El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3) Colegio Izarra, junio de 2024
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Colegio Izarra, junio de 2024

Julia contemplaba el trajín de la Ertzaintza y de los sanitarios como si estuviera dentro de una burbuja. Escuchaba sonidos inconexos, el ruido metálico de las camillas y las voces de los agentes inspeccionando los edificios.

Ella había continuado con la maniobra de reanimación cardiopulmonar hasta que los sanitarios habían podido acceder al edificio.

Casi veinte minutos de bombeo sin descanso que la habían dejado exhausta y desesperanzada.

Se habían llevado a Carla en volandas, abriéndose paso entre los pasillos, primando la rapidez por encima de la precisión.

Puede que aquello le salvara la vida. O puede que no. Sus constantes vitales eran imperceptibles.

Lucía estaba herida grave, pero no se temía por su vida.

Ambas reposaban en sendas ambulancias aparcadas en la explanada del viejo internado, cada una librando su propia batalla.

El cuerpo de Juan había aparecido bajo los cascotes, un par de metros más allá.

Había intentado huir antes de que el techo colapsara, pero el derrumbe había sido más rápido y los sanitarios solo habían podido certificar su defunción.

Julia miraba el vacío con horror, incapaz de moverse, absorta en sus pensamientos.

Algo se les había escapado. Habían estado cerca, pero no lo suficiente.

Estaban persiguiendo al fantasma equivocado.

Habían corrido, fallado y puesto en riesgo sus propias vidas, todo para obtener un resultado mediocre.

Se alegraba por la escasa suerte que mantenía con vida a Lucía, pero todo lo demás se arremolinaba en su cabeza.

¿Qué sentido tenía todo esto? ¿Para qué correr a contrarreloj, a la desesperada, si el tiempo siempre era más rápido que su voluntad?

Estaba cansada de llegar tarde, de conformarse con victorias a medias, de no descansar.

De soportar el peso de las desdichas de otros.

De hacer suyas todas las batallas, las propias y las ajenas.

Al igual que el techo de la capilla, se sentía al borde del colapso.

Su móvil comenzó a sonar. Era Aitor de nuevo.

Observó la pantalla con la mirada ausente. Lo silenció y lo dejó a un lado, sin responder. La pantalla se iluminó con un wasap apremiante.

«Joder, Julia, me estás asustando. Coge el teléfono, por favor».

Pero ella no vería ese mensaje hasta horas más tarde.

Un oficial de la Ertzaintza que había estado hablando con dos homólogos se aproximó a ella. Tenía el semblante serio y caminaba con decisión.

—Sin entrar en responsabilidades, me parece que su querencia por no avisarnos con tiempo suficiente cuando est án en nuestro territorio ha puesto en riesgo la vida de varias personas —apuntó, aséptico—. Ojalá no tengamos que lamentar más desgracias.

Julia no contestó. Contemplaba las enredaderas que se colaban por las ventanas de los antiguos pabellones- dormitorio.

—Ha sido culpa mía —se excusó Aguirre , sentado a su lad o—. La inspectora me dio la orden de avisar cuanto antes, pero estaba tan centrado en…

—Eso no importa ahora —cortó, secó, el ertzaina—. Quiero que sepan que voy a informar a su comisario pertinentemente.

—Es lo que debe hacer —respondió Julia, sin apartar la vista de la maleza.

«Y yo debería hacer lo mismo», pensó.