Señorío de Elío, diciembre de 2023
El día había amanecido calmado, con el cielo cubierto y un aire helador que se colaba por las rendijas del viejo coche. El asisten te de Marilyn conducía en silencio. La dejó en la puerta de la ter minal sin mediar palabra. Irradiaba un aire de autoridad similar a un militar retirado.
—No olvides cu ál es tu sitio —se limitó a decir a modo de despedida mientras Carla bajaba del coche con una única mochila como todo equipaje.
Su vuelo a España despegaba en tres horas. Todavía no podía creer que fuera a hacerlo. Que fuera a encontrarse con su madre. Con Elío . Con todos esos recuerdos.
Una fuerza poderosa la había empujado a tomar la decisión. Quizá porque después de tantos años había reunido el valor para buscar respuestas, para preguntar de frente por qué.
Por qué la encerraron durante tantos años.
Por qué la abandonaron.
Por qué nunca la creyeron.
Durante el trayecto fue incapaz de dormir ni un solo minuto. Realizó el vuelo transoceánico pensando cómo estaría todo lo que un día fue parte de su hogar. Qué aspecto tendría su madre. Cómo estaría el patio del señorío. La vegetación que rodeaba el palacio.
Si aquella sombra aún seguiría allí.
En Madrid tomó un tren que la llevó hasta Pamplona. Al salir de la estación en la capital navarra, tuvo un primer encontronazo con su pasado.
—Hola, Carla.
Juan la estaba esperando en la puerta . El niño que había jugado con ella en Elío, el joven que la había ayudado a mudarse a San Sebastián , el mejor escudero que había tenido su propio apellido, era la primera persona que la recibía.
—Tu madre me ha enviado a por ti. Disculpa que no haya podido acercarse, está muy débil. Ya casi no se levanta de la cama.
Carla asintió, sin saber muy bien qué decir después de tantos años. Se montó en el coche y observó la transformación de la ciudad a lo largo del tiempo. Los vehículos. Los edificios. Las propias personas. Se sentía extranjera en la tierra que la vio nacer.
Llegaron a la carretera que desembocaba en el señorío. Y allí, parada en medio del asfalto, la volvió a ver.
Con su vestido negro. Sus dedos huesudos. Su rictus serio .
Pero Carla ya no le tenía miedo. Todos estos años le habían enseñado que podía hablar con ella, preguntarle qué quería, qué tormento la retenía en este mundo.
El coche pasó de largo a apenas un par de centímetros , y el vestido negro de Fabiana se sacudió con el aire que el vehículo había arrastrado a su paso.
Carla se bajó y se quedó con la vista fija en la carretera.
Juan la miró, y luego al punto invisible que ella estaba observando.
No dijo nada. Solo cogió su mochila y la llevó dentro.
El hombre la acompañó hasta el ala del palacio que habían reformado en la parte superior. Victoria había ordenado construir un precioso apartamento allí al separarse de Rufino.
Aunque Elío seguía conservando su esencia , Victoria había introducido algún pequeño cambio más.
Había otra vivienda de menor tamaño dentro del palacio junto a la suya , donde residía Juan.
Fue con la muerte de José Ignacio , el padre de este, cuando Victoria pidió al jardinero que pasase a vivir dentro del recinto con ella.
Juan había aceptado de buen grado. Siempre se había sentido uno más de la familia, pero aquello era la prueba fehaciente de que Victoria también lo reconocía como tal.
Juan la guio hasta la habitación de su madre. Al cruzar el umbral, un hormigueo le revolvió la boca del estómago, y, sin embargo, Carla se encontró feliz de sentir algo por primera vez en mucho tiempo.
Pena, por la imagen que le estaba llegando desde la cama. La de una mujer moribunda, blanquecina, casi translúcida, que le sonreía con esfuerzo.
Rabia, por darse cuenta de que su madre no había sido lo suficientemente fuerte para hacer valer su criterio.
Angustia , por ser consciente de que el tiempo que le quedaba para responder a todas estas preguntas era efímero.
—Hija —saludó Victoria, recostada, con lágrimas en los ojos—. Por favor, déjame que te abrace.
Y empujada por una fuerza invisible, Carla se dejó hacer.
Recibió su primer abrazo en más de veinte años, cálido e inesperado.
Sintió el cariño de una persona como no lo había sentido en mucho tiempo.
Se separó un poco de ella y la analizó. Era increíble cómo el cuerpo de Victoria podía seguir aguantando aquel calvario.
—Tenemos mucho que hablar —su madre arrastraba las palabras—, pero ya no me quedan muchas fuerzas, así que empezaré por lo más importante: nunca podré perdonarme haberte dejado ir, hija. Nunca.
Carla apretó la mano de su madre con un automatismo desconocido. Ni siquiera ella sabía qué significaba aquello. Agachó la cabeza.
—Te he llamado porque es necesario arreglar algunas cosas para cuando yo no esté. Tu diagnóstico. Tu situación. La herencia.
Carla miró a Juan de reojo. Su madre se dio cuenta.
— Puedes estar tranquila, Juan está al tanto de todo. Es uno más de la familia.
El jardinero sonrió, satisfecho.
—Voy a llamar al notario. Quiero cambiar el testamento.
El señorío tiene que pasar a tus manos, pero para eso hay que…
revisar tu caso. La situación de incapacidad hace que de lo contrario se quede en un limbo .
Hace un par de años salió una sentencia que permite volver a pasar por manos de un forense para reevaluar casos antiguos.
Estoy segura de que todo fue un tremendo malentendido, Carla.
Sé que estás bien. Tú no estás enferma .
Ella intentaba procesar todo lo que su madre decía.
—¿Recibiste las mensualidades?
Esta vez levantó la vista, extrañada.
—¿Qué…?
Victoria suspiró profundamente y puso los ojos en blanco.
—No me lo puedo creer —comenzó a toser, con dificultad. Juan le aproximó un vaso de agua para que bebiera—. Tu padre y yo tenemos un acuerdo para realizarte una transferencia periódica cada mes. Él debería haberte hecho llegar el dinero. Por favor, dime que lo has recibido.
Carla volvió a bajar la cabeza y apretó los dientes. Odiaba a su padre con todas sus fuerzas. Victoria miró a Juan, angustiada. Apretó la mano de su hija.
—No… no importa. Hablaré con él. Lo importante ahora es que pidas cita con un médico forense para hacerte la evaluación.
Yo mientras voy a hacer la gestión con el notario.
—Hizo una pausa—. No sabes la alegría que me da volver a tenerte en casa.
Este siempre ha sido tu hogar, Carla. Solo espero que puedas aprender a perdonarme.
Carla ni siquiera se había parado a pensar a dónde la llevaba la decisión de su madre ni qué sería de su futuro. Su juicio había quedado totalmente nublado desde que había oído la última gran jugarreta de su padre.
—Van a ser unos días de mucho papeleo, pero Juan te ayudará en todo, ya verás. Y yo no pienso irme hasta que no esté todo arreglado —sonrió con amargura.
Carla todavía no era consciente, pero las siguientes semanas en Elío cambiarían el curso de su vida.
Y la de muchos otros.