Montreal, Canadá, diciembre de 2023
—Vamos, hoy toca pintar la barandilla.
Carla abrió los ojos. Apenas eran las seis de la mañana y el frío de la calle era helador. Los meses de invierno eran los más duros. Muy poca luz, una sempiterna nieve y una casa que estaba en constante reforma.
Bostezó y se acurrucó bajo la pesada manta de lana. Sabía que no podía demorarse. El trabajo que no realizara ella iría para otro compañero. Y todos debían buscar el equilibro entre tareas y descanso.
Llevaba veinticinco años allí y aquel lugar se había convertido en su hogar y en su familia.
Marilyn había creado un sistema en el que los límites entre la educación, la comunidad y el sacrificio estaban difusos.
La escuela de médiums se localizaba en la misma casa donde residían ella y sus alumnos predilectos.
Una suerte de mansión antigua que se caía a pedazos y que requería del amor y de la dedicación de sus huéspedes para mantenerla en pie.
Carla no pagaba por residir allí. A cambio, ayudaba en los trabajos del hogar y las reparaciones, y vivía con lo justo, una pequeña paga que Marilyn les concedía a ella y a algunos más y que les permitía comprar prendas o artículos de higiene de vez en cuando.
Todo a cambio de acceder a los estudios más exclusivos en canalización, videncia, tarotismo y mediumnidad.
Pero lo cierto es que Carla llevaba mucho tiempo en blanco. Después de veinticinco años, todavía no había podido ofrecer su primera sesión. Marilyn le decía que sabría cuándo llegaría el momento. Que los espíritus le dirían cuándo estaba preparada.
—La barandilla, venga.
Se desperezó y sacó los pies de la cama. El suelo estaba helado.
Dormía en una buhardilla junto con otra chica que llevaba un par de años menos que ella allí.
Eran de las veteranas. Se llamaba Nadia y era croata.
Las dos habían aprendido a hablar francés fluido y habían decidido rebautizarse con nombres adaptados a su nueva vida, a su nueva realidad.
Ya no eran Carla y Nadia. Ahora eran Charlotte y Nadine.
A Nadine le tocaba descansar ese día, así que Carla procuró no hacer ruido mientras se vestía para salir.
La habitación apenas estaba amueblada , tan solo tenían un armario compartido y una mesita de noche para cada una donde se acumulaban las cartas que recibía de su madre.
Victoria había dejado de telefonear hacía tiempo.
Marilyn controlaba la línea telefónica y se encargaba de que el aislamiento de sus alumnos fuera casi total.
Alegaba que de esta manera podían estar centrados en trabajar su mente y el don que les había sido otorgado.
Así que el medio de comunica ción por excelencia había sido la vía postal, pero Carla nunca res pondía a su madre.
Revisitar su pasado era demasiado doloroso.
Se vistió, se calzó unas botas que tocaba renovar desde hacía algún tiempo y bajó los cuatro pisos de puntillas.
Desayunaban siempre después de hacer su primera tarea.
Así se sentían agra decidas por partida doble de cumplir con su deber.
La barandi lla de hierro del exterior de la casa, la que estaba justo en la entrada, se agrietaba todos los años por el hielo y el frío.
Solían pintarla unos meses antes de que llegara el invierno de nuevo, pero ese año se habían acumulado tantas reparaciones que habían dejado las tareas más nimias para el final.
Saludó al compañero con el que iba a compartir aquella tarea.
Era un chico de apenas veinte años que no llevaba ni un año en el centro.
Había llegado desde un pueblo de Alemania y todavía le costaba expresarse en francés.
Su inglés tampoco era demasiado fluido, así que Carla se comunicaba con él entre gestos, sonrisas y mucha paciencia.
No le habían dedicado ni veinte minutos a la labor cuando el asistente principal de Marilyn salió a la calle.
Era un hombre algunos años más joven que ella.
Contaban que fue su primer discípulo , llevaba toda la vida allí y la conexión con su maestra era total.
Le ayudaba a gestionar a los alumnos , preparar los horarios y las tareas y dirigir el centro con mano férrea.
—Tienes una llamada —anunció a Carla.
Ella se extrañó. Dejó los enseres y lo siguió al interior de la casa.
El asistente le cedió el teléfono, con el rictus serio.
—Hola, Carla —saludó Victoria, al otro lado de la línea.
Se sorprendió. Su primer impulso fue colgar, pero entonces escuchó a su madre, que parecía leerle el pensamiento.
—Por favor, no cuelgues. Puede que sea la última vez que hablemos y me gustaría decirte algunas cosas.
Carla contuvo la respiración y Victoria comenzó a relatarle las nefastas noticias. Su enfermedad. El tiempo que le quedaba, que apenas se extendería unas semanas más, según los médicos. Victoria le habló de sus planes con el señorío. De la necesidad de que su hija volviera para hacerse cargo.
—Tu padre no está aquí. Llevamos separados mucho tiempo —informó su madre, sabiendo el efecto que aquello iba a causarle—. Por favor, vuelve . Me gustaría despedirme de ti. Luego podrás hacer lo que creas conveniente.
Carla sentía un nudo en el estómago imposible de deshacer. Una colisión de fuerzas. Rechazo. Deber. Lástima. Remordimiento.
Su madre se ofreció a pagar los gastos de transporte y a hacer una donación al centro donde Carla vivía. Ella meditó su decisión durante unos instantes. Finalmente accedió .
Marilyn la dejó ir a regañadientes y le advirtió de que su verdadero hogar estaba en Montreal. Carla la tranquilizó asegurando que volvería en unos días.
Pero los planes no saldrían como ella esperaba.