El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3) Pamplona, junio de 2024
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Pamplona, junio de 2024

Julia cogió el bolso y salió disparada de la oficina. De camino al hall, marcó el número de Aguirre. La melodía del teléfono de su compañero le llegó desde el otro lado del pasillo, en la planta baja. Fue a su encuentro. Estaba con un hombre.

—Te estaba llamando. Voy a… salir —saludó , críptica, la inspectora.

—Estaba acompañando al caballero a poner una denuncia —e xplicó Aguirre, devolviéndole una mirada cargada de preocupación.

«Problemas», parecía decirle.

«Lo pillo», parecía responder Julia.

—Necesito que me acompañes —pidió ella .

—Claro. Javier, te guío hasta el mostrador del fondo. Mis compañeros te ayudarán con los trámites.

Julia marcó el número de Hornillos. Necesitaban aquella orden ya, como fuera. El teléfono dio un par de tonos y la llamada fue rechazada .

«Será capullo», pensó.

Sin cejar en su empeño, la inspectora abrió WhatsApp y comenzó a escribir un mensaje al juez. Antes de que pudiera enviarlo, le llegó uno del propio magistrado.

«Inspectora, ahora no estoy disponible para hablar».

«Quería hablar sobre la orden que le he pedido antes», tecleó Julia.

«Veo que no ha abierto su correo», leyó de vuelta.

Sin detenerse ni un segundo en contestar, fue directa a consultar su e-mail. Hornillos había aprobado la orden para consultar el historial médico de Carla.

La inspectora sintió un nudo de anticipación en el estómago.

«Gracias», tecleó rápidamente.

—¿Qué pasa? — preguntó, ansioso, Aguirre. Había dejado a Javier haciendo los trámites .

—Me voy pitando a Elío. Tenemos que hablar con Carla y con Juan sin falta.

Son demasiadas coincidencias. Un momento.

—Julia marcó un número de teléfono y esperó , impaciente—.

Ozcoidi —saludó a su compañero al otro lado—, tenemos luz verde para entrar en el historial médico de Carla.

Necesito que le eches un vistazo ahora. Yo salgo con Aguirre para Elío.

Gracias —Colgó y miró de nuevo a su compañero—.

Venga, vamos. Te pongo al día por el camino. ¿Conduces tú?

La inspectora y Aguirre salieron rápidamente de la comisaría. Por el camino, Julia le puso al tanto de las averiguaciones de Crispín.

—Matalobos — murmuró Aguirre, en voz alta—. Yo no soy muy de montaña, pero tengo algunos en la cuadrilla que cuentan auténticas historias de terror. Por lo visto con solo tocarla estás jodido.

—Y lo de las bridas —añadió Julia — no puede ser casualidad.

El coche serpenteó de nuevo por aquella carretera que habían recorrido tantas veces en los últimos días.

Julia elucubraba a toda velocidad. Ensayaba las preguntas que iba a hacer a Carla y Juan, repasaba indicios y consultaba notas en su teléfono.

De repente, apareció una llamada de Aitor. Julia colgó y le mandó un mensaje.

«Ahora no puedo hablar —tecleó—. Lo siento».

Intentó concentrarse otra vez. La cabeza le bullía a tal velocidad que solo tenía pensamientos desdibujados.

—Estamos llegando —anunció Aguirre .

Julia comprobó la munición de su arma reglamentaria. Era una Glock 26, ligera.

—¿Crees que nos va a hacer falta? —Su compañero la miró de reojo.

Ella se encogió de hombros y suspiró.

—No lo sé, espero que no. Pero tengo un mal presentimiento.

Los agentes llegaron a la explanada frente al señorío.

Caía un intenso bochorno que, junto con las nubes que comenzaban a acumularse en el horizonte, llenaban el aire de electricidad.

Al bajar del coche, se miraron. Había aparcada una furgoneta blanca.

Julia le hizo un gesto a Aguirre. El agente tomó un par de fotos, anotó la matrícula y le envió todo a Ozcoidi.

La inspectora dio entonces la señal para entrar.

Anduvieron con tiento, casi de puntillas, atravesando el jardín. En el ambiente se respiraba una extraña calma. Se detuvieron frente a la enorme puerta de madera de la entrada principal. Aguirre agarró la argolla y la hizo sonar un par de veces.

No hubo respuesta.

—¿ Hola? —gritó para alertar de su presencia.

Nada. Se miraron.

Julia cabeceó. La puerta se hallaba entreabierta.

Aquel lugar estaba acostumbrado a recibir a gente y el acceso al patio era habitual por parte de vecinos y amigos.

Cruzaron el zaguán en silencio y caminaron unos pasos observando cada detalle de su alrededor mientras se dirigían al centro del patio.

—¿Hola? —preguntó esta vez la inspectora—. ¿ Hay alguien?

El zureo de unas palomas que descansaban en un alero fue la única respuesta.

—Parece que estamos solos —murmuró Aguirre.

Julia se fijó en unas escaleras que daban acceso a la planta superior. Ascendió ligera los escalones mientras Aguirre se quedaba vigilando.

—Est á cerrada —gritó desde arriba.

—Igual han ido a hacer recados —sugirió su compañero.

La inspectora bajó de nuevo y observó con detenimiento a su alrededor.

—¿Con la furgoneta aquí? No sé. Venga, vamos.

Rastrearon el establo y un pequeño taller. Llegaron hasta una puerta lateral que daba paso a una gran explanada de césped. Julia comenzó a bajar aquel prado por puro instinto. Pasó al lado de unas colmenas y continuó hasta que divisó una pequeña caseta. Aguirre la seguía.

—Un vivero —señaló Julia . De pronto, su teléfono comenzó a sonar—. Ozcoidi, dime.

—No te vas a creer lo que he averiguado.

La inspectora hacía señas a su compañero para que registrara el invernadero y la caseta adyacente mientras ella atendía el teléfono.

—El equipo de informática ha estado revisando las imágenes de las cámaras del puticlub, las que daban a la carretera.

Han cruzado las matrículas de los coches que pasaron ese día por allí con los datos de los propietarios.

A las 19:21 pasa una furgoneta blanca con matrícula inscrita bajo la dirección del palacio de Elío, a nombre de la fundación TreeForest. No se distingue quién va al volante, pero es la misma furgoneta que me acabáis de pasar.

—Joder…

Aguirre observó a Julia, interrogante, mientras inspeccionaba el invernadero. Los agentes se movían entre flores de todo tipo, plantas y arbustos.

—La furgoneta vuelve a pasar en la dirección contraria a las 21:47, poco más de dos horas después. No tiene por qué significar nada , pero no sé, Julia… Además, hay otra cosa. He accedido al expediente médico de Carla. Fue diagnosticada en 1990 de un trastorno psicótico.

—¿Qué?

—Te lo leo tal cual: «trastorno psicótico de inicio precoz con alucinaciones auditivas y visuales persistentes, ideación delirante de tipo místico, alteración del juicio de realidad y escasa conciencia de enfermedad».

Se la declaró incapacitada y se le prescribió ingresar en un centro médico. Su diagnóstico está ahora en revisión.

Julia se detuvo en medio del invernadero. La asaltó una corazonada.

— ¿Dónde ingresó?

—En el sanatorio del Santo Ángel, en Madrid.

—Joder… Llama a los compañeros de la Nacional. Necesito que compruebes si hay algún atestado relacionado con el centro en los últimos meses. Creo que tenemos otro cadáver allí.