Pamplona, junio de 2024
El viaje de vuelta a Pamplona lo hicieron en silencio.
Aguirre se ofreció a conducir de nuevo, Julia lo agradeció y ninguno de los dos dijo ni una sola palabra en todo el camino.
Cada uno rendía cuenta a sus fantasmas, a sus pesquisas, a sus errores.
Intentaban zafarse sin éxito de sus nuevos inquilinos, todas las escenas de horror que habían vivido y que se quedarían impregnadas en su pupila para siempre.
Lucía y Carla habían sido trasladadas al hospital de Txagorritxu, en la capital alavesa.
Los sanitarios habían logrado reanimar a Carla.
Parecía un milagro. La inspectora había solicitado máxima discreción, siendo además Lucía un personaje público .
Había pedido también que la avisaran en cuanto pudieran hablar .
Aunque hospitalizadas, se trataba de dos testigos cruciales y, mientras no se temiera por sus vidas, había que tratarlas como tal.
Tenían muchas preguntas y la desaparición de Juan iba a dejarles sin algunas respuestas.
No sabían cuál había sido su papel y hasta dónde llegaba el de Carla.
Al llegar a la comisaría de Pamplona, Julia pidió que alguien informara al marido de Lucía de que su mujer había aparecido y estaba en buen estado.
Sabía que aquello era una verdad a medias, pero, teniendo en cuenta la situación horas atrás, esa era la mejor noticia que podían dar.
Aguirre y ella subieron a la oficina para lo calizar a Ozcoidi, pero se encontraron a un joven agente en su lugar.
—Hola —saludó la inspectora, agotada y confusa al mismo tiempo—. ¿Has visto a Ozcoidi?
—Está abajo , en la sala de interrogatorios.
Ella miró a Aguirre, extrañada.
—Gracias —replicó y se dio la vuelta para dirigirse hacia allí.
—Inspectora Arrondo —interrumpió el muchacho, carraspeando—.
El agente Víctor Ozcoidi me ha pedido que le ponga al día sobre un atestado de la Policía Nacional .
Unos jóvenes reportaron el hallazgo de un cadáver a mediados de febrero en el sanatorio del Santo Ángel, en Madrid .
Tenemos el informe forense y el de la científica.
—Sí, lo estábamos esperando. Gracias. ¿Qué más sabemos?
— Se trata del cuerpo de Rosa Fernández, una antigua enfermera de la institución.
Trabajó allí entre 1971 y 1995. Fue denunciada en 1993 por malos tratos y vejaciones a los internos.
La denuncia no prosperó. El cadáver apareció en una de las habitaciones, atado con bridas a una cama.
El análisis toxicológico indica que la causa de la muerte fue intoxicación por aconitina.
Julia miró a Aguirre y de nuevo al chico.
—Necesito que llames a los compañeros de la Nacional y les pidas unas muestras de las bridas con las que ataron el cuerpo. También la analítica completa. Que se lo envíen todo a Crispín hoy mismo y que lo contraste con los restos encontrados en la casa de Rufino y en Izarra.
El muchacho asintió, satisfecho.
—Hay otra cosa —interrumpió el joven, antes de que la inspectora enfilase la puerta—.
Ozcoidi me pidió que revisara los registros en hoteles o alojamientos a nombre de Carla Moreno y Juan Ibarra este año.
De Carla no hay nada, pero de Juan tenemos una entrada y una salida en un hotel de Navacerrada, entre el 15 y el 17 de febrero.
La habitación está reservada por la empresa Treeforest Project, aunque se registró con su DNI .
También hay otra reserva para esta misma noche en un hotel de Bilbao —le tendió una hoja.
—No creo que se presente —murmuró Julia mientras cogía el papel .
Observó un instante el documento. Se giró y contempló la pizarra donde días atrás Beloki había trazado una línea temporal y meditó un momento.
—Victoria muere el 25 de enero. Su funeral es el día 27 —señaló en el tablero—.
Rufino murió el día 3 de febrero . La data de muerte de Pedro Zabalburu es inexacta, pero su vecina afirma que vio una furgoneta blanca a mediados de febrero y su coche llevaba aparcado en el mismo sitio desde entonces.
Y luego está lo del sanatorio… Las tres muertes se produjeron en un lapso de unos quince días, más o menos.
—Y Carla estaba en Espa ña en todos ellos. —Aguirre resopló—. No deberíamos descartar nada. Has dicho que el ADN bajo las uñas de Beloki daba una coincidencia con ella, ¿no?
—Sí —reconocer eso le revolvía el estómago—, pero después de lo que acabamos de ver en Izarra no podemos obviar la implicación de Juan.
Estaba atacando a las dos mujeres y estuvo en Navacerrada poco antes de que apareciera el cadáver del sanatorio.
Tenemos que hablar con Lucía para averiguar qué ha ocurrido en las últimas horas.
—Quizá Juan estaba de viaje de ocio, o de trabajo. No podemos…
El teléfono de la oficina interrumpió sus pesquisas. El joven agente miró a Julia y a Aguirre, casi pidiendo permiso para responder.
—Sí, están aquí. Acaban de llegar. […] Vale. Ahora les digo. —Colgó—. El agente Ozcoidi pregunta por ustedes. Dice que bajen a la sala de interrogatorios ahora.
Julia sonrió para sí misma mientras abandonaba la sala junto a su compañero. «El agente Ozcoidi» se había ganado los galones.
Bajaron las escaleras a toda prisa y, al llegar, vieron a Ozcoidi sentado en la sala delante de Miguel Ángel López de Haro, el notario.
Junto a él había un hombre. Julia y Aguirre observaron la escena desde el cristal opaco.
Había otro policía allí tomando nota de todo.
Este agente, al percatarse de la presencia de la inspectora, abrió la puerta e hizo un gesto a Ozcoidi para que saliera.
El chico abandonó la sala . Dejó a Miguel Ángel cabizbajo, asintiendo con cara de resignación mientras el hombre le susurraba algunas instrucciones al oído.
—¿Qué es todo esto? —preguntó Julia, entre animada y expectante.
—Hemos pinchado una conversación entre Jesús Mari y Miguel Ángel en la que hablaban de quedar de manera urgente y estaba claro que era algo relacionado con el caso de Rufino.
Como no daba tiempo a pedir una orden, le he pedido a Tasio que me acompañara a la cafetería, se pidiera un zumo y se sentara al lado de ellos.
—¿Tasio?
—Es el chaval que está arriba.
—Tu becario —bromeó Julia.
—El caso es que, como a mí me conocen , me he quedado fuera esperando. Le he puesto un micro a Tasio y, cuando se han puesto a hablar de cómo deshacerse del testamento, le he manda do un mensaje para que procediera.
—¿Los ha arrestado él? —preguntó Aguirre, estupefacto.
Ozcoidi asintió, sonriendo.
—Tendríais que haber visto la cara que han puesto cuando un poli con granos en la cara les ha enseñado la placa y les ha leído los derechos. Yo he esperado unos minutos para entrar, para que pareciera que pasaba por allí.
Julia sonreía de oreja a oreja. Ese era su equipo.
—En dos días me retiras. Enhorabuena.
—Qué va —se sonrojó el muchacho.
—¿Dónde está Jesús Mari?
—En el calabozo, esperando a su abogado. Y le va a hacer mucha falta, porque solo ha habido que insinuar a Miguel Ángel que Jesús Mari no se lo iba a pensar dos veces para echarle toda la mierda a él, y está cantando de lo lindo.
— ¿Qué os ha contado?
—Pues parece que las piezas encajan. Jesús Mari estaba intentando reactivar el plan que tenía hace veinte años para convertir la zona del señorío de Elío en un corredor termal.
Se hizo con el balneario de Belascoáin en su día, pero el señorío era la pieza que le faltaba para construir en la zona un macrocomplejo turístico.
Intentaron hacer que Rufino se lo consiguiera y lo estuvieron extorsionando de mil formas, pero él no tenía mano legal sobre los terrenos, pertenecían a Victoria.
Pero con la muerte de Victoria y el testamento en la mano, Rufino iba a ser el nuevo dueño de los terrenos, ya que Carla estaba incapacitada legalmente por su diagnóstico.
El problema vino cuando Victoria llamó a Miguel Ángel para modificar el testamento y tratar de eliminar la cláu sula de incapacidad de Carla.
Miguel Ángel llegó a redactar el testamento y Victoria lo firmó, pero el papeleo se quedó en el aire porque ella falleció justo ese día.
—Una muerte muy conveniente para Rufino —murmuró Aguirre.
Ozcoidi encogió los hombros.
—El caso es que estos dos pájaros estaban hablando de cómo deshacerse legalmente del testamento que no les convenía, el que modificó Victoria. Cuando fui al despacho de Miguel Ángel me enseñó el testamento antiguo, y no el nuevo. Ya solo con eso están metidos en un buen lío.
—Y tanto —señaló Julia—. Has hecho un gran trabajo. Hay que avisar a Hornillos de que vamos con todo. Pero antes —sonrió con malicia— no est á de más saludar a las visitas.
—Uy, tranquila, está más que entretenido…
Julia enarcó una ceja y Aguirre la siguió por el pasillo que llevaba a los calabozos.
Abrieron la pesada puerta que daba acceso a las celdas y un olor a desinfectante, sudor y tabaco los golpeó en la cara.
Una melodía histriónica flotaba en el aire viciado de aquel agujero y se amplificaba al rebotar contra las paredes.
Tres de las cuatro celdas estaban libres . En la cuarta, Jesús María Ochoa miraba a un punto fijo en la pared mientras Ramón, su yonqui de confianza , le canturreaba al oído una copla.
—Buenas tardes, consejero —saludó Julia—, espero que esté disfrutando de su estancia .
El otro le respondió con una mirada de desprecio. Ramón, acostumbrado al lugar, dejó de canturrear y se lanzó contra el cristal.
—¿Cuándo reparten la cena?
—Te daremos ración doble si dejas de cantar —replicó Aguirre .
—¿Triple?
—No te la juegues, Ramón. ¿Qué te trae por aquí esta vez?
—Chorradas. Tus compa ñeros, que no llevan bien que uno se busque la vida como puede.
—¿Qué has hecho esta vez?
—Trapicheo —murmuró Jesús Mari, sin dejar de mirar a la pared.
—Eh, que de los delitos de cada cual solo puede hablar uno mismo —le reprendió Ramón—. Ya lo aprenderás en la cárcel…
El consejero miró a los agentes con cara de desesperación.
—Por favor, cambiadme de celda. Sé que el resto están libres. Al menos concededme eso.
—Claro que sí, será un placer —concedió Julia—. ¿Y qué va a darnos usted a cambio?
—¿Yo? No tengo nada que daros. Solo hablaré en presencia de mi abogado. Que viene de camino, por cierto.
—Muy bien, entonces no le importará esperar un poco más acompañado. Pasar las horas muertas aquí en soledad puede ser muy duro, ¿sabe?
—Les advierto que esto puede traerles consecuencias.
—¿Sí? Por una vez, creo que las consecuencias las está sufriendo usted. Y lo que está por venir. Sabemos todo, Jesús Mari. Más le vale colaborar o pasará días mucho peores que este, se lo aseguro.
—¿Me está amenazando, señorita?
—Inspectora. Inspectora Arrondo, para usted.
Y no es una amenaza. Es tan real como los cargos a los que se enfrenta.
En primer lugar, un posible delito continuado de extorsión y coacciones contra Rufino Moreno, utilizando su posición institucional y amenazas para obtener beneficios económicos y controlar sus decisiones empresariales y patrimoniales .
En segundo lugar, obstrucción a la justicia y encubrimiento al ocultar el último testamento de su esposa, documento cuya existencia conocía y que alteraba de forma sustancial la distribución patrimonial .
Además, sabemos que constituyó una sociedad instrumental presuntamente utilizada para desviar responsabilidades civiles y penales relacionadas con el proyecto urbanístico del corredor termal.
Poner a una anciana de noventa años de testaferro con el propósito de dificultar la acción judicial , lo que podría constituir delitos de administración desleal, falsedad documental , fraude societario y blanqueo de capitales.
Y si se confirma que utilizó conscientemente la vulnerabilidad o deterioro cognitivo de esa persona para asumir formalmente responsabilidades que correspondían a terceros, también podríamos estar hablando de un delito de explotación patrimonial de persona vulnerable y pertenencia a organización criminal.
Jesús Mari estaba lívido. Ramón observó a la inspectora con la boca abierta, conteniendo una de las sonrisas más amplias que había dibujado jamás.
—A partir de este momento queda advertido de que todo cuanto diga podrá incorporarse a las diligencias . Buenas tardes, consejero.
Jesús Mari enrojeció. Ramón comenzó a aullar, vitoreando a la agente. Parecía un macaco, saltando de un lado a otro de la celda. Finalmente, se acercó a Jesús Mari para propinarle un codazo.
—Estás jodido , amigo.
Julia y Aguirre abandonaron los calabozos.
—Encárgate de que esté en la celda todas las horas que legalmente podamos retenerlo —pidió la inspectora—. Que chupe un poco de mugre por una vez. Y llama a Hornillos hoy mismo .
—Será un placer.
Unos metros más adelante, Ozcoidi los esperaba en la sala de interrogatorios con un gesto más sombrío.
—Ha llamado Nekane, la mujer de Beloki. Dice que el entierro ser á mañana. No va a hacer misa ni nada, solo incineración en el cementerio.
Julia sintió aquellas palabras atravesarle el pecho como un puñal.
Tragó saliva y asintió.
— Allí estaremos —confirmó Aguirre.