Colegio Izarra, junio de 2024
Una bruma espesa de tierra y polvo y un silencio angustiante lo envolvieron todo.
Julia y Aguirre tosían, escupiendo la mugre que se les colaba por la nariz hasta los pulmones. Habían salvado el pellejo de milagro. El tejado en el que estaba Lucía se había derrumbado, arrastrando a la actriz consigo y dejando una montaña de ruina a su paso.
Los agentes estaban doblados sobre ellos mismos, tratando de respirar. Se cubrían la nariz y la boca con los brazos e intentaban despejar el aire que los rodeaba con aspavientos mientras se recomponían del impacto.
—¡Lucía…! —Aguirre era incapaz de decir nada sin explotar en una tos ronca.
Las paredes de la capilla aún se mantenían en pie. El escenario era confuso. Algunas partes de la estructura seguían ahí, otras habían desaparecido.
De pronto, Julia lo vio. El butrón por el que se habían colado aquellas mujeres.
Saltó dentro e intentó ubicarse. La inspectora estaba mareada.
Un pitido constante le taladraba la sien.
Nubes de polvo danzaban a su alrededor. Apenas podía ver y lo poco que conseguía distinguir era a través de las lágrimas provocadas por un tremendo picor de ojos.
A trompicones y echando una mano a la pared, serpenteó por los pasillos sin rumbo hasta que vio la claridad del fondo.
Era la entrada hacia la capilla. El suelo se había convertido en un amasijo de cascotes de piedra despedazados y muñones de madera hecha añicos.
Los muros seguían en pie, pero la cubierta y la escalera que llevaba al coro habían colapsado.
El enorme ojo grafiteado observaba el desastre de la escena, impertérrito.
—¡Aguirre ! —gritó Julia mientras se lanzaba a intentar desenterrar a las mujeres.
El agente siguió la voz hasta dar con ella. Localizó a la inspectora desenterrando a Lucía, que estaba semiinconsciente y aturdida, pero con vida.
—¿Dónde coño está la ambulancia? —gritó la inspectora, deses perada, retirando cascotes , tosiendo sin parar—. ¿Y Carla?
Justo debajo del coro un pie asomaba bajo la montaña de cascotes. Julia se lanzó a desenterrar el cuerpo, tosiendo sin parar. Destapó la cara de la mujer, que estaba llena de cortes, sangre , y presentaba traumatismos evidentes. Tenía los ojos abiertos, pero las pupilas no reaccionaban.
—¡Joder! —gritó, tratando de ganar velocidad.
Dejó al descubierto el pecho de Carla y comenzó a bombear lo con fuerza. La inspectora, de rodillas, se hería las piernas con los cascotes tratando de reanimarla. Aguirre se apresuró a ayudarla. Destapó el resto del cuerpo para aliviar el peso.
Unas tijeras de podar aparecieron clavadas en una de las piernas de Carla. No había ni rastro del jardinero.
El sonido de unas sirenas lo llenó todo y unas luces azules se reflejaron en las paredes de lo que quedaba del edificio. El ojo que los observaba se tiñó de azul y una fina lluvia comenzó a asentar el polvo en suspensión que todavía los envolvía .