El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3) Pamplona, junio de 2024
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Pamplona, junio de 2024

Julia dejó a Aguirre en la puerta de la comisaría. De ahí a casa de la actriz no había ni cinco minutos andando. En cuanto el agente abandonó el coche, sacó el móvil y marcó el número de Hornillos.

—Inspectora —saludó el juez, al otro lado de la línea—. Me alegra volver a hablar con usted.

«Qué huevazos tienes — pensó Julia—. Te da tanta pereza como a mí».

—Señoría, voy a andarme sin rodeos. Voy a enviarle una solicitud para acceder al historial médico de Carla Moreno y necesito que la apruebe cuanto antes.

—Vaya, veo que ha vuelto con fuerza —silbó Hornillos—. ¿Se puede saber a qué viene la solicitud? ¿Y las prisas?

—Hemos sabido que Carla estuvo ingresada en un hospital psiqui átrico de joven y necesitamos conocer los pormenores de su historia clínica.

—Es uno de los datos más sensibles del ciudadano, inspectora. Mi deber es salvaguardar la libertad y la privacidad. Cuando se trata de alguien que ha fallecido …

—Con los muertos ya no podemos hacer nada, señoría . Pero si quiere que hablemos de ellos, le recuerdo que ahora mismo tenemos un compañero en la morgue.

Silencio. Julia esperó varios segundos con los labios apretados.

—Lo pensaré. Envíeme la solicitud. Que tenga buena mañana.

«Bien —pensó—. Por lo menos no es un no».

Entró al recinto policial, bajó del coche y observó a su alrededor. Varios compañeros iban de acá para allá; algunos de uniforme, otros, como ella, de paisano. La vida seguía su curso incluso en la peor de las circunstancias. El mundo no paraba por la congoja.

Por un momento, extrañó la paz de su vida en Canadá.

Allí estaba entretenida buceando en archivos y documentos, alejada de la urgencia constante.

Además, contaban con la ventaja de que no hablaban de muerte, sangre y desgracias.

Investigaban incógnitas del pasado, rastreaban pistas sobre el ser humano en tiempos pretéritos, y por lo tanto, indagaban en lo que este era hoy.

Su trabajo en Terranova no solo se centraba en la búsqueda de la verdad, sino de la identidad colectiva.

Y se hacía desde un lugar seguro, sin poner el juego la vida de nadie.

Pero ¿cómo ayudar a encontrar pistas sobre quiénes fuimos, cuando una ya no tiene claro quién es?

Suspiró. No podía permitirse el lujo de pensar en eso ahora.

Subió las escaleras de dos en dos. Al llegar a la oficina, Ozcoidi estaba allí con Crispín.

—Julia , es una alegría volver a verte. No sabes cuánto lo siento. —El jefe de la Científica le dio un abrazo cargado de afecto.

—Gracias, Antonio.

—Quiero decirte que a lo largo de las últimas semanas el trabajo del subinspector Beloki ha sido encomiable. Sus aportaciones han sido claves para ordenar la información del caso.

—Seguro que sí —sonrió, conmovida.

—Venía a entregaros unos resultados y contaros lo que he averiguado…

—Vaya, siempre con un as en la manga, ¿eh?

Crispín se encogió de hombros, pícaro.

—Unos días después de encontrar el cadáver de Rufino volví a su casa para tomar unas muestras. Tenía una hipótesis que los análisis han confirmado.

—El día que viste al chico de Vitoria recogiendo otro tipo de muestras, ¿no? —bromeó Ozcoidi.

—Así es. Ese chaval casi me mata de un infarto.

Pero lo importante es lo siguiente: hay un servicio en Barcelona especializado en entomología.

Hace unos cuantos días les envié muestras de las pupas de las larvas que hallamos en el cadáver de Rufino.

Pues bien, hay restos de aconitina en la piel de esos bichos.

—¿Aconitina? —preguntó Ozcoidi.

—Ahora vamos con eso —cortó Crispín —. El cuerpo de Rufino tenía debajo de sí una mancha oscura con péptidos correspondientes a fluidos estomacales.

Es decir, vomitó. Y si las pupas tenían restos de aconitina…

Tenía que saber si podía haberla ingerido, porque eso pudo causarle una muerte casi instantánea.

—Pero ¿qué narices es la aconitina? —interrumpió Julia.

—Un principio activo mortal. Un veneno. Normalmente se extrae del Aconitum napellus .

El matalobos, vamos —explicó, orgulloso, Crispín—.

Es una planta que crece en climas muy húmedos, aunque puede cultivarse también en otros lugares si tienen las condiciones adecuadas.

Es tan tóxica que con solo tocarla puede causar parálisis e incluso la muerte. Así que si la ingieres…

—Despídete —completó Ozcoidi .

—Volví a casa de Rufino para comprobar si había restos de aconitina en alguna parte de la vajilla. Solo había una taza reseca en el fregadero. Pero tenía unas pequeñas muescas por donde se había colado el líquido. Las he estado analizando y… bum. Positivo en aconitina.

— Antonio, eres un grande.

Él hizo un gesto para restarle importancia.

—Me encantan estos puzles. Y os dejo un último dato más. Hemos analizado las bridas del cadáver de Rufino y las hemos comparado con las del cadáver de Izarra. Son las mismas, mismo modelo y misma marca. Coinciden al cien por cien.

—Joder…

—Os paso todo por correo —se despidió Crispín.

Al quedarse solos, Julia negó para sus adentros y se puso de pie.

—Aquí hay demasiadas señales apuntando al mismo lugar. Me voy ahora mismo para Elío.

—Voy contigo —propuso Ozcoidi.

—No, tenemos demasiadas cosas que atender. Hay que dividirse.

—No sé, Julia. Imagínate que sí que hay algo . Puede ser peligroso.

—Tranquilo —sonrió—. Me las apaño . Pero si te deja más tranquilo, voy a avisar a Aguirre para que me acompañe.

—Hay unos chavales en la puerta que preguntan por… Beloki —interrumpió un compañero desde el pasillo.

Julia masculló para sus adentros y bajó las escaleras lo más rápido que pudo. Fue a la salita de la entrada donde solían recibir a los testigos . Había un chico y una chica de poco más de veinte años.

—Buenos días. Soy la inspectora Arrondo. ¿ En qué puedo ayudaros?

—Mi nombre es Amaia y este es Ibai. Estuvimos hace unos días aquí con otros compañeros suyos. —Julia tragó saliva y asintió. Eran los chavales de la denuncia de Izarra—. Nos hemos enterado de algo. Igual no es importante, pero por si acaso…

—Claro, cualquier información puede venirnos bien.

—Un… explorador encontró otro cadáver hace un par de meses —explicó Amaia—. Estaba atado con unas bridas a una cama.

—¿Dónde? —El corazón de la inspectora dio un vuelco.

—En un manicomio en Madrid. En el sanatorio del Santo Ángel. Sé que está lejos y que con esta historia puede parecer que nos encontramos cosas así habitualmente, pero es algo muy raro.

—¿Y sabéis algo más sobre ese cadáver?

—Solo que era una mujer —a ñadió Ibai, cabizbajo.

—No pasa nada, os agradezco mucho la información. ¿Podéis pasarme el contacto de vuestro amigo?

—Nosotros no le conocemos, pero mi primo sí. Puedo pedirle el número.

—Nos sería de gran ayuda. Y  estad tranquilos, esto forma parte de una investigación, así que todo lo que digáis u oigáis se tratará de manera confidencial.

—Los dos asintieron, en silencio—. De todas formas — Julia moduló el tono hacia uno más firme—, me gustar ía saber cuál es vuestra perspectiva sobre haber hallado dos cadáveres en menos de tres meses en dos sitios distintos.

Creo que sois conscientes de que, tal y como habéis dicho, no es nada habitual.

—Nosotros no hemos hecho nada —se defendió Ibai—. Sé que es algo raro, pero solo estábamos explorando.

La inspectora meditó un momento antes de compartir información con ellos.

—Ya… Bueno, no s é si sabéis que uno de los integrantes de vuestro grupo ha vuelto a una escena protegida para llevarse efectos personales de la víctima.

—¿Jon? —preguntó Ibai—. No es de nuestro grupo. No existen «grupos». Solo somos gente con una afición en común —insistió—. Nos hemos juntado alguna vez para entrar en algún sitio, pero nada más.

—Pues parece que vuestro amigo aprovecha las incursiones para llevarse trofeos.

—No es nuestro amigo —protestó el chico—. Y creo que lo que él haga no debería…

—No sois responsables de sus actos, pero hay determinadas situaciones que os convierten en testigos.

Ibai suspiró.

—Lo único que puedo contarle es que Jon me llamó cuando se enteró de que habíamos encontrado a ese hombre . Quería saber qué había dentro de la casa. Yo no sabía que luego él…

—¿Y cómo sé que no es algo que se haya repetido en más ocasiones? ¿ Que no os organizáis para sacar provecho de situaciones de este tipo? —apretó la inspectora.

Ibai encogió los hombros .

—Supongo que no puede saberlo, pero yo le doy mi palabra.

Julia le sostuvo la mirada un par de segundos.

—Está bien. Podéis marcharos. Gracias.

La inspectora vio cómo los jóvenes abandonaban la comisaría con el semblante serio. Tomó aire y volvió al puesto con sus compañeros.

—Gracias por mover tan rápido lo de los chicos de Izarra. Vengo de hablar con ellos —le dijo a Ozcoidi cuando entró por la puerta.

—Yo no los he llamado, no me ha dado tiempo —replic ó, frunciendo el ceño—. Han venido por su propio pie.