El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3) Pamplona, junio de 2024
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Pamplona, junio de 2024

Eran poco más de las seis de la mañana , pero Julia llevaba dos horas despierta.

El jetlag, el nudo en el estómago, la profunda tristeza y las infinitas preguntas sin respuesta la habían desvel ado.

Apenas había descansado un par de horas.

El resto se había dedicado a dar vueltas en la cama hasta retorcer las sábanas.

Aitor, sin embargo , dormía en paz a su lado con una cadencia de respiración envidiable.

Aitor.

Se había imaginado un reencuentro distinto .

Después de meses sin verse, creía que se lanzarían con avidez a los brazos del otro.

Pero la situación ( o algo que aún no era capaz de identificar) había trazado un escenario distinto.

Aitor había llegado a casa después que ella, con un par de rollos de pa pel higiénico, botellas de agua y la cena del chino.

No había tenido tiempo de hacer más compra y la tristeza que se había instalado bajo la piel de la inspectora hizo que ni siquiera sintiera ganas de hundir la nariz en su pecho.

No había sido un encuentro bonito ni apasionado .

Se habían saludado con un abrazo largo, eso sí, como quien saluda a un viejo amigo.

Le había seguido un beso tan efímero que casi podría catalogarse como un roce de labios.

Uno de esos besos que se dan las parejas sumidas en la inercia de dar todo por sentado.

Él, tratando de insuflar ánimo. Como las frases huecas de los tanatorios.

Clichés, estructuras cerradas para transmitir nuestro apoyo a la otra persona cuando no queda nada que decir.

Pero no podía pensar ahora en eso.

El día que tenía por delante era largo.

Tras la llamada de comisaría, Julia había decidido volver y ponerse al frente del caso.

Nadie se lo había pedido. Pero para ella era algo obvio, una certeza espontánea que se daba por hecho .

Necesitaba despedir a su amigo y, en cierto modo, ayudar a cerrar el trabajo que él había arrancado. Era lo menos que podía hacer.

¡Beloki, joder! ¿Por qué?

Contuvo una avalancha de lágrimas que empujaban desde la garganta. Frotó los ojos y la nariz con fuerza sobre la almohada y decidió que ya era hora de arrancar.

Dejó a Aitor dormir a pierna suelta. Se dio una larga ducha y, al salir, recordó que ni siquiera tenía café .

Escribió una nota y la dejó en la cocina.

Cogió el bolso, las llaves, y se miró en el espejo antes de salir.

Estaba horrible. Llevaba puesto lo primero que había encontrado.

Afortunadamente conservaba algo de ropa de verano en España.

El resto de sus pertenencias habían volado de Canadá a Indonesia.

Pensó en Mark y en el equipo . A estas horas ya debían de estar manos a la obra rastreando la zona. Su tío le había enviado un mensaje al aterrizar y le había prometido que la llamaría para ver qué tal estaba todos los días.

Salió, cerró la puerta con cuidado y bajó las escaleras. Justo pegado al portal estaba El Marianico, el bar de Txomin, amigo de la familia de toda la vida y un segundo ( o tercer) padre para Julia.

—¡Julita! —exclamó el hombre nada más verla, saliendo de la barra para abrazarla con fuerza. Fue la primera sonrisa que alguien consiguió arrancarle desde que había pisado el país—. Te hacía en el extranjero.

—Hola, Txomin. Sí, volví anoche. Tengo que … ocuparme de unas cosas por aquí.

—Sabes que no te voy a preguntar, salvo que tú me cuentes —dijo, guiñándole un ojo—. ¿Vienes a saludar o a desayunar?

—A las dos —sonrió.

—¿Lo de siempre?

—Con doble de cafeína, porfa.

Txomin volvió a la barra tarareando una canción de amor de Los Panchos. Se alegraba de verdad de verla. Para él también era como una hija. Al cabo de pocos minutos, volvió con unas tostadas, un cruasán y un enorme café con leche.

—Esto es demasiado.

—Algo me dice que te va a hacer falta. No protestes. Y a este invito yo.

—¡Txomin!

—Calla y come. —Se marchó sin ofrecer tiempo a más réplica.

La inspectora sonrió mientras daba buena cuenta del desayuno. Volver a sentir los sabores de la comida autóctona le puso de buen humor, aunque un poco melancólica también. Tenía el corazón dividido. Se sentía impostora aquí y allá, apátrida, sin saber muy bien cuál debía ser su lugar y su cometido.

Al terminar se despidió de Txomin y caminó rumbo a comisaría . Aquel paseo le sentó bien. Llegó en apenas veinte minutos , pero la avalancha de abrazos y besos de los compañeros que se reencontraban con ella no le permitió llegar a la oficina hasta casi media hora más tarde.

Nada más entrar, vio a sus compañeros. No necesitaron palabras.

Aguirre y Ozcoidi corrieron hacia ella y se fundieron en un abrazo a tres.

—No puedo decir que me alegre de verte —sonrió con tristeza Aguirre—, no al menos por estos motivos.

Su compañero parecía haberse quitado de encima varios kilos. Tenía la cara chupada y unas profundas bolsas bajo los ojos. Ju lia se preguntó cuánto de aquello era fruto de las noticias recientes y cuánto la factura que la mala vida le estaba pasando.

Ozcoidi casi no podía articular palabra. Estaba cabizbajo, intentando controlar las lágrimas.

—Yo tampoco me alegro de veros —sonrió forzada la inspectora.

Tomó aire y los invitó con un gesto a que le explicaran lo ocurrido.

—Un pastor encontró ayer a… Beloki… a los pies de la peña Etxauri —dijo Ozcoidi, con la voz rota—. Su coche estaba justo al lado. Iba con la ropa de monte y su mujer ha dicho que tenía intención de dar un paseo… No entiendo cómo… No sé cómo pudo… Si un descuido…

—¿Se han descartado otras opciones…? —preguntó Julia , cauta.

Aguirre tardó dos segundos en entender lo que la inspectora quería decir.

—El… cuerpo está en el Instituto de Medicina Legal. No parece que haya sido una … caída voluntaria… Parece que pudo tropezarse… No sé.

Ella asintió, queriendo quitar importancia a otra hipótesis.

—Voy a pasarme luego por allí. ¿Querréis acompañarme?

Ozcoidi se puso lívido.

—Yo no… no puedo. Lo siento.

—Yo voy contigo —asintió Aguirre, conteniendo las lágrimas.

—Bien… Voy a necesitar que me paséis toda la información sobre el caso. Atestados, informes, documentación, vías que tengáis abiertas…, lo que sea. ¿Te parece bien si vamos dentro de un par de horas al Instituto…?

—Hay previsto un minuto de silencio en la explanada a las diez —interrumpió Ozcoidi .

—Podemos ir justo después.

Julia apretó el hombro de sus compañeros.

—Tenemos que hacer esto. Por él . Por todos. ¿Sí?

Asintieron.

Se sentaron cada uno en su puesto, dispuestos a hundir la nariz en la documentación .

Todos observaban de reojo el escritorio de Beloki, que antes había pertenecido a Julia.

Todavía había varios papeles encima con anotaciones del subinspector.

Julia acarició los folios con la yema de los dedos.

Acababan de convertirse en recuerdos recién estrenados .

—¿Inspectora Arrondo? —dijo un hombre en el umbral —. Soy el comisario Lacunza. ¿Puede acompañarme?

Julia le estrechó la mano y lo siguió por el pasillo, en silencio .

—Lamento que las circunstancias para conocernos sean estas. —Abri ó la puerta de su despacho y la invitó a sentarse—. He oído hablar mucho y muy bien de usted . Si no me equivoco, ha solicitado la revocación de su excedencia y la reincorporación formal a su antiguo puesto.

—Así es, comisario.

Lacunza la miró a los ojos unos segundos. Vio a una mujer cargada de determinación, luchando por mantener la profesionalidad y por aparcar la emoción. Desvío su vista a los papeles sobre la mesa.

—No nos conocemos —continuó él, repasando algunos folios—, pero, como le decía, sé que su labor ha sido encomiable.

Sin embargo, estoy al corriente de la estrecha relación que siempre ha tenido con sus compañeros de trabajo.

Y no sé si me parece lo más sensato hacerse cargo de una investigación en curso que supone hurgar en una herida que acaba de abrirse.

Por resumirlo: no creo que esté en condiciones de trabajar ahora mismo, inspectora.

Creo que debe tomarse unos días o unas semanas de descanso.

—Con mis debidos respetos, comisario —Julia hizo un inten to para no escupir aquellas palabras—, vengo perfectamente descansada.

Es mi plaza y estoy solicitando el reingreso.

Tengo el contexto de la investigación, conozco a mis compañeros y no me costará ponerme al día.

Sabe que cada hora que pasa es crucial en investigaciones de este tipo. No podemos perder tiempo.

—La veo capaz de ponerse ahora mismo a trabajar, sí. Pero lo que estoy diciendo es que no son las circunstancias adecuadas. Su equipo está pasando por un momento muy complicado .

—Pues no lo haga usted más difícil. —Lacunza despegó los labios, en una mueca de sorpresa—.

Escuche, no pretendo ponerle contra las cuerdas.

Sé que lo está diciendo por mi bien y se lo agradezco.

Pero seguro que usted ha tenido un recorrido y un equipo hasta llegar a ser comisario.

¿Qué haría en mi lugar? ¿Dejaría a sus compañeros tirados mientras le obligan a dar paseos por el parque?

Si le soy sincera, si me mandan a casa, estaré ha ciendo exactamente el mismo trabajo, solo que desde mi salón.

Por favor, no lo complique. No les haga esto, ni a ellos ni a mí.

El comisario tamborileó los dedos, pensativo, mientras la observaba. Sin mediar palabra, se levantó y se puso de espaldas, mirando por la ventana.

—Está bajo mi responsabilidad —dijo al fin, sin girarse.

—Lo sé.

—No quiero que esto acabe en bajas por estrés o ansiedad. Le acabo de dar la oportunidad de hacer las cosas bien.

—Soy consciente.

—Pues queda advertida. —Hizo una pausa—. Quiero que me informe de los avances del caso. Ahora, a trabajar.

—Gracias, comisario. —Julia se incorporó impulsada por una sacudida eléctrica y se dirigió a la puerta.

—Inspectora. —Lacunza se giró de nuevo para mirarla—. Lamento mucho su pérdida. Mikel Beloki era una excelente persona.