El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3) Hospital del Santo Ángel, Navacerrada, 1990
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Hospital del Santo Ángel, Navacerrada, 1990

Carla guardaba recuerdos confusos e imágenes intermitentes de su traslado a Madrid. Aquel vehículo con las paredes acolchadas la sofocaba y aturdía. No había ventanas. No sabía si era de día o de noche.

Lloró al llegar, mientras veía cómo sus pocas pertenencias desaparecían en manos de un hombre con un uniforme blanco.

La primera noche que pasó en el sanatorio del Santo Ángel fue una de las peores de su vida.

Los gritos, lamentos y sollozos de otros pacientes la mantuvieron en vela.

No sabía si aquello era algo puntual o la costumbre.

Las voces se mezclaban con pasos en el pasillo, el murmullo de las enfermeras o incluso portazos.

Ella había tenido suerte. La habían instalado en una habitación individual y, aunque todavía pasarían algunos días hasta comenzar a percatarse de todos los detalles, sabía que aquel no era un dormitorio normal.

Era austero, apenas contaba con una cama anclada al suelo y a la pared, pesada, con cabecero metálico.

Las correas de sujeción que sobresalían del somier eran una amenaza velada.

Pronto entendería por qué.

Las esquinas del cuarto eran redondeadas.

No había cables a la vista y, en lugar de mesita de noche, una balda anclada a la pared.

Lo mismo ocurría con el único mobiliario: un escritorio fijado al muro, un armario sin puertas que no podía desplazarse ni un centímetro de su lugar y una silla tan pesada que se hacía imposible de manipular.

La puerta solo se abría desde fuera y tenía un pequeño ventanuco por el que el personal podía husmear todo lo que ocurría dentro de la habitación desde el pasillo.

Por fortuna, ella tenía un pequeño váter dentro, también fijo, detrás de un biombo, en una esquina y junto al lavabo.

Otros pacientes simplemente se hacían sus necesidades encima porque tardaban demasiado tiempo en abrirles desde fuera para acudir a un baño.

Las ventanas eran altas y de cristal grueso y estaban cubiertas con barrotes de hierro. Tras ellas, las vistas a la sierra de Navacerrada envolvían de silencio y penumbra a todo el complejo.

Aquella era una habitación funcional, una suerte de cárcel disimulada, no un dormitorio desnudo dispuesto a ser decorado por una adolescente.

Ese era el escenario de su nueva vida.

La rutina en el hospital mental era tediosa, repetitiva y desmoralizante. Por las mañanas, desayuno en el comedor comunitario. Los cubiertos, de plástico duro, púas romas y bordes redondeados. La comida, tan insípida como el presente de los internos.

Era uno de los principales puntos de encuentro de los pacientes, que permanecían vigilados por el personal en todo momento.

Los había con distinto grado de afectación.

Algunos necesitaban claramente tratamiento y ayuda.

Tiraban la comida, emitían sonidos guturales o se autolesionaban.

Otros parecían estar por allí de paso, leían tranquilamente el periódico y parecían personas civilizadas y en sus cabales.

Carla no entendía qué se escondía detrás de aquella mezcla de gente.

Quizá eran personas que habían corrido la misma suerte que ella, que no habían sido comprendidos a tiempo, que escondían secretos o una verdad incómoda.

Ella se limitaba a obedecer. Comía lo que tenía que comer, tomaba sus pastillas religiosamente y realizaba los ejercicios, tanto físicos como cognitivos.

Aprendió los nombres del personal, quién trataba bien a los pacientes y con quién había que andarse con ojo.

Una de las enfermeras era temible. Rosa tendría cerca de cincuenta años y estaba harta de tratar con personas.

O con sus sucedáneos, ya que, dadas sus maneras, aquella mujer no parecía considerar a muchos internos dignos de la etiqueta de humanidad.

Los mo vía a empujones cuando no seguían sus directrices e incluso hacía volar de vez en cuando algún sopapo sin pudor.

Gritaba, pellizcaba y amenazaba a hombres y mujeres de cualquier edad cuando le hacían perder los nervios.

Carla procuraba mantenerse lejos de ella.

No generaba problemas, así que, si lograba mantener una distancia prudencial, estaba a salvo.

Todos los días, con independencia del clima, salían al patio para airearse.

Los jardines estaban delimitados por un muro de piedra donde crecían todo tipo de hierbajos y plantas.

A veces , algunos pacientes de menor riesgo podían salir a dar una vuelta por el bosque que rodeaba al sanatorio, siempre acompañados de personal del centro.

Aquel era el momento favorito de Carla. Sentía que volvía a ser una chica libre.

Admiraba los árboles, las flores, los pájaros y el simulacro de libertad al estar en plena naturaleza.

Eran grupos reducidos de no más de cinco personas, expediciones por turnos que apenas llegaban a una hora.

En aquellas salidas solía coincidir con una chica jovencita, una enfermera que llevaba poco tiempo trabajando en el centro.

Tenía una melena castaña re cogida en una coleta, unos pendientes de piedras de color esmeralda y unas pecas que le cubrían parte de la nariz y las mejillas.

Su piel era pálida y sonrosada. Se llamaba Carmen y le gustaba aprovechar aquel tiempo para charlar con los pacientes.

—El bosque nos da todo lo necesario para vivir —decía, señalando a su alrededor—. Tenemos agua, animales y algunas plantas que son muy beneficiosas para la salud. ¿Conocéis esta? —apuntaba a un arbusto con pequeñas flores que crecía justo al lado.

Entonces explicaba los beneficios de la árnica, cuyas hojas machacadas podían servir de cataplasma.

O del llantén, que ayudaba a calmar y cicatrizar heridas y rozaduras.

Carla aprendió que la hierba de San Juan tenía efectos antiinflamatorios, o que la valeriana ayudaba a dormir y a calmar los nervios.

Un día que llegaron a una zona más cerca de unas rocas, Carla se fijó en una planta preciosa que crecía a varios palmos del suelo, con un ramillete de flores moradas abigarradas de manera vertical.

—Esa no se toca. Nunca —la reprendió Carmen, cuando se percató de que la chica iba a llevarse un recuerdo—. Es matalobos. Con solo tocarla, puedes fallecer a los pocos minutos. Es muy muy tóxica.

—Gracias —susurró ella.

Aquella tarde, desde la ventana de la habitación, a Carla le pareció ver a una mujer en el patio con un abrigo verde similar al que tenía su madre.

No entendía cómo sus padres habían consentido encerrarla allí .

Así que tampoco le extrañó que nunca fueran a visitarla .

Había aprendido a no echarlos de menos, a no pensar en su vida anterior.

El recuerdo era mucho más doloroso que el presente.

Al poco, abrieron la puerta. Era el celador que cada día la acompañaba al salón de juegos, el espacio común donde solían pasar las tardes. Algunos pintaban o veían la televisión y otros simplemente se dedicaban a mirar un punto fijo en la pared.

Había una chica nueva allí. La joven tendría su edad, el pelo oscuro, y le llamó la atención que no estuviera vestida con el uniforme del centro.

Carla sentía los ojos de la nueva integrante clavados en su nuca en todo momento .

La observaba con intensidad, desde una esquina, de pie.

Después de algunos cruces de miradas más, Carla decidió que quizá había llegado el momento de hacer una amiga.

Se levantó y se dirigió hacia donde estaba la chica. Ella pareció alegrarse de que se hubiera percatado de su presencia. Se estiraba las mangas del jersey hacia las puntas de los dedos, nerviosa ante el inminente cruce de palabras.

— Hola —dijo Carla al llegar a su altura—. ¿Eres nueva aquí? ¿Cómo te llamas?

—Hola. —Había un tono de sorpresa en su voz—. Me llamo Ángela.

—¿Llevas mucho por aquí? No te había visto.

Ella asintió.

—¿Cuántos años tienes?

—Trece.

—Yo también —sonrió.

—¿De dónde vien…?

No le dio tiempo a terminar la frase.

Un brazo la zarandeó y la apartó de Ángela de súbito.

—¿Pero qué cojones haces? —la reprendió Rosa—. ¿Con quién hablas?

Carla volvió a mirar a la pared. Ángela no estaba allí .

Un sudor frío le recorrió la nuca.

—Yo… con nadie. Estaba cantando.

—¿Mirando a la pared? No mientas.

No supo qué decir.

—Vuelve a tu sitio —la amenazó mientras la arrastraba de vuelta a la mesa.

Carla supo de inmediato qué era lo que estaba ocurriendo. Rogó que Ángela no volviera más. Pero no tuvo que esperar mucho.

Esa noche, en su habitación, Ángela volvió a visitarla. Se co locó frente a su cama. Lo supo porque notó un frío intenso en los dedos de los pies. Curiosamente, a diferencia de con la abuela Fabiana , esta vez Carla no sentía miedo.

—¿Qué quieres? —preguntó Carla, desganada, sin abrir los ojos ni encender la luz.

—No sé dónde estoy —sollozó la chica.

Le sobrevino una punzada de compasión. No venía a asustarla. No quería tocarla con dedos huesudos ni darle órdenes. Solo necesitaba ayuda.

—Estás… en un hospital.

—¿En un hospital? ¿En qué hospital?

—En el sanatorio del Santo Ángel, a las afueras de Madrid.

Silencio .

Carla aguzó el oído. ¿Acaso Ángela se había volatilizado?

Se armó de valor y encendió la luz.

Allí estaba ella, a los pies de la cama, examinándose unas heridas en las muñecas. Eran unas cicatrices en forma de líneas transversales.

—¿Sabes qué te ha pasado? —Carla se sentó en la cama.

Ángela negaba con la cabeza.

—¿Qué quieres de mí?

El estruendo de la puerta abriéndose cortó la conversación de golpe.

—¿Cantando otra vez? ¿A las tres de la mañana? Vamos a tener que revisarte bien —dijo Rosa remangándose.

Carla se agazapó entre las sábanas, pero la enfermera la forzó para tumbarla y extender sus extremidades. Ella se revolvía, lo que le valió el primer bofetón.

Se quedó aturdida, quieta , procesando aquello. Rosa aprovechó para atarle los brazos a la cama con las correas. Por puro instinto, Carla continuó revolviéndose y pataleando, y comenzó a chillar.

—¡Déjame! No estaba haciendo nada —imploró, llorando.

—Ya, claro. Esa cabecita tuya no está bien —replicó, dándole unos golpes con excesiva fuerza en la sien.

La enfermera logró contenerla con brazos y piernas y desapareció un momento de la habitación, dejando la puerta abierta. Carla sollozaba y recordó los lamentos que escuchó los primeros días al llegar al centro, en plena noche. Rosa volvió con una inyección y una sonrisa triunfal.

—Ahora sí que vas a dormir —sentenció mientras le clavaba la aguja.

Carla lloró, pero no alcanzó a pasar ni un minuto hasta que se quedó dormida.

A partir de ahí, su trato dentro de la clínica cambió de manera radical.

La vigilaban más y la dejaban salir menos.

Y aunque Ángela seguía presentándose , buscando respuestas, Carla no podía permitirse el lujo de mirarla ni de hablar con ella, por mucho que su impulso fuera ese.

A la menor interacción, mirada en una dirección o murmullos, Rosa aprovechaba para zarandearla, pegarle o sedarla.

Muchas noches le ponía las correas para dormir sin excusa alguna , lo que le provocó unas heridas en las muñecas similares a las de Ángela.

Ahí fue donde hizo clic.

Al día siguiente tuvo la suerte de salir a pasear con Carmen y otros pacientes por el bosque.

La joven enfermera observaba a Carla y procuraba caminar a su lado , en silencio.

No era vigilancia, sino compasión. Sabía perfectamente lo que estaba ocurriendo.

En un momento dado, Carmen se detuvo a recoger las hojas de una planta, las machacó sobre una piedra y se las colocó sobre las heridas de las muñecas, a modo de cataplasma, en silencio.

—¿ Tienes también en los tobillos?

Carla asintió.

Carmen le envolvió las muñecas y los tobillos con un pañuelo recubierto de aquella pasta. La niña sintió un alivio casi instantáneo y su corazón se calentó un poco.

—Mastica esto — dijo la enfermera—. Te ayudará para el dolor.

Carla se sintió agradecida, aunque desde hacía varias semanas había mutado en una joven taciturna que apenas hablaba.

La mitad del tiempo estaba drogada. La otra mitad, realizando actividades dirigidas sin pronunciar palabra.

Intentó convertirse en los fantasmas que solo ella veía.

Pero aquello no la libraba de los golpes ni de las correas.

Por la noche, el frío volvió. Lo hacía cada día, pero había aprendido a ignorarlo para no sufrir las consecuencias.

Aunque esta vez fue distinto.

Sin mediar palabra, Carla encendió la luz y se sentó en la cama. Ángela volvía a estar allí, con su mirada triste, cabizbaja, pasándose las yemas de los dedos por las muñecas.

—Creo que sé lo que te ha pasado —susurró Carla.

Ella le devolvió una mirada cargada de esperanza.

Carla le enseñó sus propias cicatrices en las muñecas y en los tobillos. Eran similares a las de Ángela. La chica se subió la pernera del pantalón para mostrar los escuálidos y pálidos tobillos también. Allí había más cicatrices, igualitas a las de Carla.

Las dos chicas se observaron un momento.

—Eras una interna, como yo . Debiste de morir aquí. ¿Te acuerdas de eso?

La chica parpadeó, como despertando de un sueño.

—Rosa —pronunció, como si aquello fuera una revelación.

—¿Rosa…? ¿Rosa te …?

El ruido de unos pasos apresurados en el pasillo le hizo apagar la luz de un salto y cubrirse con la sábana hasta las orejas. Se colocó en posición fetal e intentó controlar su respiración, agitada por el miedo.

Oyó el ventanuco de la puerta deslizarse con brusquedad. Apretó los ojos con fuerza.

Silencio.

Alguien resopló, frustrado, en el pasillo. Los pasos continuaron su camino.

—Tienes que aguantar —le susurró Ángela, desde la oscuridad, que parecía haber recobrado una seguridad desconocida hasta ahora—. Yo no lo hice. Ella… Ella me…

Carla asintió, con los ojos cerrados , fuertemente apretados, y la luz apagada. Parecía una crisálida bajo aquella manta pesada de color marrón.

—No volveré a verte —sentenció Ángela—. Gracias por ayudarme a recordar.

Y así, sin más, Carla se despidió de ella para siempre.