El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3) Cerca de Etxauri, junio de 2024
65%

Cerca de Etxauri, junio de 2024

Lucía se despertó con la luz del sol incidiendo directamente sobre sus párpados. Tenía la cabeza abotargada y sentía un fuerte olor a estiércol colándose por la nariz.

Abrió un poco los ojos. Durante unos segundos , le costó ubicar dónde estaba.

Miró a su alrededor con desconcierto, y se descubrió recostada sobre un montón de paja.

Una oveja con dos enormes pendientes de plástico con el número treinta y tres la observaba curiosa a escasos centímetros de la cara mientras rumiaba algunas briznas de heno.

Intentó espantarla haciendo un gesto con el bra zo, pero gimió de dolor al descubrir que tenía una enorme contusión en el hombro y varios cortes con muy mala pinta.

Se mordió los labios para soportar el escozor. Tenía que lavarse la herida pronto o las consecuencias serían nefastas. Estaba en un cobertizo diminuto, de apenas un par de metros cuadrados . Había pasado la noche allí. Debió de quedarse dormida en algún momento, agazapada, casi a la intemperie.

Trató de ordenar sus pensamientos.

El pueblo más cercano era Etxauri, pero para llegar tenía que pasar sí o sí cerca del señorío.

En sentido contrario, había otro pueblo al final de una estrecha carretera y a varios kilómetros.

Decidió que iría hasta allí a pedir auxilio al primer coche que se cruzara. Pero antes tenía que lavarse el hombro.

El río estaba tan cerca que se podía oír el murmullo del agua. Con cuidado, se incorporó. Le dolía el brazo entero, pero también la cabeza, el coxis y la pierna. Estaba hecha un asco. Sin embargo, tenía algo que creía haber perdido el día anterior: ventaja.

Sin hacer ruido, salió del cobertizo. Llegó a la orilla con no poco esfuerzo .

El río estaba flanqueado por un terraplén de grandes rocas blancas.

Bajó con tiento el desnivel y se agachó, se mojó las manos y la cara como el que halla un oasis en pleno desierto.

Se limpió con mimo las heridas. Sabía que eso no era lo más aséptico del mundo, pero si iba a sufrir una infección, así al menos la retrasaría.

Después de hacer sus necesidades sin dejar de vigilar a su alrededor, volvió a la orilla y se mojó un poco el pelo para anudarse una coleta. Resopló. Aquello la había reconfortado, pero estaba lejos de encontrarse bien.

Tocaba subir a la carretera. Tenía que atravesar el prado, pero el señorío estaba cerca y el campo de visión desde allí era am plio.

Se le ocurrió que podía caminar un par de kilómetros al cobijo de los árboles que crecían en el margen del río y, cuando intuyera que se encontraba lo suficientemente lejos, esprintar cuesta arriba .

Se puso en marcha. Los primeros minutos de caminata evidenciaron lo magullada que estaba.

Su cabeza no pudo evitar tratar de analizar lo ocurrido.

Recordaba haber llegado al señorío. Aparcar dentro.

Preguntar por Carla. Beber un té mientras la esperaba.

El calor. Hacía mucho calor. De repente, la negrura.

Aquella habitación. Carla sentada frente a ella.

Después, la oscuridad de nuevo.

No sabía si se había quedado dormida, pero estaba claro que la habían drogado. Lo siguiente que recordaba era estar sola y los ruidos del patio. La oportunidad de escapar.

Carla y el jardinero habían abandonado el palacio el tiempo suficiente como para plantearse escapar. Y estaba convencida de que lo había logrado por los pelos.

La pregunta que la atormentaba no era cómo, sino por qué.

Por qué ella. Por qué le estaban haciendo esto .

Un ruido la sobresaltó.

Se giró como un conejillo asustado, mirando en todas direcciones, pero no vio nada. Decidió acelerar el paso.

Al cabo de unos veinte minutos sintió que se había alejado bastante como para probar suerte. Dejó atrás la hilera de árboles y comenzó a subir campo arriba. No se vislumbraba nada, solo césped, matorrales y algunos árboles a lo lejos. Subió al trote, doliéndose de cada poro de su piel.

A mitad de camino, vio una pequeña casa. Estaba a apenas doscientos o trescientos metros , pero la carretera ya se veía desde allí. Tenía que decidir. Quizá lo más sensato era acercarse a la casa , pero ¿y si no había nadie? ¿Y si desde allí su posición era más visible?

Decidió atajar y subir por fin a la carretera.

Por allí no pasaba ni un solo coche. Era una carretera tan estrecha que casi todo el mundo la evitaba. De pronto, vio un pequeño camión que venía de frente.

Corrió como pudo hacia él, moviendo los brazos y gritando.

Cuando el vehículo llegó a su altura, hizo sonar el claxon para que se apartara y pasó de largo. El camionero le dedicó una bonita peineta.

Lucía gimió, desesperada.

Continuó unos metros arrastrando los pies por el asfalto. No se oía nada. Ahora estaba más cerca del caserío. Quizá sí que era mejor intentar tocar a la puerta para pedir ayuda.

Justo cuando daba los primeros pasos en esa dirección, una furgoneta apareció por la carretera. Lucía corrió hacia ella, gritando de nuevo, poniéndose en medio de la calzada para detenerla.

Cuando el vehículo llegó a su altura, todos sus músculos se quedaron congelados.

—No está bien marcharse sin despedirse —saludó una sonrisa lobuna.