Pamplona, junio de 2024
Aitor aparcó la bici en el molino de San Andrés.
Se trataba de un precioso local situado a orillas del río Arga que en su día había servido como molienda, pero ahora albergaba un centro de educación ambiental y un bar con una bonita terraza que solo abría los meses de verano.
El sol se colaba por las altísimas copas de los árboles que protegían aquella zona con sus brazos verdes y alargados.
La tarde iba tocando a su fin y la humedad que dejaba la proximidad del cauce hacía que aquel fuera uno de los destinos favoritos de los mosquitos que comenzaban a pasearse a aquellas horas.
Localizó las mesas y sillas de colores chillones que habían dispuesto bajo unas guirnaldas de luces.
Grupos de amigos y fa milias charlaban de forma animada compartiendo cervezas y aperitivos de distinta índole.
Leyre estaba sentada en una mesa sola, justo debajo de un árbol enorme, concentrada en un libro de tapas oscuras y viejas.
Aitor dejó escapar una sonrisa, sintió el corazón acelerarse y se dirigió hacia ella.
—Hola .
—Hola —respondió, sacando la nariz de entre las páginas—. Estaba a punto de resolver un caso antes que Sherlock Holmes.
—Serías capaz, no me cabe duda. ¿Has pedido?
—Sí.
Silencio.
—Pues voy a pedir dentro lo mío, ahora vengo.
Aitor se levantó y se encaminó hacia el bar. Tenía el corazón a punto de salírsele por la boca. Estaba tan nervioso que apenas se reconocía, y lo peor de todo es que no tenía claro por qué. Simplemente, le había salido huir de su presencia cuanto antes.
«¿Pero qué cojones haces? Vuelve ahí y siéntate», se ordenó.
Deshizo sus pasos. Leyre lo observó, extrañada.
—¿Ya has pedido? ¡Qué rápido!
—No, no tengo sed. Bueno, sí, un poco, pero es que necesito hablar contigo ya.
Ella lo miró durante un par de segundos más, sin decir nada. Cerró el libro y lo colocó sobre la mesa.
—Hablemos, pues .
—¿Qué está pasando, Leyre?
—¿Qué pasa de qué?
—De esto —señaló el aire entre ambos—. De… nosotros.
—Nosotros —repitió ella—. ¿Hay un nosotros…?
—Venga ya —protestó Aitor, poniendo los ojos en blanco —. ¿Soy el único que ha sentido algo en las últimas semanas? No me digas que han sido imaginaciones mías.
Leyre enrojeció. Desvió la mirada al suelo.
—Ahí lo tienes —señaló él, aliviado, mientras se repantingaba en la silla—. Por lo menos veo que no estoy loco.
—Esto no es fácil ni cómodo, Aitor. Ni siquiera tengo claro que sea lo debido. Yo respeto a Julia por encima de todas las cosas. Y ella es… Es tu…
Esta vez fue él el que bajó la mirada al suelo.
—Sí, es mi pareja. Y la quiero con locura.
Leyre sintió un pinchazo que la atravesó de lado a lado. Aquella frase, por muy reconocible que fuera, la había agujereado sin compasión.
—Pero no tengo claro cuál es el tipo de amor que siento por ella —confesó él, sin levantar la vista—. Jam ás sería capaz de hacerle daño. Necesito aclararme. Aclarar qué está pasando —v olvió a mirar a Leyre.
Ella callaba , rumiando aquellas palabras en silencio. Un segundo antes se había sentido morir. Ahora su corazón palpitaba con fuerza gracias a la mínima esperanza que él le estaba proponiendo.
¿No era acaso esto un síntoma de sus verdaderos sentimientos por él?
—No lo sé, Aitor. No sé qué decir. No quiero que eches a perder una relación por una simple duda. Estoy de acuerdo en que lo mejor es que te aclares.
—Sí. Pero discrepo contigo. No es una duda. Es una certeza. Solo que no sé qué voy a hacer con ella.
Ella volvió a apartarle la mirada. No era capaz de enfrentarse a tal sincericidio.
El camarero se acercó a la mesa con una sonrisa.
—¿Os falta algo? —preguntó.
Aitor y Leyre estallaron en risas.
La frase era tan simple como acertada.