Álava, junio de 2024
El coche se había convertido en un centro de operaciones improvisado.
Julia hablaba por teléfono sin parar mientras Aguirre rasgaba el bochorno de aquella tarde como una bala.
Las aves que descansaban a la sombra en los árboles contiguos a la autopista protestaban cuando algo parecido a un relámpago las hacía revolotear del susto.
—¿Saco el pirulo? —Aguirre miró a la inspectora de reojo.
—No, no hace falta. No quiero llamar la atención. Tú solo mantén la vista en la carretera para que no nos matemos. ¡Joder! ¡Cuidado!
El agente dio un volantazo. El medio segundo que había mirado a Julia casi había provocado que se estamparan con el vehículo de delante, que circulaba a una velocidad mucho más adecuada para una autopista que ellos.
Se agarró el pecho del susto. Habían estado demasiado cerca de ver el quitamiedos contra el cristal.
—¿Estás bien? ¿Quieres que conduzca yo? —preguntó ella, petrificada, con una mano en el asidero del copiloto y el teléfono en la otra.
Aguirre negó con vehemencia, de nuevo, concentrado en el asfalto.
— ¡Julia! ¿Todo bien? Joder, no me asustéis —dijo Ozcoidi por el altavoz.
—Si, estamos… Estamos bien —titubeó—. ¿ Qué decías del marido de Lucía?
—Está que se sube por las paredes. La representante no hace más que llamarlo.
A esta hora había un encuentro con prensa y fans en los cines Golem y han tenido que suspenderlo .
Han dicho que la actriz está indispuesta.
Pero, claro, dice no que sabe cuánto tiempo pueden sostener esto. Mañana hay otro evento, por lo visto.
—Yo firmo si podemos tener una respuesta para mañana. Y ojalá que no sea la que estoy pensando —murmuró.
—Joder, vuelve a pitar el chivato de Miguel Ángel, el notario. Te dejo. —Colgó sin tiempo a réplica.
Julia suspiró. Se quedó absorta mirando la pantalla inerte del móvil.
—Mierda —resopló.
—¿Qué?
—No hemos avisado a la Ertzaintza.
—Pues no está el horno para bollos… Si se enteran de que andamos por aquí sin avisar, podemos tener una buena. La última vez Beloki les dejó un par de regalitos…
La inspectora le lanzó una mirada de extrañeza.
—Te lo cuento luego. ¿Conoces a alguien para aligerar?
—Yo no, pero, si tienes algún contacto, quizá sea el momento de llamarlo.
—¡Joder, qué presión! Dame un momento —protestó.
—Es igual, llamo a la centralita.
Aguirre volvió a mirarla de reojo , esta vez con cuidado. Conocía la cara de preocupación de la inspectora.
—Oye, ¿qué tal Aitor? —quiso distraerla . Julia se extrañó—. Dale recuerdos de nuestra parte.
— Eh…, sí, claro —contestó con un parpadeo, incómoda.
Aguirre percibió algo, pero lo achacó a que Julia tenía la cabeza en otro sitio.
—Creo que ha abierto una librería, ¿no? —insistió, animado—. ¿Te ha dado tiempo a pasarte?
El teléfono de la inspectora volvió a sonar.
—No —cortó, seca, mientras respondía la llamada—. ¿Diga?
Aguirre enarcó una ceja.
—¿Inspectora Arrondo? Soy Ricardo, del Instituto de Medicina Legal. Tenemos los resultados de los análisis de Mikel Beloki.
Julia puso el manos libres, apretó los labios con fuerza e hizo un gesto a su compañero para que atendiera. Por puro instinto, Aguirre redujo la velocidad.
—Hemos encontrado ADN bajo las uñas . Ya sabe que puede ser signo de defensa o forcejeo . La cosa es que ha habido una coincidencia en nuestra base de datos con el expediente de Rufino Moreno.
Aguirre abrió la boca sin entender. Julia apretó el móvil con fuerza.
—Gracias. ¿Puede enviarme el informe completo por e-mail?
—Claro.
—Le llamaré en cuanto pueda —colgó.
Su compañero miraba alternativamente a la inspectora y a la carretera.
—No entiendo nada.
—No es el ADN de Rufino. Es el de Carla.