Colegio Izarra, junio de 2024
—¿A dónde vais? — preguntó Juan desde la puerta de la capilla. Su sonrisa era perversa.
La repentina aparición del hombre asustó a Lucía, que trope zó en el ascenso de aquella escalera que era casi escombro. Carla la seguía algo más abajo. La actriz dio un traspié que provocó que varios listones saltaran por los aires.
—¡Cuidado! —gritó Carla.
Pero Lucía no escuchaba. Su instinto de supervivencia gritaba más fuerte.
Asustada por la inestabilidad de los escalones, subió el resto de los peldaños a trompicones, provocando que la propia estructura se agitara y se resquebrajara como un ramo de flores secas.
Carla se apartó para esquivar el impacto de los trozos de madera que se precipitaban, pero su verdadera angustia llegó al comprobar que el movimiento de Lucía había hecho que se desprendiera el último tramo que las separaba del piso superior.
Aun así, la actriz había logrado ponerse en pie sobre el suelo del coro.
Carla lo iba a tener mucho más difícil.
En ese instante, Juan se lanzó contra la base de las escaleras. Sabía que estaban a punto de desmoronarse.
—¡Sal! ¡Salta! —gritó Carla a Lucía.
La actriz estaba petrificada. Salir significaba dejar a Carla a su suerte. Mirar para otro lado.
Otra vez. Con otra amiga.
Juan parecía estar divirtiéndose con aquella pequeña cacería. Subió de dos saltos el tramo de peldaños que seguía en pie en la base, alargó el brazo y agarró por una pierna a Carla. Era justo la que estaba sangrando.
—¡Suéltame! —gritó ella, lanzando patadas para zafarse.
El jardinero tiró de la pierna con la mano izquierda. Todavía sujetaba las tijeras de podar con la derecha. Con un movimiento fugaz, se las clavó en el gemelo. Carla aulló de dolor. Lucía comenzó a chillar también.
El eco de un disparo atravesó el aire .
Los tres se quedaron paralizados una fracción de segundo.
—¡Alto! ¡Policía!
Aquellas palabras reactivaron la furia de Juan. Carla intentaba agarrarse a la estructura, que continuaba deshaciéndose como papel mojado.
Sin pensarlo más, Lucía saltó por el hueco hacia el tejado. Por puro instinto, levantó las manos en señal de rendición.
—¡Socorro! ¡Estamos aquí! ¡Quiere matarnos!
Entonces la vieron.
Julia y Aguirre contemplaron a la actriz, horrorizados. Estaba en el tejado de un edificio semiderruido, llena de polvo, arañazos y sangre, y aterrorizada.
— ¡Lucía! —gritó Aguirre, agitando el brazo.
La actriz, temblando, localizó la voz del agente que le hacía señas desde abajo y sonrió entré lágrimas.
—¡No te muevas ! —pidió Julia, intentando acceder al edificio.
—Está dentro. Tiene a Carla —lloriqueó, exhausta, dejándose caer sobre el tejado.
—¡Ten cuidado! ¡No te muevas! —repitió Aguirre mientras sacaba el teléfono para llamar a los servicios de emergencias.
Lucía estaba sentada con la cabeza hundida entre las rodillas. Lloraba histérica, con grandes espasmos. Julia estaba justo debajo de ella, sujetando con firmeza la Glock, buscando cómo entrar.
Lo siguiente pasó en apenas dos segundos.
Primero un crujido. Luego un estertor profundo.
La cara de conmoción de Lucía, que dejó de llorar en seco, al ser consciente de lo que pasaba.
El horror en el rostro de Aguirre, que contemplaba desde abajo.
Julia reaccionó rápido para intentar escapar.
La cubierta sobre la que estaba sentada la actriz se vino abajo.
Lucía desapareció en una nube de polvo y escombros, sepultándose a sí misma y a todo lo que tenía debajo.