Colegio Izarra, junio de 2024
Carla tomó la senda de gravilla que unía aquel bloque con otra parte del complejo , la que albergaba la capilla y el ala de profesores .
Llevaba a Lucía agarrada del brazo, obligándola a correr a su ritmo.
Las dos intentaban controlar el volumen de una respiración agitada para evitar ser vistas ni oídas.
Apartaban la maleza con los brazos, sorteando ramas y arbustos.
Juan las seguía a varios metros de distancia vociferando como un energúmeno , con las tijeras de poda en la mano y un brillante tajo en la frente.
—¡Zorras de mierda! ¡ No llegaréis muy lejos! —gritaba.
Lucía lloraba tratando de no hacer ruido, pero lo cierto era que la actriz era incapaz de controlarse. No entendía el papel de Carla en todo esto. No sabía si podía confiar en ella. No tenía tiempo ni fuerzas para preguntarse por qué. Estaba demasiado concentrada en sobrevivir.
Frenaron en seco delante de la entrada a administración y el ala de profesores. Estaba tapiada.
Carla pensó con rapidez.
Si se quedaban a la intemperie estarían más expuestas. Su única oportunidad era esconderse y esperar. Conocían el terreno y eso les daba ventaja, aun cuando la naturaleza hubiera reclamado aquel lugar.
Sin tiempo, saltaron unos arbustos para rodear el edificio.
De pronto, vio otro butrón en un muro lateral.
Carla se giró sobre sí misma y agarró a Lucía por los hombros para fijar la vista en sus ojos, con determinación.
Se llevó el dedo índice a los labios y pidió silencio.
La otra asintió, secándose el reguero de lágrimas con el dorso de la mano.
Se introdujeron por aquel agujero. Al posar los pies en el suelo, una nube de polvo se levantó en el aire.
Estaban en la recepción, o lo que quedaba de ella.
Las paredes se hallaban revestidas de madera laminada, desconchada en unas partes, arrancada de cuajo en otras.
Zigzaguearon sin pausa en busca de un escondite seguro donde resguardarse.
Intentaban esquivar es combros y cascotes, pero la luz apenas llegaba al interior.
El ladrillo de las ventanas tapiadas condenaba al espacio a la penumbra.
Olía a moho, polvo, papel podrido y tuberías oxidadas.
Mientras avanzaban a tientas, el pelo se les enredaba con las telarañas del pasillo.
Justo en mitad de un corredor, Carla tuvo que ahogar un grito de dolor.
Había sentido una punzada de fuego en el gemelo.
Se palpó y comprobó que se había clavado una astilla.
Sin pensarlo, la sacó del tirón y un reguero de sangre caliente y abundante comenzó a caerle por la pantorrilla.
De pronto, oyeron pasos y crujidos fuera.
Alguien merodeaba con la respiración agitada, mascullando con rabia.
Miraron a su alrededor, angustiadas, sopesando su próximo movimiento. Avanzaron hasta llegar al otro extremo del edificio.
Juan, siguiendo su instinto, se había colado por el mismo butrón. Supo que había acertado de pleno cuando, segundos después, distinguió un fino reguero de sangre fresca.
Sonrió para sí.
Carla oyó las pisadas de su perseguidor sobre los cascotes.
Estaba dentro del edificio. Miró nerviosa en todas direcciones.
Se observó la pierna y se dio cuenta del terrible error que había cometido.
Lucía la miraba a ella, temblando como una hoja, esperando órdenes, deseando que aquella pesadilla acabara ya.
Carla se fijó en el pañuelo que aquella llevaba al cuello.
Sin pensarlo dos veces, se lo arrebató y se lo amarró en la pierna para evitar que la herida continuara sangrando y delatando su recorrido.
Fueron a tientas unos metros más, intentando alejarse de Juan. La respiración del jardinero era perfectamente audible desde donde se encontraban.
Estaba acortando la distancia.
— Sé que estáis aquí —canturreó—. No lo hagáis más difícil.
De pronto, vieron una luz al fondo del corredor.
Al llegar encontraron la capilla privada de la familia Oriol, los dueños originales de la finca.
Del pequeño oratorio solo quedaba una estancia diáfana, sin ornamentos.
Tan solo unas paredes blancas llenas de firmas y grafitis y un ábside vacío, abierto al cielo, por donde se colaba la luz del sol desde el techo.
En el lugar donde debía situarse la hornacina con el santo alguien había pintado un ojo enorme con espray, un recordatorio vigilante de lo divino que escudriñaba las ruinas y los intrusos de aquel lugar suspendido en el tiempo.
Los restos de un coro recorrían un piso superior en forma de U, carentes de ningún tipo de balaustrada o protección. Justo al lado, parte de la pared se había derrumbado y dejado a la vista las tejas rojas del chalet.
Carla tardó dos segundos en trazar un plan.
Apretó la mano de Lucía, le hizo un gesto con la cabeza, y fueron a toda prisa al fondo de la capilla. Lograr una vista de pájaro sobre el enemigo suponía ganar tiempo y ventaja. Saber volar como ellos, el milagro por el que tendrían que rezar.
Unas escaleras de madera subían al piso superior , pero la estructura estaba tan deteriorada que poner un pie ahí sería firmar una sentencia. Los peldaños estaban podridos en algunos tramos, en otros, habían desaparecido por completo.
Era una locura. Pero era su única opción.
Carla empujó suavemente a Lucía para que comenzara el ascenso. La mujer tardó dos segundos en reaccionar, pero se agarró a lo que quedaba del pasamanos, temblando. A cada paso, la madera crujía , protestando, dejando caer polvo y astillas.
Como era de esperar, Juan no tardó en oírlas.
No tenía que correr .
Las mujeres estaban justo donde las necesitaba.