Pamplona, junio de 2024
Aguirre respiró hondo antes de tocar el timbre.
Días atrás, frente a esa misma puerta, había tomado la nefasta decisión de volver a pasar por el VIP Lady’s.
Pero si comparaba ambas escenas, las similitudes acababan ahí.
La muerte de Beloki lo había arrasado todo.
Las últimas horas habían pasado lentas , el mundo parecía moverse más despacio y él tenía la sensación de llevar puesta una escafandra.
Las voces sonaban lejanas y las personas estaban desdibujadas.
Sobre su conciencia sobrevolaban los cuervos de los últimos días de mierda junto a él , las conversaciones tensas, las faltas de respeto.
¿Por qué no había sabido calmarse? ¿Qué estúpido ego lo ha bía empujado a la confrontación continua?
¿Por qué terminaba destruyendo todo lo que tocaba?
¿Es que no podía tener una vida en paz? ¿A dónde le llevaba ese pulso autodestructivo?
Tenía la sensación de que solo era capaz de volver al redil cuando ya era tarde.
Le ocurrió con sus padres, cuando enfermaron.
Con Elisa, cuando le dio una segunda oportunidad. Y ahora con sus propios compañeros.
Todos los que le habían brindado cariño o apoyo acababan mal, o hartos de él.
Apretó los labios. No podía continuar así. No, no , no. Él era el único que podía salvarse. Joder, aún estaba a tiempo de enmendar las cosas. Tenía mucho que agradecerle a la vida.
Tomó aire. Y una determinación. Acto seguido, tocó al timbre de casa de Lucía Benítez.
—¡Voy yo! —se oyó al otro lado de la verja.
Unos pasos apresurados precedieron la apertura de la puerta del jardín.
—Hola —saludó Maika—. Pase, por favor.
—Gracias —respondió Aguirre, observando a la chica. Se parecía mucho a su madre.
—Mi padre está al teléfono. Lleva toda la mañana así —explicó mientras señalaba al otro lado del cristal a Javier Armendáriz, que se movía por el salón de la casa haciendo aspavientos.
—No importa, puedo esperar aquí.
—¿Quiere beber algo?
—No, gracias.
Aguirre observó a Javier colgando el teléfono con rabia. El hombre se percató de que el agente ya estaba esperando fuera y cambió su expresión de súbito por una sonrisa.
—Gracias por venir. —Estrechó la mano del policía—. Estamos un poco desesperados, como comprenderá —comentó, preocupado.
La chica se cruzó de brazos. Tenía una expresión de angustia contenida.
—¿Qué es lo último que sabe de su mujer? —preguntó Aguirre.
— Que salió ayer porque había quedado con una amiga. Eso es lo que le dijo a Maika, al menos — matizó el hombre, inquieto.
La joven asintió.
—¿No mencionó dónde iba? ¿Quién es esa amiga?
—No tengo ni idea. Mi mujer tampoco es que conserve muchas amistades aquí.
El teléfono de Javier volvió a sonar. Miró la pantalla y puso los ojos en blanco. Rechazó la llamada sin descolgar.
—Es su representante. Me ha llamado siete veces en la última media hora. Lucía debería estar a estas horas en un evento con la prensa y ya ha tenido que cancelar dos entrevistas con los medios . Ya no sabe qué pretexto inventar, tampoco queremos generar alarma .
—Entiendo. Decía que su mujer no tiene muchas amigas aquí. ¿Quizá ha quedado con algún periodista? ¿Alguien con quien haya coincidido de manera reciente?
—A los periodistas los soporta lo justo. No hay ni uno que le caiga bien. Lo único que se me ocurre es que pudiera quedar con Carla, la dueña del señorío de Elío. —Aguirre notó un escalofrío—. Por lo visto, eran amigas de la infancia, me enteré el otro día. Pero no tengo ni idea.
El móvil de Javier arrancó de nuevo en un soniquete molesto.
—No sé cuánto voy a poder sostener esto —protestó—. Esta tarde tiene un encuentro con público en los cines Golem. A ver qué excusa ponemos…
—Está bien, necesito que me acompañe a comisaría para poner una denuncia por desaparición.
Javier observó al agente, sorprendido. Su hija se puso lívida. Era como si ambos cayeran en la cuenta justo en aquel momento de la gravedad de la situación.
—Oiga, no creer á que le ha pasado nada malo, ¿verdad?
—Lo mejor por ahora es que su hija se quede en casa por si Lucía vuelve. Así podrá avisarnos. La mayoría de las desapariciones se resuelven dentro de las veinticuatro o cuarenta y ocho horas siguientes. Pero necesitamos activar el protocolo . Lo de la denuncia es casi una formalidad.
—Est á bien —aceptó, nervioso—. Cariño, quédate aquí y avísame si mamá llama o cualquier cosa, ¿vale?
—Verá como no es nada.
Pero Aguirre sabía que no estaba siendo del todo honesto.
Sentía un mal augurio.
Un presentimiento que iba a tomar forma unas horas después.