Pamplona, junio de 2024 #3
—Me surgen algunas preguntas más —dijo, poniéndose en pie y acercándose a la pizarra—.
Tenemos dos cad áveres. Uno en Izarra, otro en Pamplona.
Puede que no tengan nada que ver, pero hay algo que me escama.
Lo primero es que ambos estaban c olocados en una posición o lugar de forma intencionada.
Rufino, de rodillas en la cocina. Y Pedro Zabalburu, es obvio que fue trasladado a ese lugar en concreto.
Es como si estuvieran recibiendo un castigo, o formaran parte de un ritual.
Y además, los encuentran las mismas personas.
Eso me escama. Me gustaría hablar con los chicos que los hallaron. ¿Podéis contactarles para que vengan?
—Me encargo —se ofreció Ozcoidi.
—Los cuerpos , según los informes, se llevan poco tiempo de diferencia en cuanto a data de la muerte.
Puede que sean semanas o días, aunque sea muy difícil dar con la fecha exacta, especialmente en el de Izarra.
Y aquí entra lo siguiente: otro nexo en común es la propia Carla.
Es su padre. Su colegio. Su profesor. Las motivaciones personales suelen ser las más típicas. ¿Tiene coartada?
—No lo sé. Tenemos pendiente hablar con ella y con el jardinero del señorío, Juan Ibarra. Sabemos por los movimientos de pasaporte que Carla salió del país el 4 de febrero y volvió una semana más tarde.
—El 4 de febrero . Vaya. Es una fecha un tanto peculiar, teniendo en cuenta que estamos situando la posible data de la muerte de Rufino el día 3. —Julia frunció el ceño—. ¿Habéis comprobado reservas de hoteles, compras en internet…?
—No —se sonrojó Ozcoidi—, pero me encargo. Aunque el otro día averigüé algo interesante sobre ella. Los padres de Beatriz Castañeda me contaron que su hija se suicidó porque estaba siendo abusada por Pedro Zabalburu. Beatriz era compañera de habitación de Carla.
La inspectora arqueó las cejas, sorprendida.
— Los Castañeda cortaron la relación con el colegio, pero tenían constancia de que después de aquel episodio trasladaron a Carla a un hospital psiquiátrico.
—¿Cómo? —preguntó Aguirre, atónito.
—Al parecer el centro cerró filas cuando Carla intentó denunciar el caso. Los Castañeda han sugerido que puede que fuera una forma de mantenerla callada.
Julia tamborileó los dedos sobre la mesa, pensativa.
—Son demasiadas coincidencias, y todas apuntan al mismo sitio. Tenemos que volver a hablar con ella.
—Sí, Beloki se iba a acercar a Elío para hablar con ella y con Juan, el jardinero.
—¿Qué sabemos de él?
—Al parecer ha vivido toda la vida en el señorío, no mucho más. Victoria se trasladó a vivir con él y el padre de este cuando se separó de Rufino. Es como de la familia —explicó Ozcoidi—. Pero lo mismo, aún tenemos pendiente un interrogatorio.
—Él podría estar vinculado con la muerte de Rufino de alguna forma, pero ¿qué pinta con la de Izarra? —preguntó Aguirre.
—Puede que estuviera ayudando a Carla. O que sean dos casos independientes y nos estemos liando porque los mismos chavales encontraron los cadáveres.
—La inspectora lanzó con tedio el boli sobre el escritorio—.
Pero el vínculo de ambas muertes con Carla es innegable.
No se hablaba con su padre . Su profesor abusó de su amiga.
Bien, llamad por favor a los chicos del úrbex.
Quiero mirar también los movimientos de pasaporte o documento de identidad de Juan.
Y esta misma tarde nos pasamos por Elío.
—¿Avisamos? —pregunt ó Ozcoidi.
—Mejor no. Prefiero mantener el efecto sorpresa. Pero sería interesante acceder al historial médico de Carla, o hacer algo más de rastreo sobre su pasado.
—Igual Hornillos está de rebajas y nos concede otra orden —sugirió Aguirre.
—Bueno… Es triste reconocerlo, pero puede que esta situación le haya ablandado mínimamente el corazón… Por probar, que no quede.
—Lo intento —se ofreció Ozcoidi.
Un compañero de la oficina contigua tocó con los nudillos a la puerta. Tenía cara de afectación.
—Bajamos … bajamos todos a la explanada ya.
Julia asintió y se puso en pie. Miró a sus compañeros, que la siguieron.
El día tenía la temperatura perfecta, apenas soplaba algo de viento y en el cielo no se veía ni una sola nube. Era la antítesis de la tristeza. Pero la climatología que el cuerpo de Policía Foral llevaba por dentro era radicalmente distinta.
Decenas de compañeros habían formado un enorme círculo en torno al comisario principal. Lacunza dedicó unas palabras llenas de solemnidad y afecto a Beloki, a sus compañeros, y pidió un minuto de silencio para honrarle a él y su memoria.
Todos conocían los riesgos a los que se exponían en el día a día por trabajar al servicio de los ciudadanos, por tratar de crear un mundo más seguro, más justo y menos peligroso.
La muerte a veces llegaba en acto de servicio, otras, como aquella, de la forma más inesperada.
El denominador común era la devastación de tener que despedir a alguien de manera injusta, demasiado pronto.
Y, muchas veces, ni siquiera disponían ni de un minuto para lamerse las heridas.
Era la vida entendida como servicio. Como sacrificio.
Julia observó a sus compañeros, tristes y cabizbajos bajo el sol radiante, y algo se agitó dentro.
¿Cuánto de su vida estaba dispuesta a sacrificar?