El pacto de las sombras (Inspectora Julia Arrondo 3) Pamplona, junio de 2024
64%

Pamplona, junio de 2024

Aitor subió la persiana de la librería, animado . Era sábado por la mañana, y por norma general, uno de los momentos de más actividad en pleno Casco Viejo . Abrió la puerta, encendió la luz y observó un momento aquel lugar repleto de libros.

Insufló aire, satisfecho. Se encontraba feliz, en paz. Quizá había tardado varios años en encontrar su sitio, su pasión, pero algo le decía que estaba rozando con la punta de los dedos esa ansiada sensación de tener todo en su lugar.

Se preguntó si parte de aquella felicidad residía en que las cosas con Leyre habían vuelto a la normalidad.

Habían quedado para cenar y, por primera vez, enfocaba la cita de forma distinta .

Sentía un nudo anticipatorio en el estómago, una emoción contenida .

Estar con ella le hacía sentir cómodo, a gusto, en casa.

¿Estaba nervioso? Sí.

Como por sorpresa, una sombra espesa de remordimiento lo cubrió todo.

¿Acaso era correcto sentir algo así por una cita con una… amiga?

Intentó apartar aquel velo de culpa poniéndose en marcha.

Apagó la alarma, puso a punto la caja registradora, ordenó algunos libros y esperó a que los clientes invadieran el local .

Pronto llegaron los primeros, que Aitor atendió doblemente agradecido.

Para su fortuna, la tienda fue teniendo un goteo constante de compradores, lo que lo mantuvo ocupado media mañana.

A mediodía, recibió un mensaje de Leyre.

La pelirroja le mandaba una foto, sonriente, de lo que parecía ser un desayuno tardío.

«No sé si llegaré con hambre a la cena», decía.

Él sonrió al ver la imagen. Leyre estaba guapísima.

Y lo más curioso es que tenía ese tipo de belleza radiante de la que ni siquiera parecía ser consciente.

«En dos horas vas a volver a tener hambre. Y lo sabes», respondió.

«Touchée».

—Perdona, ¿tenéis dos como este? Quiero regalárselos a mis hermanas —preguntó una mujer, incómoda por interrumpir el foco de Aitor con el móvil.

—Ah…, no, lo siento. Solo tenemos ese —respondi ó, distraído, sin reparar siquiera en el título.

La señora refunfuñó por lo bajo, dejó el libro sobre el mostrador, y abandonó la tienda. Él continuó intercambiando mensajes con Leyre.

Una llamada de Julia irrumpió de súbito en la pantalla.

—¿Hola? —saludó extrañado por aquel inusual horario—. ¿Estás ya en el avión?

Ella rompió a llorar al otro lado. Era incapaz de articular palabra.

— Ey, tranquila, tranquila; ¿qué ocurre? —preguntó, moviéndose preocupado—. Me estás asustando.

La inspectora se sorbió la nariz.

—Es… Es Beloki —acertó a decir—. Beloki ha…

Explotó de nuevo en un llanto desconsolado.

—Julia, vamos. Respira . ¿Qué…?

—Beloki ha muerto, Aitor. ¡Está muerto!

Aitor sintió una descarga que sacudió su columna vertebral.

— ¿Qué? ¿Cómo…?

—No lo sé. —La inspectora continuó con aquel torrente incontrolable—. Me acaban de llamar de comisar ía. Un pastor lo ha encontrado a los pies de la peña de Etxauri. Parece que… parece que se ha despeñado…

—Ufff… —Aitor se frotó el peló con fuerza mientras andaba en círculos.

—Voy… Estoy en el aeropuerto . Mark se ha ido a Indonesia. Yo no puedo… No he podido… Yo tengo que volver a Pamplona. Solo quer ía avisarte de que voy a coger un vuelo a Madrid dentro de un par de horas.

—Puedo… ¿puedo ayudarte con algo? ¿Necesitas algo? —estaba descolocado.

—No…, bueno…, yo… Igual si te acercas a mi casa, con tu llave… Hacer algo de compra…, lo básico…, papel higiénico , agua… Llegaré muy tarde y no puedo ocuparme de eso … ahora no.

—Claro… Yo me encargo.

—Vendrás… ¿ vendrás esta noche a dormir conmigo?

Un relámpago lo atravesó de nuevo.

Tardó un par de segundos más de lo habitual en responder. Aquello truncaba su cita con Leyre.

—Eh… sí —titubeó—. Claro, sí.

—Si tienes otros planes no pasa nada. —Julia notó el desconcierto . Le temblaba la voz.

—No, no, qué dices, Julia. Me apetece mucho verte. Es solo que… estoy procesando todo esto también.

—Vale. Tengo que dejarte, voy a asegurarme de que quedan plazas en el vuelo a Madrid. — Hizo una pausa—. Te quiero.

—Ajá —asintió él , aún paralizado—. Buen viaje.