El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3) Señorío de Elío, diciembre de 2023
82%

Señorío de Elío, diciembre de 2023

El tiempo es elástico. Sus fibras se estiran y se encogen según nuestra percepción. Y la percepción es algo cambiante, sujeta a elementos tan variados como la meteorología, la suerte o la condición de libertad.

Esa fue la primera lección que Carla aprendió al volver a Elío.

El tiempo pasaba más rápido en compañía de su madre y del amor real que ella le profesaba.

Sentirse querida lo aceleraba, hacía que los días oscuros de invierno pasaran fugaces.

Había momentos en los que Victoria recobraba las fuerzas, pequeños chisporroteos de una hoguera a punto de extinguirse.

Era entonces cua ndo Carla se imaginaba la vida que podría haber tenido junto a ella, la libertad que le había sido arrebatada, el amor que había desaprendido a golpes.

Cada jornada era un regalo, un nuevo aprendizaje.

Victoria le enseñaba los entresijos de la fundación para la reforestación.

Quería dejar su impronta en este mundo, un legado que hiciera este lugar un poco más habitable.

Por primera vez, su hija dibujaba un futuro palpable, un propósito, algo que no dependiera de su trabajo en una casa o de su comportamiento en un instituto o en un hospital.

Se sentía dueña de su vida y de su futuro, y aquello la reconfortaba.

—Para el papeleo puedes hablar con Miguel Ángel, es de confianza —le contaba Victoria—.

Todo lo que tenga que ver con los plantones , los esquejes y los árboles en sí, habla con Juan .

Él lleva años encargándose. El resto es hacer relaciones, acercar a la gente al señorío y contar su historia. Estoy segura de que podrás hacerlo.

Era la semana previa a la Navidad. Carla había pedido cita en un médico forense para solicitar la reevaluación de su caso, pero no podrían atenderla hasta finales de enero.

Le resultaba doloro so pensar en ello, volver a pasar por las manos de un desconocido que acaso determinara que su cabeza no funcionaba como el resto, que su futuro estaba escrito en una dirección u otra.

Aquello le causaba una ansiedad terrible.

—Supongo que puedes pasar la Navidad aquí —propuso su madre—. Si te parece bien, claro.

Lo cierto es que Carla se encontraba tan a gusto que no se había planteado otra opción.

En las semanas que llevaba en España ni siquiera había recibido un mensaje de Marilyn para preguntar por ella.

Aquello le había removido la conciencia.

¿Cómo alguien, tras más de veinte años viviendo y trabajando para ella, podía dejarla de lado así, interesarse tan poco por su vida?

Prefería no hacerse esa pregunta, aparcar el dolor de sentirse apartada una vez más.

Juan observaba a las mujeres y se consideraba parte de aquel pequeño mundo. Quería a Victoria como a una hermana. Sus padres estaban enterrados en la misma cripta que Fabiana y él mismo se sentía como un hijo más. La única diferencia es que no terminaba de ver a Carla como miembro de la familia.

Había algo enigmático en ella que le resultaba tan atractivo como peligroso, un aura ininteligible en alguien que, además, era de pocas palabras.

A veces la encontraba en el pasillo, mirando un punto fijo, con cara de estupor.

Otras, de pie en medio del patio, con los mismos ojos.

Como si estuviera viendo un espectro, como si estuviera recordando algo que la paralizase.

El día de Nochebuena había nevado mucho .

Un plástico negro cubría las flores y plantas del patio para protegerlas del hielo.

Los tres estaban en el apartamento de Victoria, rodeados de muérdago natural, velas y flores de Pascua.

La chimenea y el vino les calentaban el paladar y el espíritu.

Victoria se había bebido dos copas y Carla la miraba preocupada.

—Hoy no me he tomado la medicación —explicó, risueña—. Por un día no pasa nada, ¿no? No creo que además…

Se produjo un silencio.

—Brindemos —pidió la madre, alzando la copa —. Por un futuro lleno de amor. Por Elío. Por vosotros —añadió, dejando escapar una lágrima.

Juan y Carla hicieron sonar sus copas con la de ella y bebieron en silencio. Después de eso, tras unos segundos de observar la madera crepitar, Victoria se despidió.

—Estoy cansada, voy a retirarme a la cama. Disculpad. Buenas noches.

Los dos se quedaron en el salón rodeados de aquel calor, con los sentidos ligeramente entumecidos por el vino. Juan no dejaba de darle vueltas a una cosa, y al final, se armó de valor.

—Te veo… Te he visto a veces por los pasillos. Sé que hay algo que te atormenta. Un recuerdo… A veces te quedas parada mirando al infinito —susurró.

Carla agachó la cabeza y apretó los labios. Miró el fondo de su copa de vino y se la terminó de un trago.

—Quiero que sepas que puedes contarme lo que sea. Siempre —la anim ó, colocando su mano sobre la de ella.

Puede que fuera el abrigo reconfortante de la hoguera o del propio alcohol. El saberse querida y el sentirse por primera vez segura. Pero hizo algo que no había hecho jamás: compartir su verdad.

—Yo… A veces la veo —murmuró.

—¿A quién ves? —Juan se estremeció.

—La veo a ella. —Hizo un gesto con la cabeza hacia un retrato de su abuela Fabiana.

El hombre sintió el vello de su espalda erizarse.

—Pero ¿cómo…?

Y entonces Carla rompió a llorar y se lo contó todo.

La abuela. El colegio. Beatriz.

Su diagnóstico. El hospital. Rosa.

La beca de Marilyn. Los días en Canadá .

Como, al volver, después de más de veinte años en blanco, había vuelto a ver a la abuela en Elío. Juan escuchó el relato incómodo, a veces observando a Carla, otras mirando a su alrededor con cierto estupor.

— Pero ¿puedes hablar con ella? ¿Qué te dice?

—Siempre lo mismo… No termino de entender.

—¿Qué frase?

—Cada cosa en su sitio…