San Juan de Terranova, Canadá, junio de 2024
Julia apretó fuerte la mano de Mark. Su tío le sonrió con cariño.
—¿Quieres que vaya a por un café? Programar un vuelo a las seis de la mañana debería ser ilegal.
—Estoy bien. No caffeine . Quiero dormir en el plane .
Estaban en la cola del mostrador de la aerolínea, a punto de realizar el check-in y de facturar todas las herramientas necesarias para el viaje.
El resto del equipo había aterrizado el día anterior en Yakarta, pero Julia y Mark habían insistido en quedarse para hacer un repaso final.
El reloj marcaba las tres y veinte de la madrugada y el tránsito en el pequeño aeropuerto de San Juan de Terranova era mínimo.
Tenían que tomar un vuelo a Toronto y de ahí otro hasta Doha para aterrizar más de quince horas des pués en Yakarta.
— Passports, please.
Una joven alta, morena y con el pelo perfectamente anudado en un moño hacía volar los dedos sobre teclado tras el mostrador.
Manipulaba el equipaje con gestos mecánicos para colocar pegatinas y cintas identificativas.
Mark observaba con angustia cada movimiento.
Habían tenido que hacer mil trámites para obtener los visados de trabajo y los permisos necesarios para los instrumentos más delicados, que habían envuelto asegurándose de cumplir con las más estrictas medidas de seguridad.
—Es emocionante —dijo Julia, para distraerle de la falta de tacto de la azafata—. Mañana a estas horas estaremos lo más cer ca que hemos estado nunca del barco.
— Tu padre estaría muy orgulloso —asintió, con los ojos brillantes—. Seguro que está observando todo from heaven .
Julia sintió un golpe de melancolía en la boca del estómago.
Vieron el último bulto desaparecer por la cinta transportadora.
Libres de carga, se dirigieron a una zona de descanso para esperar la salida del vuelo.
Había un par de sofás en una esquina, a modo de saloncito, con unas plantas de plástico que intentaban hacer acogedor el rincón.
Se sentaron , y Mark enseguida cogió el sueño.
Julia sonrió al ver a su tío tratando de controlar el peso de la cabeza, doblando el cuello en ángulos imposibles sin despertarse.
Trasteaba el móvil, distraída, leyendo las noticias.
Entró en el perfil de Instagram de la librería de Aitor y vio la última publicación.
Aparecía con Leyre delante de la caseta que habían montado para la feria del libro, felices, sonriendo a cámara.
Se detuvo a mirar con detenimiento la instantánea.
Una llamada llenó de golpe la pantalla.
Era el teléfono general de la comisaría de la Policía Foral en Pamplona .
Julia tardó un segundo en responder, pero sintió un mal presagio. Eran las siete y media de la mañana en España. Descolgó y se levantó de inmediato, sabiendo que iba a necesitar tener los pies bien anclados a tierra.
Las noticias que llegaron del otro lado del Atlántico rompieron su equilibrio, sus planes y su corazón. Tuvo que apoyarse en la pared para sostener el mundo, para sostenerse a sí misma, pero eso no evitó que se partiera en dos.
Mark se despertó sobresaltado por el llanto desconsolado de su sobrina y la certeza de que iba a continuar aquel viaje solo.