cosas. ¿Cuánto tiempo estaréis por allí?

— Un par de semanas más, seguro. Solo infórmame de tus movimientos. ¿Sí?

—Claro.

—Por James. —Mark, emocionado, levant ó su copa y dio un gran trago.

Julia asintió con un velo de lágrimas en los ojos.

—Él estaría muy orgulloso.

—Adiós, Julita —se despidió, y al colgar le regaló una pantalla llena de iconos.

La inspectora se recostó de nuevo en la cama con el teléfono en la mano. Se quedó mirando al techo durante varios minutos.

Sentía una especie de carcoma interior que no la dejaba en paz. Era como si estuviera incómoda en su propia piel. Aquella sensación le producía quemazón y una angustia como una marea de fondo, pegajosa, imposible de obviar. Se sentía fuera de lugar, pero estaba en su casa.

¿Era eso lo que realmente pasaba? ¿A qué podía llamar hogar ahora?

El deber y la vocación habían sido como un torrente que la había arrastrado siempre, sin asideros, desde joven.

Los estudios. La academia. El hacer frente a una casa con un hermano ausente y una madre de cuerpo presente, aunque vacía por dentro.

La muerte de su padre. La huida de su madre a Lekeitio.

La comisaría como refugio, como lugar seguro.

Su equipo, su familia . Un testigo, su pareja. Resultaba irónico, rozando lo cómico.

Pero ahora había descubierto que la vida no tenía por qué ser así.

Que el mundo tenía mucho más que ofrecer.

Que su casa podía estar donde ella eligiera y que la gente que nos rodea se va y se queda por convicción y no por obligación.

La muerte de Beloki había sido una bofetada de apremio.

La vida es lo que pasa todos los días mientras hacemos planes sobre cómo vivirla.

Se hizo un ovillo y observó la luz que se colaba por la ventana.

Sin darse cuenta, fue consciente de que ya había tomado una decisión que, tal vez en su subconsciente, llevaba adquiriendo forma mucho tiempo. Sería duro decírselo a Aguirre y Ozcoidi, pero es lo que le pedían el cuerpo, la mente y el corazón. Ser inspectora había sido su vida mucho tiempo.

Ya no .

Quizá ahora comenzaba el verdadero plan para ella.

El móvil vibró en su mano. Acababa de entrar un mensaje .

«Supongo que estarás a tope con el caso. Por favor, solo dime si estás bien».

Julia apretó los ojos con fuerza. Se había olvidado de responder al mensaje del día anterior.

Aitor no sabía nada de lo de Izarra ni de lo de Carla.

Se sintió fatal por hacerle sufrir de aquella manera.

Sabía lo desesperante que podía ser esperar respuestas desde el otro lado y no saber si la persona que quieres está a salvo.

Le llamó .

—Menos mal —suspiró, aliviado—. Me alegra saber de ti. ¿Qué tal estás?

—Bien. —Se giró sobre sí misma—. Demasiado que contar, y no estoy segura de cuánto puedo revelar.

—Siempre me lo has contado todo —replicó él. Aquel comentario había sonado más a reproche que a respuesta.

Los dos permanecieron callados un segundo.

— Es verdad —reconoció ella, al fin—. Prometo que te contar é todo cuando nos veamos.

—Precisamente de eso quería hablar. ¿Cuándo nos vemos?

—Tengo la incineración en un rato.

—Lo siento.

Ella apretó los labios.

—Sí, no te preocupes. Necesitamos despedirnos de él como amigos, como familia, más allá de como compañeros de trabajo. Es algo íntimo, estarán la familia y algunos más. Por eso no te he dicho de venir.

—Tranquila. Lo entiendo.

Silencio.

—¿Qué tal tienes la tarde?

— Bien, aunque no sé cómo va a ir en comisaría . En cuanto sepa algo, te aviso y nos vemos, ¿vale ?

—Vale.

Silencio.

—Julia.

—Dime.

—¿Estás bien?

Ella tomó aire y se dio cuenta de que aquella era una pregunta demasiado difícil de responder.

— La verdad, no lo sé.

—Ya… Bueno, avísame cuando te liberes, ¿vale?

—Vale.

Los dos colgaron sin decirse adiós.

La inspectora permaneció unos segundos más en aquella postura, distraída con el movimiento de las partículas en suspensión a contraluz.

El cementerio se había puesto un sombrero gris, solemne, a juego con las caras de los allí presentes y los ojos de la madre de Beloki, una anciana demasiado joven como para enterrar a un hijo.

A  su lado estaba Nekane, la viuda. «Dos que duermen en el mismo colchón son de la misma condición», se suele decir.

Y aunque Nekane era de pocas palabras y algo reacia a mostrar sus emociones, estaba devastada.

Acababa de perder a su compañero de vida, a su confidente, al padre de sus hijas.

Unas hijas que la sostenían física y literalmente mientras echaba toda la pena fuera, mientras recibía las condolencias de los pocos amigos, familiares y conocidos que se habían acercado hasta allí porque ella personalmente había decidido invitarles al último adiós.

Beloki era de seleccionar bien sus amistades, de abrirse solo con quien él sentía que así lo merecía. Y ese selecto grupo de personas estaba allí, despidiéndose del policía, el montañero, el borde, el entregado, el padre amantísimo.

Julia, Aguirre y Ozcoidi esperaron en un segundo plano a que los familiares y amigos terminaran de dar el pésame.

Cuando les llegó el turno a los compañeros de trabajo, uno de los jóvenes de comisaría bailó un emotivo aurresku delante del ataúd del subinspector.

El sonido agudo del txistu solo fue interrumpido por un silencio denso cuando la danza de despedida terminó.

No hubo discursos ni palabras grandilocuentes.

Solo gestos, apretones y demostraciones de cariño fuertes pero sutiles, exactamente igual que Mikel Beloki.

Cuando el servicio funerario se llevó el ataúd, la multitud se disolvió. Julia y sus compañeros aprovecharon ese momento para acercarse a la familia. Tras Aguirre y Ozcoidi, Julia se fundió en un largo abrazo con Nekane.

—Es la vida que él había elegido —le susurró la viuda.

Julia se separó de ella para mirarle a los ojos. Había algo de serenidad, de calma e incluso de perdón en sus palabras . Después de aquello, el cementerio se quedó vacío y un poco más lleno al mismo tiempo.

Algunos compañeros habían acordado ir a un café cercano. Un coche se detuvo a unos metros y el chico al volante saludó a Ozcoidi. El agente le hizo un gesto para devolverle el saludo y pedirle que esperase un momento.

—Id vosotros — dijo Julia, dirigiéndose a Aguirre y a Ozcoidi—. Yo no sé si tengo mucho cuerpo ahora mismo. Además, tengo que ver a Aitor.

Ellos se miraron un momento entre sí, sopesando aquello.

El teléfono de la inspectora vibró. Después de una brevísima conversación con apenas algunos monosílabos, colgó y se giró de nuevo hacia ellos.

—Era del hospital de Txagorritxu. Carla está estable y quiere hablar.