Pamplona, junio de 2024
En Navarra se realizan unas doscientas cincuenta autopsias al año.
Es un número alto si se tiene en cuenta que los profesionales que las llevan a cabo son prácticamente los mismos todos los días.
Personas muy cualificadas que se enfrentan a todo tipo de muertes violentas para desentrañar los secretos que esconde un cuerpo y averiguar cómo y cuándo su alma abandonó este mundo.
Pero, por muchos cuerpos que pasen por sus manos, hay algo a lo que nunca llegarán a acostumbrarse: examinar a alguien conocido. Un familiar. Un amigo .
Lo mismo ocurría en el caso del equipo policial.
La inspectora Julia Arrondo y su compañero Pablo Aguirre se tomaron varios minutos para prepararse.
No se trataba de vestirse con el mono, las calzas y la mascarilla antes de entrar a la sala de autopsias.
Era más bien tomarse el tiempo necesario para digerir lo que iban a ver tras la puerta.
Lo hicieron en el vestuario contiguo, en silencio y respirando hondo, sabiendo que lo que estaban a punto de presenciar los marcaría de por vida.
Julia y Aguirre se apretaron fuerte la mano antes de entrar. El forense y su ayudante los recibieron con las manos cruzadas y la cabeza gacha. Les dieron el pésame. Julia y Aguirre agradecieron el gesto.
—¿Están listos? —preguntó el forense mientras se acercaba a la sábana que cubría el cuerpo de su compañero.
Los dos asintieron y el cuerpo quedó al descubierto.
Beloki yacía en la camilla con los ojos abiertos, la mandíbula desen cajada y la cara y las extremidades llenas de rasguños y moretones.
El cuerpo presentaba las rojeces y livideces típicas de llevar unas horas sin vida, especialmente en las zonas contusionadas.
Las manos estaban envueltas en sendas bolsas de plástico atadas con unas bridas.
Llevaba puesta su ropa de monte: las botas, los pantalones cortos de montaña y la camiseta de manga corta técnica.
Verlo así fue como si un cuchillo les rasgara la garganta de extremo a extremo. Aguirre se llevó un puño a la boca y masculló un «Joder» que rebotó en la habitación. Julia contuvo la emoción bajo la mascarilla y las gafas.
—Pueden tomarse su tiempo si…
—No —cortó la inspectora, aguantando las lágrimas—. De verdad, necesitamos hacer esto.
Aguirre asintió, intentando controlarse.
—¿Qué son… qué son esas bolsas? —preguntó.
—Queremos analizar el material de los dedos y el de debajo de las uñas. Es la forma de preservar cualquier elemento que haya podido quedarse adherido. Pero además esto ya nos da mucha información —añadió el forense, cortando las bridas y dejando al descubierto las manos.
El cuerpo de Beloki había quedado agarrotado en el proceso natural que siguen los fenómenos cadavéricos. Por ello, las manos agarraban con fuerza todavía algunas ramas y matorrales.
—Se agarró a la vegetación de la ladera. Cuando alguien se lanza voluntariamente al vacío no tiene este comportamiento. Algunos incluso, si llevan gafas, se las quitan antes de saltar. Para nosotros es un indicio de que no fue un suicidio. Quizá un tropiezo… Pero tenemos trabajo por delante.
—¿Cuánto… cuánto se puede acelerar? —preguntó Julia.
—Todo lo que sea posible y esté en nuestra mano —replicó el forense—. Tenemos que coger muestras de sangre, órganos…
—Los análisis, por ejemplo. ¿Podríamos tenerlos hoy mismo?
—Cuenten con ello.
Los cuatro se quedaron un momento en silencio. Julia y Aguirre se tomaron unos segundos para despedirse de Beloki, expresarle su dolor y tratar de asimilar lo que estaba por venir.
—Si les parece, pueden irse —pidió el médico tras un tiempo prudencial—. Nos pondremos manos a la obra . Creo que todos tenemos mucho trabajo por delante.